martes, 17 de enero de 2012

Cría fama


Se llama Viorica. En su país era ayudante de farmacia. Lo primero que hizo, nada más llegar a España, fue trabajar limpiando casas o de camarera los fines de semana. Su madre, ya muy mayor, sigue viviendo en su país. Sola. Lo sé porque llena de orgullo me lo contó mientras me enseñaba su foto. La guarda dentro de un broche que lleva colgado de una cadenita dorada que la muestra al abrirse, junto a un pequeño mechón de cabello oscuro.

Ahora Viorica cuida a una señora, también ya muy mayor, enferma de Alzheimer. Nunca antes se había dedicado a este trabajo. Y es por eso que la conocí. Desde mi terraza veo la de la señora que cuida. Es una terraza cerrada con una estructura de cristal y aluminio. Cuando hace bueno tiene las ventanas abiertas y las veo allí sentadas. Si hace fresco las tiene cerradas y tras el cristal siguen tomando el sol de la tarde, mientras miran el parque. Pero, de todos modos, protege los pies de su señora tapándolos con una mantita. No es raro que después de comer las venza el sueño, lo sé porque la veo con los ojos cerrados y con la revista con la que mata las horas dejada caer sobre el pecho.

Viorica es enfermera todas las horas de todos los días de todas las semanas del año. Mientras su señora mira al infinito desde la terraza, ella la peina, le da de comer o le arregla la chaqueta sobre los hombros. Nadie se lo pide, pero ella se adelanta para que no pille frío. Porque la señora que cuida se pasa la gran parte del tiempo dormida o mirando a las palomas que se detienen en la cornisa y se arrullan. Y entonces aprovecha para hacer brazos de galletas con moca.

Podría decirse que esa es la rutina de todos los días. No sé que pensará la señora que cuida. Visitas, lo que se dice recibir visitas, no parece que ocurra. De nadie. Imagino que creerá que es su hija. O su madre. De todos modos no creo que necesiten ya hablarse y darse explicaciones. Me da la impresión de que aunque no son familia, ni falta que hace, se comportan ya como si lo fueran. La anciana que cuida la mira y se bastan con unas sonrisas para comunicarse.

Nuestro apoyo, en tantos y tantos casos, está donde menos lo esperamos y viene de quien menos pudiésemos imaginar. Porque viendo las noticias del fin de semana me llamó la atención escuchar a una de las víctimas de la reciente tragedia del crucero "Costa Concordia" en las inmediaciones de la isla italiana de Giglio, en aguas de la Toscana italiana. De su relato se deriva que la forma de comportarse de quienes debieran de ser los primeros en preocuparse por la seguridad de los pasajeros ha sido sencillamente delictiva. Que los trabajadores filipinos, hindúes o pakistaníes, que se suelen ocupar de las tareas de limpieza y arreglo de los camarotes, probablemente sobre los que recaerán todas las sospechas cuando algo falte en el barco, hayan sido los que ayudaran a los viajeros a salvarse, mientras el capitán lo abandonaba en medio de un caos vergonzoso, hace subir la indignación de la gente que ha padecido las consecuencias del suceso y de todos los que nos vamos enterando de los detalles del mismo. Como siempre unos tienen la fama y otros... cardan la lana.


foto: Creative Commons License photo credit: Meritxell Garcia

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