lunes, 9 de abril de 2012

Extranjero


Cuando era más joven que ahora -y que quede claro que solo digo más joven, porque tampoco es que hayan pasado tantos años-, la idea de viajar al extranjero me parecía algo absolutamente fascinante; como si fuese a descubrir la civilización..., lo cosmopolita. Tampoco es que me fuese tan lejos. Lo que ahora nos parece la simple idea de ir a París me producía entonces cierto vértigo, porque no las tenía todas conmigo -y menos mi familia- yendo a un lugar para nosotros aparentemente tan lejano y trufado de peligros. Viajar, y realmente si era para ir a otro país, nos provocaba la impresión de ir a visitar un lugar que tenía muy poco que ver con nuestra cercana y conocida Castellón. Ahora, que han pasado dos décadas largas, recordar ese tiempo y aquella situación desde la distancia no deja de producirme cierta gracia.

La primera vez que me subí a un tren fue para ir al sur de Francia. Iba acompañado por Sophie, una estudiante de español de intercambio que tras pasar un mes conmigo en España me invitó a pasar el resto de las vacaciones de verano en la casa que tenían sus padres en Saint Tropez. Teníamos 17 años y recuerdo que mi padre tuvo incluso que ir a no recuerdo qué lugar para que me autorizasen en la frontera a salir del país, ya que era menor de edad y no iba acompañado por ningún adulto. Pero Sophie, que era de París, para entonces ya se había recorrido media Europa. Ella solita. Tan solo eso ya nos resultaba, cuanto menos, sorprendente. Para mis vecinas directamente algo que solo podía hacer una “fresca del extranjero”, la hija de unos irresponsables.

Cuando llegué a Francia las diferencias me parecieron todavía mucho más evidentes. Fundamentalmente en la forma de vida. En la playa Sophie, como todas las demás, tomaba el sol en topless como si nada, cosa impensable todavía en España. Llevaba unas minifaldas tan cortas que parecían más bien cinturones anchos. En su apartamento sus padres nos dejaban solos mientras se iban con sus amigos. La comida era completamente distinta, básicamente porque la madre de Sophie no cocinaba ni perdía el tiempo preparando varios platos con productos frescos del mercado. Todo estaba pre-preparado y en los supermercados la carne estaba cortada en bandejas. El pescado no tenía cabeza ni espinas y se cocinaba con mantequilla, porque el aceite de oliva, además de poco conocido, tenía un precio desmesurado y se vendía en botellitas de vidrio como si fuese perfume. Unos meses después, en Navidad, fui a visitar de nuevo a Sophie a su casa en París. Esta vez el viaje lo hice ya solo. A pesar de los temores de propios y extraños, llegué y volví sin perderme. Y más de lo mismo, pero todo mucho más grande.

Pero hoy, cuando soy solo un poco menos joven, veo que Castellón ya no es tan diferente de los lugares que visito. Todo se ha ido uniformizando a una velocidad de vértigo y nada veo que me parezca particular de ningún lugar. Se come lo mismo, se construye igual, todos vemos el mismo cine y nos reímos de la misma manera de nuestros políticos. Los jóvenes sean del país que sean no paran de viajar y, sobre todo, se visten, se relacionan y se enamoran igual en todas partes. Nos hemos contagiado, unos y otros, de las mismas costumbres y por eso, estos días en Rumanía para mí han sido como si no saliese de casa. No he podido sentir aquello que tanto deseaba: el hecho de notarme extranjero. Porque sentirlo es para mí la mejor manera de saberme libre.

Foto de arriba: Piata Unirii, Bucarest

8 comentarios:

  1. Ese es el problema de la globalización... Debemos reflexionar al respecto y mantener la aldea global, respetando las identidades de cada quien. Como una gran familia humana, donde todos se respetan, se aceptan como son y se aman como hermanos e hijos de un mismo Padre: Dios.

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    1. Usted alguna vez dice algo sin nombrar a dios? De verdad, que cansinos sus comentarios...

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  2. El Papa Juan Pablo I nos exhortaba a que se estudiaran todos los caminos, todas las posibilidades, y se procurasen todos los medios para anunciar, oportuna e inoportunamente, la salvación a todas la gente (http://tonydaher.blogspot.com/2012/04/el-corazon-del-hombre.html)

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    1. El papa Juan Pablo no se caracterizó por su respeto a la diversidad precisamente. Usted mezcla churras con merinas señora

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    2. Pues sálvese usted y déjenos a los demás disfrutar de nuestras vidas disolutas y pecaminosas, pesada.

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Me encanto tu relato. De chica siempre soñaba con ir a Paris. Con ver esos maravillosos hoteles en parís y conocer esa fascinante ciudad

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