domingo, 9 de octubre de 2011

Del chic al shock


En La Costa del Sol en la hora pop, Juan Bonilla analiza cómo los años sesenta supusieron un cambio radical en el aspecto y en la forma de vida de los pequeños pueblos pesqueros de la costa malagueña, especialmente la ciudad de Marbella. De repente, España y, sobre todo, el sur peninsular habían sido descubiertos por el turismo extranjero, que entró en aluvión cambiando mentalidad y estética. Y con él entraron también una serie de personajes, al principio de gran talla intelectual, que dieron a esta zona un prestigio internacional. Lo pop, arraigado a esos lugares de ocio, edificó la costa y la puso en la vanguardia del cosmopolitismo. 

El momento culmen en el que la zona perdió todo el encanto y prestigio que una vez la alhajaron, el momento preciso en el que polvos se convirtieren en lodos, no nos pilla por sorpresa. Es conocido por todos. Llegó de la mano visionarios que entendieron que la política era un negocio privado tan legítimo como otro para enriquecerse ellos y unos cuantos colaboradores selectos. Para mantener las formas no tuvieron más que convencer demagógicamente a la mayoría de votantes, previamente convencidos de que en ningún sitio encontrarían mejor valedor de sus intereses que en la cuenta corriente del propio alcalde. Y, de ese modo, fueron ganando una y otra vez las elecciones con el apoyo impresionante de la población. 

En Marbella, como en tantos otros lugares, paso a paso, sin retroceder jamás, se devoró la naturaleza y se robó la belleza a lo que se enorgullecía de haber sido un paraíso para convertirlo en un lugar destruido y deglutido por una explosión incontrolable de mal gusto, destinado ahora al blanqueo de capital, que se guardaba en bolsas de basura custodiadas por algún amigote que pasaba por allí. Pero no pasaba nada. Todos participamos de la ceguera colectiva hasta que se descubrió un pastel que a nadie sorprendió, un cuento inverosímil conocido por todos.

Y fue así como se confirmó la regla no escrita según la cual las cosas sólo pueden mejorar muy poco, pero pueden empeorar de forma espectacular. Salvajismo y estupidez se aliaron en la Costa del Sol con consciente inconsciencia. De esa colaboración sacaron tajada muchos, pero muchísimos más fueron las víctimas.  Los tribunales y las urnas juzgarán a unos y otros. Pero los culpables morales, los que asistieron al crimen sin levantar la voz, encogiéndose de hombros, o depositando, por interés propio, la papeleta equivocada en la urna, desde luego, no lo serán. Y es esto, y nada más, lo que nos lleva a hacer descansar algo de la responsabilidad de haber llegado a esa pésima situación en los electores, es decir, en los ciudadanos.

De todo aquello, solo quedará el sol. El único lugar que queda al que poder mirar sin sentir náuseas.

2 comentarios:

  1. A moltes costes, amb diferents denominacions, podem aplicar el teu comenari, Alfredo. Què dir de la nostra Costa de Azahar?. Construccions espertpèntique que engulleixen la mar, escenografia amb carto-pedra,com si d'uns decorats de teatre es tractara i, després, en lla llista de les fortunes capdavanteres, veiem el nom del se AMO.I, també els seguim votant... i la hostòria continua i continujarà... Caldrà que hi posem una mica de seny.

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  2. Estamos rodeados de barbaridades, no solo en lo paisajístico e inmobiliario. En todas las áreas de nuestra vida cotidiana. Pero tienes razón no podemos ni juzgar, ni pedir que juzguen a nadie, todos somos responsables. Tenemos lo que nos merecemos!

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