martes, 13 de septiembre de 2011

Evangelios de odio


Hacia finales de 1889, el director de una escuela primaria de Berlín, Hermnann Ahlwardt, se enfrentaba a la perspectiva de la ruina económica. Nacido en una familia empobrecida de Pomerania en 1846, los ingresos que le proporcionaba su humilde cargo en la jerarquía educativa prusiana le resultaban insuficientes para cubrir los considerables gastos de su vida diaria. Desesperado, cometió un delito que parecía casi deliberadamente calculado para horrorizar a sus superiores: robó dinero de los fondos recaudados para pagar la fiesta de Navidad de los niños de su escuela. No tardó en descubrirse la fechoría y fue destituido de su cargo, lo que le privó de la última fuente de ingresos que le quedaba. Estos desastres habrían destrozado a muchas personas, dejándolas abrumadas por sentimientos de culpa y de remordimiento. Pero no a Hermann Ahlward. “El director de escuela”, como pronto pasaría a conocérsele, decidió pasar a la ofensiva. Buscó a su alrededor a alguien a quien echar la culpa de sus infortunios y no tardó en centrar su atención en los judíos.

En conjunto, la historia judía de finales del siglo XIX fue una historia de éxito, y se les relacionaba sobre todo con los aspectos más modernos y progresistas de la sociedad, la cultura y la economía. Eran esos aspectos los que hacían de los judíos el objeto de agitadores descontentos y sin escrúpulos, así como de los desafectos y fracasados, que tenían la sensación de que el avance implacable de la vida les dejaba marginados y anhelaban una sociedad más simple, más ordenada, más segura y más jerárquica, como la que ellos imaginaban que había existido en el pasado no tan lejano.

Todo ello favoreció que en la década de 1870, demagogos y escritorzuelos en busca de un chivo expiatorio para sus dificultades económicas, recurrieran a los judíos como minoría y, aunque la inmensa mayoría de la opinión respetable de Alemania se oponía a este tipo de comportamiento, empezaron a abogar no por su asimilación total en la sociedad alemana, sino por la absoluta exclusión de ésta.

Lo peor es que nunca ha habido racismo entre los ricos. La intolerancia más tremenda es la de los pobres, que son las primeras víctimas de la diferencia, los que la ponen en práctica sin plantearse problemas de orden interno ni moral. Y cuando la intolerancia se convierte en doctrina, entonces es ya demasiado tarde para batirla.

El desenlace de esta historia es por todos conocido. Pero parece que la lección no fue aprendida. En todo caso fue rápidamente olvidada. Cada mañana coincido frente a mi casa con un vecino que pasea a su perro. Su discurso siempre en la misma línea, la de que los extranjeros han tomado el parque y ya nada es seguro, que en ellos está el origen de todos los problemas. En mi caso, la inseguridad no la noto por ninguna parte y el único miedo que siento es el de sus palabras. Por eso decidí leer estos días La llegada del Tercer Reich y ha sido entonces cuando me he asustado. Porque descubro que hay comportamientos que, como ocurriese hace ya 75 años, parece que vuelvan a tener hoy día plena vigencia. Eso sí que me da miedo.


3 comentarios:

  1. Qué miedo dan la intolerancia y el racismo, nos hacen perder nuestra esencia como personas y nos arrastran hacia lo salvaje e inhumano.

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  2. muy bueno tu mensaje anti racista, felicitaciones

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  3. Qué bueno es tu texto, Alfredo!!!!!



    Has leído una temporada de machetes? Impresionante, Hatzenfeld, ruanda

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