martes, 8 de mayo de 2012

La mediocridad como logro


Conocimos a Clara en Bucarest. Está a punto de terminar sus estudios en un instituto bilingüe de la capital y ya planea matricularse en la universidad para estudiar periodismo. Clara llegó a Castellón con cuatro años y durante los siguientes diez solo volvió a su país de vacaciones. A partir de los catorce años la vida se hizo difícil y le obligó a madurar, probablemente, antes de tiempo. Sus padres estaban trabajando todo el día para sacar adelante a la familia y ella sola no podría responsabilizarse del cuidado de su hermana menor y seguir estudiando, por lo que tuvo que regresar a Rumanía donde residen con un familiar. De entre todas las cosas que hablamos con ella nos llamó poderosamente la atención su visión de lo que significa el esfuerzo académico: “En España sacaba un tres y me quedaba tan feliz, todo me daba risa. Es más, si sacaba un cero se lo enseñaba a toda la clase como si fuese un triunfo. En Rumanía, sin embargo, si sacas esa nota se burlan de ti y escondes el examen porque te da vergüenza que tus compañeros lo sepan. Yo misma me pasaría todo el día llorando. En Rumanía si sacas un ocho no haces otra cosa que ver cómo puedes convertirlo en, al menos, un nueve y medio. Porque todo lo que no es esa nota representa el fracaso y el fracaso no es un valor que se pueda considerar como positivo”. 

Me quedé con esta observación y no pude más que compartirla con amigos profesores. Pero este punto de vista que a mí me parece tan singular, para mí sorpresa es algo común para ellos, el pan de cada día. Parece ser que el fracaso escolar, algo que preocupa y alarma a padres y profesores parece no generar la misma angustia ni inquietud en algunos estudiantes, que se toman a risa cuando, en su aula ante sus compañeros, reciben un cero mondo y lirondo. Lo que en mi época se llamaba un monumental rosco. Porque, como me comentan varios profesores, hoy en día si hay algo que esté mal visto para el resto de tus compañeros es que saques buenas notas. El raro de la clase es el que las aprueba todas y puede llegar a ser objeto de burlas.

No sé cómo explicar esta situación. Es cierto que los profesores en la actualidad tienen una preparación infinitamente mejor que los que yo tuve, por eso no deja de sorprenderme que entre sus estudiantes pueda llegar a reinar la idea de que si eres mediocre, te salvas. Que no sea necesario plantearse mayores esfuerzos o que no tengan claro que el hecho de estudiar sea un valor. A lo mejor es que la excelencia por sí misma -aquello de hacer las cosas bien- desafortunadamente ha dejado de serlo.

3 comentarios:

  1. María Antonieta Arnal Parada9 de mayo de 2012, 9:50

    Deberíamos aprender de Rumania y apostar siempre a la excelencia.

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  2. Querido Alfredo,
    enhorabuena, tan brillante como siempre
    un beso,

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