sábado, 9 de julio de 2011

¿Para quién es la Capilla Sixtina?


Qué paradoja, en mi última visita al Vaticano no cabía un alma. En los museos, grupos escolares adormecidos eran llevados de sala en sala por un guía que repetía mecánicamente las maravillas de las obras allí expuestas, compartiendo espacio y tiempo con otros tantos grupos de jubilados en la visita cultural obligatoria de su excursión de un día antes de ir a lanzar la moneda a la Fontana de Trevi –que es lo que realmente les interesaba hacer-, mientras que autobuses llenos de turistas de todo el mundo, en un incesante no parar, incrementaban a cada momento la multitud allí reunida. La marea humana salía de las salas egipcias, pasaba por delante del Laocoonte, seguía por las estancias de Rafael y de los apartamentos Borgia para dirigirse, acto seguido y con paso rápido, hacia el tesoro de los museos: La Capilla Sixtina.

Los paneles publicitarios nos recuerdan que cada año visitan el lugar más de cuatro millones de personas de todo el mundo. Es la evidencia que corrobora la idea de que corremos detrás de los iconos y una vez frente a ellos participar de su excelencia inmortalizando el momento en una rápida y mala foto, con flash a pesar de todos los avisos recordándonos no hacerlo, que demuestren que hemos estado allí.

Muy pocos consiguen sentir la mística del lugar, deslumbrados por los cientos de fogonazos de las cámaras fotográficas. Al tiempo, vuelve a nuestra mente el recuerdo de aquella clase de historia del arte o del documental de la televisión en el que descubrimos la maravilla que encierra el lugar. Es este capital cultural el que nos ha empujado a no dejar de lado esta apretada capilla que observamos envueltos por un ruido ensordecedor de centro comercial de la que nadie sale satisfecho, pensando por qué nos ha tocado disfrutarla en tan malas condiciones.

Vivimos en una sociedad compleja, individualista y diversa. En un momento en que cada uno va a lo suyo y en el que todo el mundo consume lo que le interesa (o han sabido venderle). Además, teniendo en cuenta las enormes dificultades económicas por las que pasamos, la mayoría de los equipamientos culturales buscan desesperadamente la atención del público que con su presencia justifica el precio de mantenerlos abiertos y legitima su viabilidad social. Pero contentar a la clientela siempre puede incorporar ciertos peligros, porque el elevado crecimiento de las audiencias en estos lugares que custodian las maravillas de la creación humana es tan evidente como lo es la degradación que ese acceso masivo comporta.

Las soluciones a este equívoco dilema no son fáciles si todos queremos poder contemplar con tranquilidad la gran obra de arte. Sin embargo, mientras la gente no se queje y la obra no sufra el abuso al que es sometida, nadie tomará medidas impopulares que, además, reduzcan los ingresos que genera. Cualquier decisión en este sentido genera oposición pero qué duda cabe que si no queremos que el lugar acabe cayendo a trozos no va a quedar otra.


7 comentarios:

  1. ¿Para quién es la Capilla Sixtina?
    Digamos que para todos... los que se merezcan visitarla, sean doctores en arte o gente sin preparación cultural, pero sensible a la belleza y con deseos de admirarla y de cultivarse.
    No se merecen verla quienes -como bien dices- van pensando, mientras están allí, en las monedas que echarán en la fuente famosa (ni siquiera saben el nombre de la misma), en la pizza que se comerán más tarde o en cualquier otra cosa ajena a la Capilla.
    Lo ideal, pero utópico, sería poder detectar, de alguna forma, el grado de interés por ver, no ya la Capilla Sixtina, sino cualquier manifestación artística. Pero eso no puede ser. Así que... ¡arte para todos! Ofrezcamos las mismas oportunidades de admirarlo y que a cada persona le emocione... o le resbale. Además, siempre pueden surgir nuevos degustadores.
    Conozco el caso de unas personas que fueron a Grecia y volvieron diciendo que "to mu bonito, pero jecho porvo". O el de los cruceristas que no bajaban a tierra porque "¿tú sabes lo divertido que era el barco y lo bien que se comía a todas horas?"
    Conozco, sin embargo, por poner un solo ejemplo, a unas personas que, carentes de instrucción, han disfrutado recientemente con ese particular encanto que tiene el pequeño monasterio de Suso, en La Rioja.

