jueves, 19 de mayo de 2011

Ciudad con vistas


Hoy en día parece que ninguna ciudad podrá sentirse segura de sí misma hasta que no construya algo exclusivo y particular; hasta que no erija un símbolo que, a vista de pájaro, la coloque en el mapa; hasta que tenga el edificio que produzca la admiración de todo el mundo. Ninguna ciudad se sentirá ya tranquila mientras no logre levantar la titánica infraestructura, no siempre necesaria, con la que pasar a la posteridad y a mayor gloria de quien la encargó. Así, todos conocemos el afán por tener edificios-marca, hitos arquitectónicos y urbanos, y el afán por coleccionar iconos.

Es inevitable pensarlo tras visitar Liverpool. Quien conoció la ciudad antes de ser considerada Capital Europea de la Cultura el año 2008 no puede imaginar la envergadura de la asombrosa transformación en metrópoli cultural de una ciudad que languidecía debido a la espiral del desempleo y la falta de esperanzas junto al río Mersey. Finalmente venció el pragmatismo y la cultura fue la cuerda con la que Liverpool logró salir del pantano. Se promovieron espacios y actividades como la bienal de arte moderno, la visita gratuita a las galerías de arte, el teatro y la filarmónica, que la convirtieron en la ciudad del Reino Unido con mayor oferta cultural. Esto llamó a inversores privados y llegó la ayuda de la Unión Europea y de Londres. Así fue como los Liver Birds, símbolo de la ciudad durante más de 800 años, dejaron de señalar épocas de quebrantos para transformarse en señores de los cielos y se enseñorean en el nuevo lugar de recreo para turistas, el reconstruido barrio del puerto junto al Albert Dock. Ahora, al lado del flamante edificio de conciertos y deportes, la Tate Liverpool, filial de la Tate Londres invita a visitarlo. En el Museo Marino de Merseyside, cobra vida la historia de la navegación y el Museo Internacional de la Esclavitud impresiona al conocer la historia del tráfico transatlántico de esclavos entre África y América, en el que Liverpool fue la más importante ciudad de tránsito. Y el próximo 19 de julio se inaugurará el Museum of Liverpool, el museo nacional más grande de nueva construcción en Gran Bretaña desde hace más de un siglo.

Pero toda esta fascinación se desvanece ya en casa. Volviendo de visitar a unos amigos en Zaragoza pasamos frente al Pabellón-Puente, un hito sin parangón en la ingeniería española. El ponte Vecchio del siglo XXI. Este cadáver exquisito de decenas de millones de euros de Zaha Hadid, permanece cerrado desde que terminó la Expo el año 2008. Un gladiolo de 270 metros, impresionante e innovador, tendido sobre el Ebro que alojaba en su interior salas de exposición sobre la gestión sostenible del agua que ahora es, curiosamente, insostenible. Nada que ver, a pesar de todo, con el desolador paisaje lunar que pudimos observar en La Isla de la Cartuja en Sevilla. Un milagro del año 1992. Una apoteosis de infraestructuras sin límite de presupuesto que habían quedado sin sentido y víctima en muchos casos del abandono, el olvido y el vandalismo en una ciudad que se marca como objetivo organizar unos Juegos Olímpicos.

Escenarios solemnes realizados por arquitectos estrellas que centran toda la atención de los medios, ante los que nos sentimos maravillados e insignificantes. Pero también en algunos casos mucha belleza de temporada, caduca y efímera que no pasará a los anales de la memoria por haber marcado un hito en la historia de la renovación urbanística de su entorno. Pero sí en la de sus balances contables.



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