viernes, 13 de abril de 2012

El lado kitsch del viaje


Viajamos -antes de la crisis más que ahora-, y nos movemos de un lugar a otro, unos por trabajo, otros por ocio. Y a resultas de estos viajes es imposible resistirse a la tentación de traernos recuerdos de los lugares en los que hemos estado. Pero es un poco triste, una vez más, que al final del viaje acabes por darte cuenta que la globalización, que lo ha unificado todo, también ha llegado al mundo de los souvenirs. Probablemente el precio del progreso es la pérdida de autenticidad. Así, podemos encontrar el mismo tipo de recuerdos, made in China, en casi cualquier parte del planeta: camisetas, tazas, llaveros y un sinfín de productos inútiles en los que sólo cambia el nombre de la ciudad de procedencia, sin aportar ningún signo de identidad más allá de la mera reproducción de lo típico y tópico del lugar. Que si pizzas italianas o sombreros mexicanos, reproducciones de plástico de un elemento arquitectónico en forma de Torre Eiffel o Big Ben de Londres, que si las socorridas figurillas grotecas del David de Miguel Ángel, el toreador y la flamenca...

Chucherías de recuerdo de poco precio que acabarán en el fondo de un cajón y de una frivolidad que en ocasiones raya lo desagradable, porque si identifican o representan la evidencia material del lugar de nuestras vacaciones, en ese caso, ¡válgame Dios! Y es que indiscutiblemente lo más excéntricamente kitsch y banal, a la vez que vulgar e irónico, ha copado el mundo de los recuerdos de viaje.

Todo el mundo asocia Rumanía con el conde Drácula. Y una vez confirmado el destino todos piden que les traigas lo mismo. Una dentadura. Una dentadura picuda. Y, por supuesto, es en los puestos del jardín del Castillo de Bran (el del conocido conde) donde se encuentra al culpable. Nosotros nos cargamos con media docena de espantosas tazas en forma de la cara de Nosferatu, una raza de vampiros que el folklore rumano nos describe como particularmente desagradables. Dicen que la gente compra souvenirs para paliar la culpa de que ellos viajaron y su familia y amigos no. Por eso se regresa con algún recuerdo de regalo, para que al volver no nos odien demasiado por haber disfrutado de un viaje mientras que los demás seguían con su cotidianeidad. Un recuerdo en definitiva para los que no viajan, una cosa destinada a tener ningún sentido para quien lo recibe. Pero viendo ahora en casa y con calma estas tazas no sé si al regalarlas redimo mi culpa o si gano un enemigo para toda la vida.

1 comentario:

  1. Sí. La verdad, ahora no vale la pena traer recuerditos cuando viajas, porque por lo general los consigues en tu país. Pero lo importante no es el objeto sino la intención de acordarse de los demás.

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