lunes, 24 de octubre de 2011

Las viudas alegres


En la vieja Palermo, donde el sentido más tradicional de la vida lo sigue envolviendo todo, me sorprendía estos días la imagen de una señora de cierta edad que, vestida de luto riguroso, pasaba todo el día asomada a una portezuela de su balcón observando el cotidiano discurrir de la vida del barrio. En cierto modo, me recordaba a mi abuela, que una vez viuda, no volvió a encender nunca más en su vida la tele por respeto a la memoria de su difunto. Se guardaba muy mucho de reírse demasiado, no fuera y le tomaran por la viuda alegre y por eso vivió el resto de sus días en un silencio discreto, pendiente del qué dirán y con el único objetivo de esperar el momento final en el que de nuevo poder reunirse en el otro mundo con su amado esposo.

Inevitable compararlas con el grupo de mujeres, viudas todas ellas sin excepción, que cada día se visten de punta en blanco después de comer y acuden al club de jubilados del Edificio Hucha, en la Fundación Caja Castellón, para tomar café y charlar de sus cosas. A media tarde, y en función de la oferta cultural del día, asisten a una conferencia, al teatro, a la inauguración de una exposición, al cine o a lo que se tercie y les apetezca. Y después, se pasean, van de tiendas, a la peluquería, administran su casa, salen a cenar y, sobre todo, ríen.

Ninguna de ellas se queja de cómo les ha tratado la vida, más bien al contrario, pero ninguna desea repetirla, y menos volver, como ellas dicen, a cuidar de otro hombre, que con uno ya tuvieron bastante. De ahí que a las viudas de hoy en día les queden pocas ganas de quedarse solas en casa y, una vez libres de las cargas familiares, aprovechan esta nueva oportunidad que la vida les ofrece para ponerse al día en el terreno cultural y recuperar el tiempo perdido.

Si antes no pudieron estudiar por falta de tiempo, medios o porque simplemente, no les tocaba, ahora despiertan a la llamada de la cultura y algunas hasta se hacen universitarias y expertas en tecnología digital. Conozco personalmente a una que, solamente un año después de ponerse frente a un ordenador por primera vez, ya me enseña trucos para que Internet vaya más rápido. Felices por descubrir un mundo del que no pudieron disfrutar hasta que sus maridos (que el Señor tenga en su gloria por muchos años) pasaron a mejor vida, las viudas de hoy quieren empaparse de todo lo que se les ponga por delante y saborear los años que les queden sin tener que pedir permiso ni dar explicaciones a nadie.

Seguro que cientos de turistas, de regreso a sus casas, alabarán con nostalgia lo pintoresco de la sociedad palermitana. Un pintoresquismo que, para ellos, nunca debiéramos haber perdido en Castellón, pero yo me pregunto qué interés tiene mantener una tradición, y ciertos valores a ella asociados, que no hacen felices a nadie. Y como esta tradición, ejemplos a millones.

2 comentarios:

  1. Tradición: refugio de la falta de imaginación...

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  2. PataLucrecia María José25 de octubre de 2011, 22:47

    algunas viudas se liberan al quedar sin pareja, recuperan a la persona que fueron y nunca desarrollaron.

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