jueves, 21 de abril de 2011

El delicioso sabor de la basura

Nuestra sociedad capitalista, a pesar de ser la sociedad del excedente, del despilfarro y del derroche, era también la sociedad que soñaba con un reciclaje completo de los desperdicios, con una recuperación exhaustiva de lo desgastado, con un aprovechamiento íntegro de los residuos. Pero la cuestión es que ninguna otra forma de sociedad anterior o exterior a la moderna ha producido basuras en una cantidad, calidad y velocidad comparables a las de las nuestras, donde ha llegado a convertirse en una amenaza para la propia sociedad.

De hecho, si es el volumen de la basura generada lo que demuestra nuestra riqueza, también es esa enorme proporción de desechos cuyo reciclaje no puede abandonarse en manos de procesos espontáneos o naturales la razón por la que necesitamos de vertederos y escombreras donde poder quitarlas de en medio para seguir viviendo, el lugar donde poder trasladarla con la esperanza de que allí pueda desaparecer, reciclarse y extinguirse.

Pero la modernidad tiene fallos y produce basura en forma de monstruos, prodigios y excepciones sin destino, sin porvenir, ni finalidad, que no parecen ser biodegradables y cuya radioactividad impregna a nuestra sociedad de un modo mucho más dañino que la radiación de Fukushima: la tele-basura. Ayer por la noche, ya de madrugada, haciendo zapping fui a dar con uno de estos programas. No buscaba nada en especial y me quedé mirándolo entre la curiosidad y la desgana. Dos horas después me di cuenta que había sido anulado y abducido viendo las opiniones idiotizantes y empobrecedoras de unos “supuestos” periodistas que me escandalizaban con sus inquietantes comentarios y opiniones sobre terceros, de un modo absolutamente despreciable y carente de juicio y razón. Tele-basura en esencia, periodismo retroalimentado de su propia destrucción convertida en carburante.

El punto final de mi noche fue el momento en el que decidí, no sin dificultad, cambiar de canal porque llegué a pensar que esa basura acabaría devorándome. Justo en el momento en el que como aquellos “supuestos” periodistas empecé a temer que moriría asfixiado entre los desperdicios generados por el enorme estercolero irrespirable en el que se han convertido ciertos platós televisivos.

Lo curioso de todo esto es que esos espacios acogen cada vez a más gente que, desde uno y otro lado de la pantalla, ya no se siente extraña y anda por allí con familiaridad, sintiéndose en su casa. Como ciertos animales en el vertedero ellos han encontrado allí su lugar de residencia y han dejado de ser conscientes de la pestilencia que les rodea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario