viernes, 16 de septiembre de 2011

Sorpresas te da la vida


Aunque suene a superstición, en los funerales a los que voy intento no ver al fallecido. Cuando tenía cinco años, una vecina que pasaba de los cien, altísima y delgadísima hasta no poder más, que siempre andaba torpemente con una bata que le llegaba hasta los pies, tropezó al bajar la escalera. Aunque vino la ambulancia y la intubaron a toda prisa, murió momentos después. Los enfermeros olvidaron retirarle la ventilación asistida y parece ser que la fallecida pasó un buen rato con aquel tubo en la boca. Una vez instalado el velatorio, en la planta baja de la casa, todo el vecindario acudió a presentar sus respetos. Mi madre también. Y yo, con ella, de paso, muerto de curiosidad.

Por eso no me sorprendió que enseguida los allí reunidos pidiesen ver por última vez a su vecina. Los familiares quitaron la tapa del ataúd, que al levantarse me permitió observar que estaba bordada por su parte interior de crucecitas moradas de tela. Pero cuál no sería mi asombro al ver que una segunda tapa metálica precintaba toda la caja, excepto una pequeña ventanita con un cristal que permitía ver la cara. Y entonces fue cuando el mundo me cayó encima como una tonelada de ladrillos. El rigor mortis había dejado la cara de la fallecida con una grotesca mueca en la boca, que había quedado, hasta la eternidad, abierta en forma de un círculo perfecto.

El terror se apoderó de mí desde entonces y cuando, por la noche, mi madre me pedía que bajase la basura a la calle se me cortaba el aliento en la oscuridad de la escalera, asustado por la idea de que la vecina, cual espíritu de mueca atormentada, se me apareciese. Así que los siguientes años tomé la salomónica decisión de dejar caer la bolsa desde el balcón a la calle, en perfecta puntería. Y decidí que no iría a ver, como he dicho, a ningún muerto más en mi vida.

Con esa ceguera acudo a los entierros desde entonces. Hoy he acudido a uno con mi compañera de trabajo, aprovechando el descanso para comer del mediodía. Sabíamos que el velatorio estaba nada más entrar en el tanatorio. Y allí hemos acudido. Al entrar nos hemos sentado en uno de los sillones a la espera de que llegase algún familiar. Y aunque había más personas en la salita de visitas nadie nos ha dicho nada. Una media hora después le he comentado a mi compañera que ya era raro no ver a nadie conocido allí. Ella me ha dicho en voz baja, pero segura, que estarían todos comiendo. Y entonces ha sido cuando una señora se ha acercado a nosotros y nos ha agradecido la deferencia de la visita, a pesar de que no le habíamos presentado ningún tipo de condolencia.

Cuando nos ha dicho que Pepe ya descansaba al fin nos hemos mirado todos en silencio, con mirada resignada, dando la razón a la afligida viuda. Pero la verdad es que al mirar a mi compañera he notado que en el fondo, muy en el fondo de sus ojos, más que pena lo que había era el brillo de las lágrimas que produce la risa contenida. La que hemos dejado explotar una vez fuera.

Ya no hemos vuelto a entrar. Hubiese sido imposible poder comportarse. La vida fluye, y es lo que tiene. Unos con sus penas y otros con sus alegrías. Y nuestra querida amiga Lupe viéndolo todo ya desde la otra vida.  

2 comentarios:

  1. No et penses que eres l'únic que li fan por els morts. Jo no en vig mai cap quan vaig a donar el condol. De fet els tanotaris ens estalvien aquesta visió doncs, quan el difunt el tenien a casa, era quasi bé imposible defugir el veure'l.
    Recorde que quan la meva germana era xicoteta,li agradava molt anar a les cases on hi havia un difunt i, en tornar a casa deia: "Mama, saps, he vis un home que s'ha tornat de cera". I llavors a mi em venia la imatge d'aquells ciris grossos en una església en penombra...

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  2. Curiosa anécdota la tuya con los muertos. La de los 5 años y la de el pobre Pepe en paz descanse.
    Bueno, humor negro o más bien macabro... el caso es reírse, que aún estamos vivos!
    Gracias por tus crónicas
    Abrazos
    Sergio

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