lunes, 3 de octubre de 2011

Aguirre, el magnífico


Al igual que parece ser que le ocurrió a la propia Duquesa de Alba, cuando llegó a mis manos el libro Aguirre, el magnífico, del castellonense Manuel Vicent, sentí una gran curiosidad por conocer, no sin cierto regusto a cotilleo, la vida de su, hasta ahora, último marido. Pero Jesús Aguirre también le sirve a Manuel Vicent para mostrar con humor e ironía una crónica diferente de las generaciones que ocuparon la vida política y social desde el principio de la dictadura hasta el inicio de nuestro siglo, como si tratara de una novela de ficción; cincuenta años de la España que va desde el final de la Guerra Civil a la Democracia, con sus héroes y villanos. Una "España un poco esperpéntica que Aguirre anima", ya que era alguien que "tenía todas las connotaciones para ser un gran personaje de novela, afirma el autor.

Así, nos descubre a Jesús Aguirre, un hijo de madre soltera que creció en Santander entre misas, procesiones, concentraciones de Acción Católica y campamentos del Frente de Juventudes. Magnífico estudiante con un bagaje cultural y filosófico muy superior al de la inmensa mayoría de los españoles de su tiempo, que viajó a Alemania, tras su paso por el seminario de Comillas, para estudiar teología, donde conoció al entonces profesor Joseph Ratzinger, actual papa Benedicto XVI y se empapó de la ideas de Theodor W. Adorno, Martin Heidegger o Walter Benjamin.

Convertido en cura siempre estuvo acompañado en parte de una mentalidad marxista que no acabó de encajar con los ideales de la iglesia. Pero colgó el hábito para pasar al frente de la editorial Taurus, desde donde incorporó a la bibliografía española a los protagonistas más destacados de la Escuela de Frankfurt; al tiempo que, como hizo con Fernando Savater, concedió su primera oportunidad a algunos de los más importantes pensadores españoles actuales. Pero además fue Director General de Música, conferenciante, escritor y columnista, miembro de varias Academias, y sobre todo, desde el 16 de marzo de 1978, decimoctavo Duque de Alba, uno de los últimos movimientos de un proceso que culminaría el día de su muerte al ser enterrado en el panteón de la Casa de Alba en el convento de las madres dominicas en Loeches. “Allí -como señala Manuel Vicent- consiguió escalar finalmente el héroe un gran sarcófago de mármol por cuya conquista luchó toda su vida”.

El “Aguirre, el magnífico” de Manuel Vicent

Manuel Vicent, testigo privilegiado y amigo personal de Jesús Aguirre, tal y como recuerda al comienzo del libro al relatar el episodio en el que ya siendo Duque de Alba lo eligió como su biógrafo ante el Rey, demuestra una extraordinaria capacidad para narrar lo visto con ironía pero desde el distanciamiento. Lo retrata implacablemente pero a la vez reconociendo su genio y figura, situándolo por encima del bien y del mal. De este modo esboza, con amenidad y acierto, el perfil de este esnob inteligente, algo dandy, provocador y diletante pero también culto, muy inteligente, divertido y folletinesco que era Jesús Aguirre. Se apiada del amigo, pero se burla del duque hasta el sarcasmo, contándolo todo con un barniz literario, y siempre según "la primera regla del arte, que es saber detenerse a tiempo".

El autor afirma que contar la vida de Aguirre no era una tarea fácil porque "en el fondo era un hombre muy hermético que nunca acabó de mostrar sus sentimientos", "un artista a la hora de enmascarar su pasado y también su ambición". Alguien que tuvo la habilidad suficiente como para ir mudando de disfraces en su existencia sin delatarse. Alguien capaz de ser aceptado y venerado por todas las elites del país, desde la aristocrática hasta la intelectual. Estamos ante alguien que, en palabras de Vicent, emprendió a lo largo de su vida una continua "huida de sí mismo", pero "siempre hacia arriba", "no ambicionaba dinero ni riquezas temporales", sino que "a grosso modo huía de un pasado oscuro que no aceptó para regenerarse socialmente dejando atrás tierra quemada", sin importarle "cerrar puertas, cambiando de amigos, de rico en rico". Alguien, en definitiva, que va a pasar de la condición de hijo de soltera -nefasta en la España franquista- , para terminar dando un braguetazo sonado con la Duquesa de Alba.

Para ello realiza un retrato intermitente de su vida compuesto de cuadros de diferentes momentos en el que no escatima en anécdotas retratándolo, primorosamente en un libro donde brilla el lirismo soberbio de Manuel Vicent, su prosa virtuosa, casi poética. Un libro hermoso y cínico, metafórico, relator de una época, retrato de un tiempo de España en tono descreído y burlón del que todos formamos parte ya en cierto modo.

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