jueves, 4 de agosto de 2011

De miedo


De pequeño me contaron que había una raza de payasos asesinos con cuchillos de cocina que te perseguían si cometías algún pecado. También me dijeron que si hacías una mueca en un lugar público, delante de otras personas, y alguna de ellas te daba un susto en ese momento, se te paralizaban los músculos y te quedabas, cual Joker, con la cara de mueca para toda la vida. Y no digamos si, en el colmo de la sofisticación y la supuesta rebeldía, lo hacías dándole vueltas a un paraguas dentro de la habitación. Entonces, además, te podía caer un rayo.

Por no hablar del monstruo del saco que vivía debajo de la cama. Pasé achicharrado la mayor parte de los veranos de mi infancia, tapado hasta el cuello a pesar de los inútiles empeños de mi madre de que no lo hiciese porque iba a pillar el sarampión de tanto sudar. ¿Y si salía de debajo de la cama? Lo peor de todo es que nunca se me ocurrió mirar por si estaba al acecho. De todos modos, ¿qué hubiese podido hacer si al asomarme lo hubiese visto allí?

También me contaron que cuando te salían manchas blancas en las uñas era una señal inequívoca de peligro. Si soplabas sobre ellas y la mancha se desplazaba hacia afuera del dedo era señal de que no iba a pasar nada malo. Pero como se desplazase hacia adentro, entonces, mal augurio era ese. Y aunque me pasé una larga temporada cortándolas cada vez un poco más para favorecer la salida de las dichosas manchitas blancas, la cuestión es que tampoco me pasó ninguna catástrofe especialmente destacable.

Unos años después, llegando a la pubertad, y cuando todas estas engañifas ya no me convencían, me vinieron con la historia de que a todos los chicos les nace un punto débil en el pecho, como la fontanela de los recién nacidos, en el que si te dan un golpe fuerte puedes morir de modo fulminante. Así que ya me iba con mucho cuidado de no chocar contra ninguna pared. Hasta que un día, influido por los vapores etílicos de una noche de descontrol adolescente, me la fui a dar de bruces contra todo el pecho. Me acosté todo recto con las manos cruzadas, como rezando, a esperar que la llegada de mi fatal destino me encontrase en la más elegante de las posturas. Y contra todo diagnóstico me dormí.

Los miedos nos acompañan. Es difícil entenderlos y por ello condicionan nuestro comportamiento. Aunque hay quien afirma que una cierta dosis es necesaria para evitar peligros, que cumplen incluso una función educativa, la realidad es que vamos creciendo en miedos, acumulándolos y viviendo gobernados por ellos, porque, por mucha seguridad que haya a nuestro alrededor, hemos acabado convertidos en personas asustadas. 

Ya se sabe, para quien tiene miedo todo son ruidos. Y, a pesar de que el miedo es el más ignorante, el más injurioso y el más cruel de los consejeros, un sufrimiento que produce la espera de un mal, la verdad es que nos dispone a ver las cosas, desde luego, muchísimo peor de lo que son. La cuestión, ahora, es que no le veo el beneficio por ninguna parte.


8 comentarios:

  1. ¡Ay, aquellos miedos de la infancia!
    La verdad es que mi familia no me inculcó demasiados...
    Recuerdo, por ejemplo, que era terrible tragarse un chicle (?) o mojarse un pie en el mar hasta haber terminado cumplidamente la digestión.
    Las supersticiones al uso, sin embargo, apenas figuraron en el "programa"; afortunadamente, mi familia no creía demasiado en ellas.
    Pronto me fui liberando de todas esas ideas acartonadas, sobre todo de los negros augurios que me pronosticaban los curas si no creía en los sacrosantos dogmas de la religión que predicaban.
    Hoy tengo otros miedos -quién no-, pero me los provocan mis realidades y las de la gente que quiero: el miedo a una enfermedad, el miedo a sucumbir en las adversidades (dejar de ser ese corcho que se hunde de momento, pero que luego vuelve a flote), el miedo a no tener continuidad...
    Vistos desde la perspectiva del tiempo, qué entrañables se me han vuelto aquellos miedos de la infancia...

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  2. Glòria Castellote Esteve4 de agosto de 2011, 8:13

    M'ha agradat molt l'article !!! eres un crack !!! (ho tinc molt clar i el que no ho té clar és perqué té por de que li faces ombra)

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  3. Quinceletras tiene razón, los miedos de la infancia o adolescencia dan risa comparados con los actuales.
    La realiad que nos rodea, esa si que da miedo!
    Cada día desayunamos con un nuevo sobresalto.
    Por cierto graciosisima la foto. Demuestra que al menos miedo al ridículo no tienes.

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  4. Un señor del XIX con tres hijas tiraba cada día una bolsa de garbanzos en el jardín y se los hacía recoger uno a uno. Motivo: mientras pensaban en recogerlos no pensaban en otra cosa.

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  5. ¡Terrible historia la del tirano de los garbanzos!
    Si hubieran sido varones... ¿también habría volcado la bolsa?
    Lo que el padre no se figuraba -quiero creerlo- era que sus hijas, mientras recogían los garbanzos, pensaban "cariñosamente" en su papá, además de en otras muchas cosas...
    La historia suena a apólogo antiguo, pero todavía hoy quedan personas (y lo que colea, desgraciadamente...) argumentando que la mujer no necesita pensar más que en ser madre, tener la casa como el jaspe, obedecer en todo a su señor esposo y, si le queda tiempo, distraerse con alguna telenovela...
    Si es terrible que haya hombres con esas ideas, peor veo que sean las mujeres quienes las propugnen, como muchas veces sucede.

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  6. Hola Alfredo, vaya con los miedos de la infancia.................................. tendriamos que estar vacunados, y ya ves, los miedos de la vida son absolutamente arropantes.Te siguen y con los años se acrecentan, por la sencilla razon que se van abriendo, fantasmas reales, la hipocresia, las envidias,y un etc, alarmante. Me quedo con las de la infancia

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  7. Tantos miedos infantiles y tan variados, según la zona en la que vives hay alguna variación pero en su base todos iguales...

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