sábado, 2 de julio de 2011

Mohamed


Lo primero que pensamos la noche que Mohamed llegó a casa fue el lío en el que nos habíamos metido. Uno niño de unos cinco o seis años, llegado de los campamentos de refugiados Saharauis de Tinduf, que no paraba de llorar y del que nos separaba la barrera del idioma, inconveniente que en aquel momento creímos infranqueable. Un par de horas después de conocernos seguía llorando, pero toda su angustia se desvaneció en el momento en el que le ofrecimos un vaso de agua al entrar en la que sería su habitación de aquel verano. Se tumbó en la cama, y a través de sus indicaciones con los brazos descubrimos que no quería que le dejásemos sólo allí.

Aquel verano desaparecieron nuestros compromisos individuales, las obligaciones inexcusables, y los horarios desiguales en las comidas. Y durante ocho semanas Mohamed fue uno más en la familia. Cuando a principios de septiembre, ya angustiados por la cercanía de su partida, nos dijeron que se quedaría diez días más, fue como si hubiésemos conquistado esa prórroga a un destino ya fijado, y decidimos apurarlos al máximo.

Mohamed se llevó ropa nueva, unos cuantos billetes aportados por todos los amigos y familiares y el deseo reforzado cada día mientras estuvo con nosotros de volver con su madre, su padre y sus hermanos. Pero nos dejó su recuerdo, que persiste en cada reunión de verano, y la realidad de que aquellas vacaciones estuvimos más unidos que nunca gracias a él, que no traía nada para darnos.

Hoy, tras estar diez años colaborando en la puesta en marcha de pequeños proyectos de desarrollo en las comunidades indígenas de Ecuador a través de la Asociación Santa Bárbara de Onda, descubro que me encuentro en una sociedad cambiante. Me encuentro en una sociedad que deseo intercultural, pero que ha cambiado en un proceso del que prácticamente no me he dado ni cuenta, de tan rápido como ha sido. Pero sí de sus consecuencias.

Ser voluntario, para mí, es una cuestión de egoísmo. Y de necesidad. De egoísmo porque indiscutiblemente al final de la injusticia siempre estamos nosotros. Esos que hoy consideramos como los otros un día próximo podemos ser nosotros y por eso debemos saber ponernos en su lugar y mirarnos a nosotros mismos desde fuera, ya que la injusticia que sufren siempre acabará por salpicarnos de un modo u otro. Y de necesidad, porque siento que tenemos la obligación de activar y ejercer la pequeña o gran parcela de poder que tenemos en nuestra vida para construir una sociedad en la que nos identifiquemos y de la que sintamos que todos formamos parte por igual a pesar de ser distintos.

Como afirmaba Hélder Câmara, cuando solo es uno el que sueña en algo, ese algo es una fascinación. Sin embargo cuando son muchos los que sueñan en lo mismo el sueño se convierte en una realidad. Y qué duda cabe que las realidades que disfrutamos hoy no son más que los sueños utópicos por los que lucharon aquellos que nos precedieron en su compromiso voluntario. Y qué deseo nos cabe si no mas que nuestras utopías dejen de ser sueños muy pronto…

5 comentarios:

  1. Hermoso lo que habéis hecho. Me siento orgullosa una vez más. Habéis experimentado y sentido la paternidad gracias a Mohamed. Gracias por seguir luchando por un mundo mejor para todos. Os admiro por lo que hacéis. Gracias a Clarisa por haberlos compartido conmigo como amigos. Esa chica, sí sabía elegirlos.
    Os quiero.
    Valeria

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  2. No sabía nada de vuestro hospedaje a Mohamed. Es un acto muy aplaudible. Por cierto, me ha encantado la foto.
    Besos.

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  3. Linda historia. Me encanta lo que haces y escribes en tu blog.

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  4. Genial Alfredo como siempre!!!

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  5. Una muy bonita historia,ojalá colaborara más gente!
    Un abrazo muy grande.

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