jueves, 24 de noviembre de 2011

La confesión de Guest o el bochorno


¿Quién no se ha visto en una situación comprometida de la que no hay manera posible de salir airoso, una de esas situaciones en la que ninguna explicación ni excusa resultan creíbles? David, en La confesión de Guest, la novela hasta ahora inédita en España de Henry James, asiste a una declaración humillante. Estar en el lugar equivocado y ser testigo y actor de la conversación a la que no debiera haber asistido jamás, condicionará dramáticamente su vida futura.

Yo mismo me vi en una situación embarazosa hace un tiempo. Colaboraba con la administración pública cuando un técnico necesitó de la ayuda de uno de sus compañeros, de categoría laboral funcionario, que cumplía escrupulosamente su horario: de ocho a tres, de lunes a viernes. Era por la tarde y surgió un imprevisto que se debía resolver inmediatamente, una de esas circunstancias que pueden ocurrir en el trabajo porque no pueden ser anticipadas por más previsor que uno sea. Apurado, usó un teléfono inalámbrico para explicarle el problema, cuya solución sólo podía dárnosla él. Su respuesta de “mañana te lo miro nada más llegar”, fue replicada, esta vez en tono suplicante, con un “no puedo esperar. Va a venir el jefe y esto debe estar resuelto”.

Pero diplomáticamente, desde la otra parte de la línea, se lavó las manos, añadiendo que aquél no era su horario, que lo entendiera, y se despidió. En ese momento, como espectador de la situación, escuché el ataque de mi colega contra toda la clase funcionarial y contra el acomodaticio y desmotivado de su compañero mientras el ritmo cardíaco se le disparaba a cinco mil pulsaciones. Y entonces sonó su móvil. Era el funcionario. No había pulsado la tecla de colgar del inalámbrico y por eso lo había oído todo. Si hacía unos segundos lanzaba palabras a chorro por la boca, en ese momento se quedó mudo, no le salió ni una. Cuando colgó, sentí cómo deseaba que la tierra se lo tragase.

Cuando alguien es demasiado orgulloso o se comporta de forma demasiado altanera esconde las sombras de su vergüenza humillando a los demás. Pero la vida lo mantiene todo en cierto equilibrio, y tal como hay algunas cosas torcidas, también hay otras derechas. Por cada virtud hay un pecado, por cada alegría una desdicha, por cada mal un bien y así, en el eterno girar de la rueda de la vida todo se compensa. El péndulo va y viene con inexorable precisión. Ya se sabe, todo es acción y reacción, causa y efecto.

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