martes, 20 de septiembre de 2011

Hialurónicos


Dicen que el fotógrafo Richard Avedon no se expresaba con demasiada elocuencia, que encontraba su lenguaje más adecuado en el silencio. Sin embargo, su cámara, su verdadera voz, habló con admirable claridad.

Su trabajo, comentado y alabado por sus ingeniosos matices, por su ácida penetración psicológica y por el juvenil sentido de movimiento y de pletórica vitalidad que lograba infiltrar en algo tan estático como una fotografía, le convirtió en el fotógrafo estadounidense más cotizado y más alabado de su generación, así como, según atestigua el exagerado número de sus imitadores, en el de mayor influencia estética.

Sin embargo, resulta curioso hoy en día, que al ver sus trabajos se perciba la tendencia a resaltar la vejez. Incluso entre los retratados de mediana edad, rastrea sin piedad cada pata de gallo duramente ganada. Y, aunque acusado de malevolencia, afirmaba que la juventud no le conmovía, porque raramente encontraba algo realmente hermoso en un rostro joven. Pero, curiosamente, sí lo encontraba en la curva descendente de los labios o en las manos de una persona de edad.

Es en el sentido contrario, en la obsesión por borrar los signos que la vida nos va dejando, lo que hace que casi me muera de claustrofobia hoy en el ascensor de mi casa. De claustrofobia, pero también del susto y de grima. Una vecina, a la que solo veo de tarde en tarde, ha entrado en el ascensor y cuando, al levantar la vista para saludar le he visto la cara, casi me desmayo.

Parecía, literalmente, un pato. Al devolverme el saludo lo ha hecho sin mover un milímetro el labio superior, inflado como la piel de un perrito caliente de tamaño gigante a punto de explotar en las brasas ardientes de la barbacoa, que ya habían encendido sus dos pómulos tersos y tensos como la piel de un tambor. Dice mi compañera que eso no es botox, que son vitaminas o ácido hialurónico que, como ella comenta “te lo deja todo hinchadito”.

Pues lo dicho, mi vecina, al igual que Avedon no se expresa con demasiada elocuencia, y pronto encontrará también su lenguaje más adecuado en el silencio. Y en su caso es su cara, su actual cara, la que habla con admirable claridad.

Foto: Isak Dinesen, por Richard Avedon, 1958.


7 comentarios:

  1. No podemos asociar casi exclusivamente -como tan extendidamente se hace- la belleza de las personas con su etapa juvenil.
    Hay una forma de belleza para cada edad: niñez, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad...
    Avedon lo sabía muy bien y se centró más en retratar la de las personas mayores, que se debe ver con ojos distintos a los que contemplan el esplendor de la juventud o la delicadeza de un bebé.
    Yo prefiero el aspecto actual de Vanessa Redgrave al de Joan Collins, por poner un ejemplo comparativo. La primera tiene la belleza natural del paso del tiempo; la segunda, la belleza tramposa del artificio.
    Algunas veces he hablado en Twitter de esas "estáticas damas", muy de "¡Hola!", tan vacuas por dentro como cargadas de ácido hialurónico por fuera.
    No hace falta que cite nombres...

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  2. ¿Cúanta razón! Hoy me he quedado a cuadros cuando he visto en el telediario a la hija de Charly Rivel, el payaso. Tiene 90 años y ni una arruga, inexpresión total. Prefiero las arrugas de mi abuela de 102 años, por cierto, muy bien llevad@s (las arrugas y los años, claro)

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  3. Muy buena reflexión...

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  4. Y lo peor, Alfredo, es que debe haber ácido Hialorónico que también anula las arrugas cerebrales, y que afecta tanto a jóvenes como a maduros y viejos ... Ayy, qué vida.

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  5. Como siempre Alfredo eres genial y das en el clavo. Un abrazo enorme de Eugenia desde America

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  6. ¡¡Ójala a mi se me noten las arrugas cuando se tengan que notar!!Eso será que habré disfrutado de la vida y que no deseo esconder el paso del tiempo....
    Un saludo desde el lluvioso norte
    Ana

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