domingo, 18 de diciembre de 2011

El hábito no hace al monje


No había leído nunca a Graham Greene. Y hace unos días me regalaron El Dr. Fischer de Ginebra. “Léelo entre líneas”, me dijo quien me lo regalaba. Y así hice. Se trata de una comedia negra, una novela breve, escrita con un sentido del humor bastante ácido en la que el personaje que mueve los hilos de la trama es el que da título a la historia. El Dr. Fischer es un millonario misántropo y cruel adepto a la idea de que todo lo puede el dinero, de que cualquier cosa y cualquier hombre tiene un precio. Por ello se divierte humillando a un grupo de aduladores avarientos. Pero la historia nos llega distorsionada a través de los ojos de Alfred, su yerno, frustrado y mucho más pobre que él, pero más digno, a quien tanto Fischer como sus secuaces le resultan patéticos e incomprensibles.

El autor satiriza sin concesiones sus costumbres y con una agudeza implacable muestra sus vicios más repulsivos. “Creo que detestaba al doctor Fisher más que a ningún hombre de cuantos he conocido, así como amé a su hija más que a mujer alguna”, afirma Alfred refiriéndose al Dr. Fischer, una persona que nos extraña que pueda ser tan cruel. Pero por desgracia, en la realidad, hay seres que dejarían en pañales a este supuesto doctor que representa la codicia ilimitada que devora a la gente que considera que tiene poder.

El Dr. Fischer, y especialmente a través de su mayordomo -que es el que decide en primera instancia a quién va o no a recibir el doctor-, se encarga de que quede bien claro dónde se sitúa cada uno y cuál es su posición en el imaginario, y a veces no tan imaginario, organigrama de la vida. Unos mandan y otros obedecen. Unos desean y otros cumplen. Unos son jefes y otros empleados. Que quede bien clara la autoridad, porque hay dos niveles. Unos están arriba, y otros abajo. Y los que están abajo, por mucho que se empeñen, nunca lograrán llegar al corazón de la cebolla, que es el Dr. Fischer, a salvo bajo capas y capas de protección, de filtro, de barrera y de imposición.

Lo que no sabía el Dr. Fischer es que la autoridad no se exige ni se impone, ni se legitima por los gestos. La autoridad es un estado moral que se gana, se concede y te legitima. Se puede tener aunque estés sentado en la mesa de al lado pues ya no es necesario ser el que ocupa el despacho de suelo de mármol con mobiliario de maderas nobles y cueros repujados.

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