domingo, 26 de junio de 2011

El poder del miedo


“La experiencia nos ha enseñado, como es evidente por las confesiones de todas aquellas a las que hicimos quemar, que frecuentemente las brujas no estaban dispuestas por propia voluntad a hacer brujerías (…), pero podía vérselas a menudo con la cara hinchada y lívida por los golpes y los latigazos dados por los demonios cuando no obedecían sus órdenes. Y de la misma manera, tras la confesión de sus culpas bajo tortura, estas brujas intentaban insistentemente quitarse la vida ahorcándose: esta afirmación se basa en nuestra experiencia”.

Entre los golpes de los demonios y la tortura de los inquisidores, el célebre Malleus Maleficarum de los dominicos, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, verdadero best seller desde 1487, describe con ingenua crueldad la situación sin salida de unas mujeres convertidas en chivos expiatorios de la comunidad. Curanderas, comadronas, preparadoras de filtros diversos, hechiceras sin llegar a la categoría de magas (la magia suele reservarse a los varones), fueron objeto de caza sistemática como brujas y aunque la creencia en hechizos y maleficios hunde sus raíces en periodos muy arcaicos, es a finales del siglo XV cuando se extiende paradójicamente el temor y la persecución; la imprenta contribuyó a difundir y a reforzar la imagen de las brujas a través de algunos tratados que recogen sus características, rituales y comportamiento. Además del Malleus Maleficarum –nueve ediciones antes de fin de siglo y continuas reediciones hasta finales del XVII-, hay otra serie de obras por las que cualquiera podía reconocer a una bruja y denunciarla. Así, los tribunales encargados de su represión no tenían más que aplicar el estereotipo establecido a los casos particulares y proceder a dictar sentencia sin necesidad de ulteriores averiguaciones.

La Inquisición fue el órgano encargado de la persecución de la brujería y de todas las desviaciones de la ortodoxia religiosa. Desde su fundación por Roma, en 1231, para eliminar la herejía cátara surgida en el sur de Francia, fue un instrumento al servicio de la política religiosa del Papa, utilizado también a veces por los príncipes europeos con fines seculares. En España, sin embargo, sólo se había conocido este tribunal en Aragón, donde extirpó los focos de cátaros y valdenses, contra los que se había creado. Pero en 1480 se establece un nuevo tribunal para velar por la pureza de la fe cuya labor se centró fundamentalmente en la represión de los conversos, descendientes de judíos bautizados en masa a finales del siglo XIV, siempre bajo sospecha de continuar practicando en secreto los ritos de su antigua religión. El rigor de los primeros años, que llevó a la muerte en la hoguera a unas 2.000 personas antes de 1490, marca para siempre la imagen de la Inquisición española. Pero no se trata de una excepción: antes y después de esa fecha, y sobre todo en las terribles guerras de religión europeas que se producen en el siglo XVI, la persecución de los discrepantes es general y en ningún lugar se ahorra crueldades.

Las inseguridades de la época, hambres, plagas, el temor a los avances de los turcos, refuerza la creencia en la acción demoníaca sobre el mundo y en un ejército de adoradores secretos a su servicio. Las personas que eran mental y emocionalmente más débiles y los grupos sospechosos de traición por su santiguas vinculaciones religiosas, o por su situación marginal, pagaron muchas veces con su vida lo que no eran más que alucinaciones colectivas creadas por el miedo y la inseguridad.

De todo ello fue víctima Selene, la partera injustamente acusada, perseguida y finalmente quemada en la hoguera por bruja que nos presenta Eugenia Rico en su última novela, recientemente reeditada en España. La escritora asturiana nos recuerda que todos nos sentimos malditos y perseguidos, acosados y oprimidos en algún momento de nuestra vida. Por eso, Aunque seamos malditas no es sólo una historia de mujeres, ni está anclada en el pasado. No es sólo una historia sobre el acoso en el trabajo y sobre la caza de brujas, sobre el amor y el deseo. Es una historia, en definitiva sobre gente que le han dicho cómo ser feliz y le han engañado y que, por eso, está conquistando la vida a su manera. Es una historia en la que nos demuestra que hoy en día no sólo las mujeres son las perseguidas y que las pequeñas persecuciones de todos los días, esas que todos hemos sufrido alguna vez, acaban causando víctimas como los grandes desastres de la historia.


2 comentarios:

  1. Las brujas del Siglo XV son almas cándidas comparadas con las actuales feminiprogres. El problema es que las actuales Pajines , Aídos y demás purrela, no están en la pira sino en el Tribunal de la peor Inquisición que han conocido los siglos: la Inquisición de lo Políticamente Correcto.

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  2. @Ramiro Semper: Creo entender que usted da por bueno el mito de que una bruja era un ser despreciable del que había que deshacerse, que las mujeres que usted cita son, consecuentemente, herederas de aquella abominable profesión que traía desgracias a los pueblos y ciudades. Creo entender que le fastidia el hecho de que no estén recluidas en su casa, haciendo la comida y esperando a su santo esposo. Creo entender también que si por usted fuera, las haría desaparecer de la faz de la tierra. Y se queja de que están al frente de una Inquisición, la de lo políticamente correcto. Yo no he de defender eso que usted llama así. Pero si la alternativa es quemar a aquellos que no piensan como yo, prefiero la corrección. Detecto cierta añoranza de la Inquisición, la clásica, la de siempre, esa que usted y yo sabemos. Si me equivoco en mi análisis, usted perdone. Si no, no le deseo ningún mal, ninguna pira, pues no soy quién para dictar sentencia sobre nadie. Tan sólo pienso que no habría llegado a tal conclusión sobre qué era y qué es una bruja -conclusión que percibo bastante llena de resquemor (por no decir odio), si se hubiese leído el libro de Eugenia Rico. Ese y unos pocos más, quizás.

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