martes, 18 de octubre de 2011

La cabra tira a los montes (Apalaches)


Hace unos días observaba en silencio cómo un niño de unos cinco años daba vueltas sobre sí mismo durante una representación de teatro, intentando infructuosamente atornillarse al asiento de la butaca por la parte donde la espalda cambia de nombre. En su obsesivo empeño giratorio, a 45 revoluciones por minuto, daba sus correspondientes 45 golpes a una señora a su derecha, y otros tantos a su hermana, que sentada a su izquierda dejaba salir un gritito hiposo a cada impacto.

Pasados unos minutos, el niño perdió el sentido de orientación del giro sobre su eje imaginario y decidió actuar esta vez cual martillo pilón; sus brazos se aupaban desde el respaldo del sillón, para liberarlos a continuación y dejarse caer sus quince o veinte kilos por acción de la fuerza de la gravedad.

Todos los espectadores seguían disfrutando del espectáculo, incluso la señora de su derecha, que a pesar de los continuos zarandeos a los que estaba sometida, disfrutaba estoica e impasiblemente de la obra, como si a su lado estuviese sentado un muerto.

Todo seguía en una tensa normalidad hasta que el niño, apoyándose en sus manos, decidió hacer el pino, mientras su progenitora jaleaba los malabarismos de su retoño, que dejaban a la altura de amateurs artrósicos a los actores que estaban interpretando la obra, de título “Escapismo del gran Houdini en los Montes Apalaches”.

En ese momento me acerqué a ella y le dije serena, amable, dulce y solícitamente que además de su hijo el resto de espectadores de la sala deseábamos disfrutar del espectáculo. No del de su hijo, sino del de los Montes Apalaches. La madre, sorprendida, me lanzó una mirada indignada y con la mayor de las certidumbres me dijo que qué poca sensibilidad la mía, qué dónde se había visto que no se pudiese dejar a un niño actuar como a un niño. Y, aunque le dije en la voz más almibarada de la que fui capaz que para actuar como niños ya estaba el parque, no hubo manera de convencerla de que más que un hijo aquella criatura era una cabra, una cabra en cautividad.

Precisamente ayer el profesor Elzo comentaba en la Fundación Caja Castellón que dentro de una tendencia generalizada a la delegación de responsabilidades, hemos creado una sociedad de jóvenes con derechos sin el correlato correspondiente de deberes. Por ello, los jóvenes crecen en un entorno sobreprotector y reciben una socialización que no les prepara para enfrentarse a la sociedad en la que viven, y en la que palabras como disciplina o responsabilidad no les son inculcadas. ¡Pues ya está claro!.

3 comentarios:

  1. ¡Cuántas historias como la que describes podría contarte!
    Esas madres -o padres- se dan con mucha frecuencia. Son personas que, además, cuando hablan con progenitores de descendencia educada, les dicen: "¡Qué suerte tienes con tus hijos!".
    Es decir: no valoran la labor educadora, creen que el comportamiento cívico es una cualidad que viene o no en el "pack"...

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  2. Pues debe de ser general la situación, porque yo también he visto en numerosas ocasiones escenas paralelas.
    Ja,ja,ja,.....me ha hecho gracia Conquinceletras cuando dice eso de la "suerte". Yo creo que lo dicen siempre que quieren quitarle mérito a algo, da igual que sea hijos, trabajo, estudios, en fin éxitos "bien curraos" en general. En mi opinión es debe de ser cuestión de ignorancia o de envidia.

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  3. Totalmente de acuerdo con Rosa: todo lo que se logra con trabajo y dedicación es, para algunas personas, fruto de la suerte.

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