jueves, 18 de agosto de 2011

Royals or servants?


Situada en el corazón de York, Fairfax House es una de las mejores casas georgianas inglesas del siglo XVIII, una cápsula del tiempo que revela los gustos, las modas, las costumbres y los hábitos de la buena sociedad la época.

Los Fairfax eran una familia de larga tradición católica de Yorkshire que habían permanecido leales a la "vieja fe" tras la Reforma. Y, aunque la residencia principal de la familia estaba en Gilling Castle, a 30 kilómetros al norte de York y tenía propiedades y casas de campo en todo el condado, esta residencia, creada por el vizconde de Fairfax en 1762 satisfacía las necesidades familiares de poder asistir a los acontecimientos sociales de la temporada de invierno de la ciudad. Pero también fue pensada como dote para Anne, la única superviviente de los nueve hijos que tuvo. En ese momento Anne había rechazado ya dos compromisos, y parece ser que su padre pensó que esta casa le ayudaría a crear una nueva vida entre las personas de su misma edad y la esperanza de que lograse un adecuado matrimonio. Sin embargo, este destino se vería truncado al permanecer Anne soltera toda su vida.

El vizconde recurrió al arquitecto más destacado de York, John Carr, para que crease el magnífico interior, que ha perdurado como testimonio de la combinación de talentos de este arquitecto y los artesanos, que ejecutaron los designios del aristócrata, ansioso por poder disipar cualquier duda respecto a su lealtad al rey, al país y a su adhesión a la fe católica.

Tras la muerte del vizconde en 1772 la casa tuvo una fortuna desigual, pasando de ser residencia privada a lugar para usos militares durante la Primera Guerra Mundial e incluso sala de baile y cine posteriormente. Pero en 1982 se inició el importante proyecto de restauración que ha permitido recobrar su apariencia original.

De todos modos, si algo destaca en la visita a esta casa, es la importancia que para sus inquilinos tenía evidenciar constantemente su estatus; el fuerte sentimiento de conciencia de clase y de prestigio social reflejado en sus comportamientos; el saberse beneficiarios y defensores de unas prerrogativas y derechos que la sociedad creaba y reconocía. Y es que Anne anuló su último compromiso de boda cuatro días antes de la fecha fijada al saber, por boca de su prometido, que durante esa semana tan solo había acudido a misa dos días y no todos como ella le recriminó. Inmediatamente, desairada, se fue a su habitación, y gracias a unas escaleras pudo acostarse en su cama, a casi metro y medio de altura.

Es inevitable preguntarse si no era peligroso caerse de allí, en cuyo caso el trágico desenlace estaba asegurado. Pues no. El riesgo era el peaje a asumir para dejar claro, incluso durmiendo, que ella, y solo ella, era la señora. El único modo para que, a pesar de estar tumbada, pudiese seguir mirando a sus sirvientes con toda la altivez que también ella, y nadie más que ella, podía permitirse. Aunque eso significase estar durmiendo allí arriba en las alturas, como si fuese la princesa del guisante.

¡Hay que ver cómo se las gastaban algunos!.


1 comentario:

  1. ¿Señores o sirvientes?
    Eran señores, reyezuelos del pequeño país de sus muchos sirvientes, a menudo mal pagados (¡qué angustia depender de tanta gente para cualquier cuestión doméstica!).
    Pero también eran sirvientes, esclavos de las rígidas normas sociales de la época, de las imposiciones de la religión, de su misma condición aristocrática...

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