jueves, 21 de julio de 2011

Mestizaje cultural


Si el curso de los acontecimientos no se invierte bruscamente (y todo es posible) Europa asistirá a la negación de la idea del melting pot. Así pues, las culturas coexistirán como sucede en Nueva York, donde algunos grupos se han fundido entre ellos (como ha ocurrido entre italianos e irlandeses), mientras que otros se mantienen separados en barrios diferentes, hablando lenguas y practicando tradiciones distintas, pero coincidiendo todos en la base de algunas leyes y de una lengua vehicular común, el inglés, que cada uno habla de forma insuficiente. Y ningún racista, ningún reaccionario nostálgico, podrá impedirlo. Asistiremos pues al “mestizaje de culturas”.

Los fenómenos de inmigración pueden controlarse políticamente, limitarse, impulsarse, programarse o aceptarse. Pero no sucede lo mismo con las migraciones, suceden y nadie las puede controlar. En las migraciones no tiene importancia cuánta gente permanece en el territorio original, sino en qué medida los migrantes cambian la cultura del territorio al que han migrado. Estamos, pues, ante un fenómeno de “inmigración” cuando los inmigrantes aceptan en gran parte las costumbres del país al que emigran, y estamos ante una “migración” cuando los migrantes transforman la cultura del territorio al que migran.

Evidentemente, hoy en día, es difícil decir si ciertos fenómenos son de inmigración o de migración. Pero es obvio que el Tercer Mundo está llamando a la puerta de Europa. El problema no es ya decidir si se admitirá a alguien con chador o no, o si el minarete de una mezquita puede o no formar parte de nuestro paisaje cotidiano de campanarios, porque la evidencia es que vamos hacia una sociedad multirracial y multicultural que nadie ni nada debiera parar.

El problema, como afirma Umberto Eco en Cinco escritos morales, es que ante la pura animalidad sin pensamiento, el pensamiento se encuentra desalmado. La intolerancia, que tiene raíces biológicas -se manifiesta entre los animales como territorialidad, y de niños no soportamos lo que es diferente o desconocido-, acaba por ser el resultado de pulsiones irracionales. Y el problema es cuando esa intolerancia se instala y se convierte en doctrina, porque en ese momento ya es demasiado tarde para batirla, y los que debieran hacerlo se convierten en las primeras víctimas. La intolerancia salvaje se ataja pues de raíz, a través de una educación constante antes de que se convierta en una costra de conducta demasiado espesa y dura.

Porque, aunque los racistas deberían ser (en teoría) una raza en vías de extinción, la realidad es que esta situación de mestizaje de culturas puede llegar a la confrontación o al choque. ¿Acaso no existió un patricio romano que no conseguía soportar que se convirtieran en cives romani también los galos y que pudiera subir al trono imperial un africano, como al fin sucedió? La evidencia es que nos hemos olvidado de él, ha sido derrotado por la historia. La civilización romana era una civilización de mestizos. Los racistas dirán que por eso se disolvió, pero se necesitaron quinientos años, y es un lapso de tiempo que también lo suficientemente amplio como para hacer proyectos para el futuro.

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