martes, 21 de febrero de 2012

De profesión: sus labores


El jueves pasado la escritora Inma Chacón vino a Castellón con su Tiempo de arena. En el Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón compartió con nosotros su poética interpretación del paso lento, silencioso e inexorable del tiempo, especialmente cuando es de arena. Pero nos recordó que el tiempo pasa. Y por eso llega un día en el que se acaba por descubrir que se ha escapado entre los dedos de la mano como los granos de arena. Y que el tiempo, cual juez implacable, hace que las mentiras, y las injusticias, afloren a la superficie.

Inma Chacón nos recordó cómo hace tan solo un par de generaciones las mujeres carecían de derechos y eran consideradas menores de edad durante toda su vida. Incapacitadas para hacer nada por sí mismas, no tenían derecho a la educación, a una identidad propia, ni a unas mínimas condiciones de dignidad en el trabajo que les garantizasen la independencia económica del marido, del padre o del tutor.

Visto desde la perspectiva de nuestros días no deja de sorprendernos saber que las mujeres en España no tuvieron derecho a voto hasta los años veinte. Y que antes incluso ya reclamaron otros derechos fundamentales que no tenían, como el de la educación. Se contemplaba a la mujer en un papel secundario, cuyo único rol asumible era el de ser las perfectas casadas, reinas del hogar, piadosas, buenas madres y buenas esposas. Su instrucción no estaba dirigida a formar académicas, sino mujeres piadosas; sabias, eso sí, en manejo de labores domésticas y expertas en trabajo de agujas. Por eso, el acceso de la mujer al sistema educativo buscaba fundamentalmente adiestrarla en los quehaceres domésticos para el mejor funcionamiento del hogar y de la familia. Su educación, en caso de haberla, debía ir orientada a esa misión en la vida. Con todo, no deja de sorprendernos que hasta mediados del siglo XIX no consiguieran el derecho a la educación secundaria. Por no hablar de la educación universitaria. Ya que no sería hasta 1910 cuando se promulgó la primera ley que les permitió acceder a la universidad. Y lo más curioso es que los universitarios recibieron a pedradas a las primeras mujeres que fueron a la universidad en España. Por eso debían ir a clase acompañadas de un catedrático, para evitar ser agredidas o acudir al aula disfrazadas de hombres. De ahí la fama de “marimachos” de las mujeres que estudiaban en la universidad, “abogados con falda”, como eran consideradas.

Y por si eso fuese poco las mujeres tenían que taparse la cara con un velo negro en el caso de ser viudas. Es más, había una ley que decía que si el marido no le había dado permiso en el testamento para volver a casarse no podía volver a hacerlo y si lo hacía perdía todos los derechos; hasta a sus hijos, que pasaban a la tutela de la familia del marido y perdía, por supuesto y como no podía ser entendido de otro modo, la herencia si volvía a casarse. Y es que hasta incluso después de muerto el marido decidía sobre su vida de su esposa. Increíble, pero cierto…

De hecho la autora recordó que no hace tanto tiempo, cuando ella comenzó a trabajar, de no haber sido soltera hubiese necesitado el permiso de su marido para hacerlo. Como hacía falta también el permiso del marido para poder pedir una tarjeta de crédito, comprar una casa o cualquier cosa que tuviese escrituras, aunque fuese un coche.

Los avances fueron posibles por la tenacidad y decisión de algunas mujeres que decidieron rebelarse contra regulaciones injustas que impedían su acceso al conocimiento y su pleno desarrollo como seres humanos. Por eso, que ya no existan labores propias de ningún sexo, que las mujeres puedan dedicarse a otras cosas que no sean hacer calceta, cortar y coser las ropas comunes de uso, bordar y hacer encajes, demuestra que toda lucha, aunque a corto plazo no lo parezca, tiene su recompensa.

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