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  2. Por supuesto, desde luego y siempre debemos abogar por la democratización y el acceso universal a la cultura, pero creo que una cosa es demoratización cultural y otra, bien distinta, es convertir lugares como la Capilla Sixtina y tantos otros lugares de todo el mundo en recintos feriales en donde lo que menos importa es lo que se visita.

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  3. Cuando visité la céelbre y vendidísima exposición de los Sorollas de a Hispanic Society que visitaban cada día, según informaba la prensa, miles y miles de personas, había tante gente en la sala a la hora que me había asignado la organización que el público no tenía más remedio que saltarse los límites de seguridad. Porque no cabían. Eso provocaba que las alamarmas estuviesen constantemente sonando y el alboroto fuese tan grande que no se pudiese escuchar las explicaciones del guía. Lo que ocurría es que si no habías visitado la exposición es como si fueses el más ignorante de todo tu pueblo. Era como una obligación. Y para mí ir a ver aquella feria de sirenas, risas y pitidos no fue una experiencia con la belleza, fue una experiencia con el horror del caos

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  4. Yo personalmente creo que de toda la gente que hace cola y que sale en los vídeos, solo un pequeño porcentaje desea admirar la obra. Para la gran mayoría la visita tiene la misma importancia que el momento de meter la mano en la Bocca della Verità o echar la moneda en la Fontana di Trevi: una foto más en su álbum. Estas personas visitan Roma y el único museo al que van es el Vaticano. Es más, hacen horas de cola para pasar corriendo por las magníficas salas anteriores a la Capilla Sixtina y luego cepillarse los frescos de Miguel Ángel en tres minutos (no olvidemos que la seguridad de la sala te exhorta a no quedarte parado viendo la obra porque si todos lo hicieran el tapón sería de órdago). Y los que hacen esto no reparan en que Roma es mucho más que la Capilla Sixtina y que hay más y menos agobiantes museos para disfrutar del arte. Yo he estado cinco veces en la Capilla Sixtina y nunca he salido satisfecho de mi visita, sin embargo, regresaría cien veces a la Galleria Borghese (por cierto, con cupo de visitas)o al Palazzo Barberini (vacío de turistas). Otro ejemplo parecido podría ser el de mi última y desafortunada visita al Louvre. Coincidió con el único domingo de cada mes en que la entrada es gratuita. Bueno, allí faltaba que la gente sacara la mesita de picnic. La cantidad de turistas paseando por los pasillos viendo los cuadros como quien ve los cipreses de del parque del Retiro era descomunal, y la muchedumbre agolpada en torno a la Mona Lisa más bien parecía la cola para pagar en el McDonalds de la esquina. Es curioso, porque no es un problema del precio de la entrada (el Louvre era gratuito y los Museos Vaticanos son los más caros de Europa). Mi humilde opinión es que hoy en día hay que decir que has estado en -Roma, París, Nueva York-, o que has visto la -Capilla Sixtina, Mona Lisa, Estatua de la Libertad. Interesa la foto con el icono, pero no saber por qué lo es, para eso hay que ver y aprender más. Buff, demasiado esfuerzo, prefiero montarme en un Tourist Bus.

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  5. Yo visite la capilla Sistina por primera vez hará unos 35 años. En silencio, empapando de su grandiosidad, con autentico recogimiento.........hoy es como entrar en un mercado, Falta respeto en las masas.

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  6. Muy cierta tu perspectiva!

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  7. Yo la visité en el año 1981 y pude disfrutar esa maravilla, sentada en esos bancos inclinados hacia atrás que permitían que tus ojos recorrieran poco a poco cada uno de esos maravillosos frescos que Miguel Ángel plasmó en la bóveda del techo. ¡Un placer que no olvidare jamás! Según los comentarios encontrados aquí, por suerte no volví a visitarla.

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