martes, 24 de mayo de 2011

La vida misma


Por decirlo de la manera más elegante posible diré que mi vecino de abajo tiene un oído muy afinado. Le molesta sobremanera el ruido que hacen mis talones descalzos al ir de mi habitación a la cocina cuando al llegar a casa del trabajo, a las tres y media, voy a comer. Y por molestarle le irrita en grado sumo el tintineo de las uñas de mi perro cuando va del pasillo a su bebedero a medianoche. Por eso mi madre le está haciendo unos patucos a medida de hilo de angora que eviten sus desvelos.

Sin embargo, además de su superdesarrollada sensibilidad auditiva no sé nada más de él. Bueno sí, una cosa. Come a las tres de la tarde, tanto si llueve como si hace sol. No es que me haya invitado ni lo haya visto nunca, pero todos los días, al subir a casa y salir del ascensor, lo primero que llega a mí es el olor del plato del día, porque su aroma que alimenta invade todo el rellano.

Vivimos en un mundo extraño y paradójico. Las nuevas tecnologías han facilitado la comunicación y han convertido el mundo en una pequeña aldea global. Cada día, después de la siesta, me conecto por Skype con un amigo de un pueblo de la América profunda con el que práctico inglés mientras él me habla en español y por twitter tengo amigos a los que jamás he visto en persona que van contándome poco a poco su vida en frases de 140 caracteres. Sin embargo, y al mismo tiempo, no sé quien vive en el piso de debajo del mío.

Esta vorágine de soledad urbana, esta bárbara costumbre del desentendimiento crece cada día y devora más víctimas. No ha pasado todavía en mi finca, pero me sorprende descubrir una noticia en la prensa que afirma que el cuerpo de la antigua playmate Yvette Vickers, de 82 años, fue encontrado en su casa de California en estado de momificación ante la sorpresa de sus vecinos. Según informaron autoridades policiales el cuerpo de Vickers no presentaba rasgos de haber sido atacado o violentado y negaron que se tratara de un asesinato aunque les sorprendió su estado, pues según la policía podía llevar cerca de un año muerta como puede deducirse de la cantidad de correo que se apilaba en la entrada de su casa.

Lo peor de todo es que esas personas tienen familia, pero evidentemente debían estar bastante ocupadas en otros asuntos. Ahora que llega el verano, con el aire acondicionado dentro de mi casa hermética, ya no me entero ni siquiera del olor de lo que va a comer hoy mi vecino. Pero no hay problema, de ocurrirle algo, mientras en la cuenta del banco quede saldo con el que poder ir liquidando los pagos domiciliados seguramente nadie, absolutamente nadie, se dará cuenta.

Es una pena pensar que solo existimos para aquellos a los que debemos algo.

2 comentarios:

  1. Que pena...pero, así de real es todo lo que has escrito.
    Aunque me guste la intimidad que te proporciona la vida en ciudad, de vez en cuando echo de menos la comunicación "cara a cara" que es posible en los pueblos, en los cuales,de inmediato se enterarían si algún vecino no ha pasado por el horno a recoger el pan esa mañana y no tardarían en llamar a su puerta para cerciorarse de que se encuentra bien.

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  2. Son las desventajas de la globalización. Pero eso lo podemos cambiar, tratando de acercarnos más a los que nos rodean y no encerrándonos en nuestras casas como un bunker. Da tu el primer paso, aunque el vecino sea pesado e insoportable.

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