martes, 15 de febrero de 2011

¿Arte o vandalismo?


La relación de las ciudades con los grafiteros pasa pronto del amor al odio. Si sus trabajos han logrado llegar a ser aceptados y a formar parte de rutas turísticas, también es cierto que no deja de ser curioso que estos artistas sean perseguidos por inscribir sus creaciones en espacios públicos y que las multas por hacerlos sigan constituyendo la otra cara de la moneda.

El arte urbano tiene que ver con la conquista del espacio callejero, la necesidad de apoderarse de un entorno que nos ha sido robado por la publicidad, las marcas y el mobiliario urbano, es decir por la creciente privatización del espacio público. El artista del graffiti se resiste a la colonización intensiva de estos lugares por parte del capital privado, a la vez que revela constantemente que es el espacio mismo el que está siendo transformado en una mercancía sobre la que no se puede operar sin permiso de sus dueños.

Para realizar sus reivindicaciones utiliza elementos tan rústicos como el spray. Pero precisamente por esto los espectadores consideran a los integrantes de este movimiento como simples degenerados, enemigos del orden y la limpieza. De hecho, una ciudad como Nueva York, en los años 70 gastaba 10 millones de dólares en eliminar de todo tipo de superficies los tags con los que miles de jóvenes querían dejar constancia de su presencia en la ciudad. En la actualidad, esa cifra se ha multiplicado, pero ese notable esfuerzo económico no logra borrar una huella que ni siquiera a estas alturas sabemos si debemos considerar arte o vandalismo. ¿Hay que proteger los edificios cuyas paredes han desaparecido bajo el reino de la pintura o, por el contrario, es necesario someternos al imperio del disolvente que les devuelva la limpieza y la homogeneidad?

La realidad es que el grafiti sigue teniendo muchas cosas que decir y ha demostrado ser mucho más que una moda surgida en los años sesenta, cuando se convirtió en un movimiento con sus propias normas y motivaciones. Sin embargo, han pasado los años y seguimos en el mismo punto o en el mismo instante de fascinación y desconcierto ante el grafiti. Y aunque los grafiteros todavía viven anclados en la idea de la mitología del proscrito urbano, la realidad es que todo cambió desde que un tal Banksy, jugando al escondite del anonimato, se hizo famoso por sus plantillas en el Londres de finales de los años ochenta, optando por la rama más política del arte urbano. Banksy crea un arte en constante interacción con la sociedad, como demuestra el hecho de que llegase a colgar sus propios cuadros en prestigiosas galerías, sumiendo al visitante en el desconcierto; que instalase en el parque Disneyland de California un muñeco inflable con el overol naranja y la capucha de los prisioneros de Guantánamo; o que colase en el mercado del arte una de sus obras para ser vendida por cifras millonarias, lo que provocó el nacimiento de un mito sobre el que se escribe no sólo en periódicos como fenómeno de masas, sino también en las revistas de arte.

Los grafiteros de los años 70 sí que revolucionaron algo. Los actuales, en muchos casos se han instalado en el establishment, de modo que la situación del street-art hoy en día tiene pocas diferencias con lo que se vive en otras manifestaciones artísticas. La fe en el grafiti parece haberse perdido, aunque su mítica resulte sumamente ventajosa para el mercado más fashion, para el mundo del cine o el mercado editorial de alto postín. Lo que en otros tiempos se consideraba transgresor es vigilado ahora por los grandes agentes del mercado.

Banksy, al que nadie pone cara, dirige el interesante documental Exit though the gift shop, pensado para mayor gloria de colegas y protagonizado por algunos de los grafiteros más mediáticos de todos los tiempos, permitiéndonos descubrir que son mucho más que una banda nocturna que recorre las calles armados con sus botes de pintura manchando paredes. Pero también para poner en evidencia la volatilidad del mercado del arte y cómo este puede ser manipulado a voluntad si uno conoce las teclas correctas.


Mientras esto ocurre, los grafiteros que siguen viviendo al margen continúan buscando paredes blancas en espacios que no molesten donde recuperar el espacio callejero y mostrar lo que consideran arte, aunque deban hacerlo siempre con un ojo delante y otro detrás, atentos a los coches patrulla. Y lo curioso es que el interesante trabajo de estos artistas, que plasma su visión del mundo y de la sociedad en la que vivimos, desaparecerá pocos días después gracias a las diligentes brigadas municipales que dejarán los muros impecables para que el bochornoso y complaciente arte institucional, que lenta pero inexorablemente va invadiéndolo todo, pueda lucir el vacío de su contenido sobre un impoluto fondo blanco.

Efectivamente. De momento, la pregunta sigue sin respuesta.






8 comentarios:

  1. Daniel Payá

    Banksy arte, por supuesto

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  2. Puede ser ambas cosas, arte y vandalismo. Depende de las circunstancias.

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  3. Nos comen el coco con la idea de que vivimos en democracia, una idea falsa en todos los aspectos. Si nos retomamos a las acciones de Banksy, del cual lo podríamos incluir entre el grupo de los grafiteros, deberíamos decir que son puras acciones de libertad de expresión. Sí, libertad de expresión. ¿Qué quiere decir eso de libertada de expresión? En realidad, la podríamos definir como el derecho -y deber- que tenemos los humanos a poder hacer aquello que pensamos -dentro de unos límites, siempre y cuando no prive a nuestros iguales de desarrollarla-, lo que opinamos. Una canción protesta por los derechos de la mujer, por la pobreza, un manifiesto por una lengua en proceso de aculturación o discriminada, etc. ¿Es posible esto? Sí, claro, no ataca ningún tipo de libertad y, menos, a la de expresión. Pero, ¿no son, a veces, censurados? ¿Es esto democracia? -yo todavía no he visto un cartel que ponga "democracia"-.

    Para no hacerlo muy largo... Banksy es totalmente libre de poder expresar lo que piensa, ya sea por grafitis, por cuadros, por música, por blog o tocándose la nariz. No priva a nadie de su misma libertad. ¿Cuál es el tema, entonces? Los políticos -o secta de cazurros dominantes (del latín: "dominatum maximum cazurrum sectum")-. ¿qué le viene bien a un político -o a más-? Que su pueblo sea lo más ignorante/analfabeto posible para poderlo timar con la demagogia y siempre salir ganando. ¿Qué pasa cuando una persona de ese pueblo no es ignorante -Banksy-? Se lo intentan cargar -a veces, lo consiguen-.

    Por eso, Banksy hace algo mal. Sí, no le sigue el rollo a sus políticos, por eso, debe de dejar de hacer grafitis con sentido social/político (ironía).

    No sé si me he explicado...

    Buen artículo! ^^

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  4. Modificando lo del latín: "Dominata maxima cazurrorum secta" (que se diga que doy latín! Aunque sea pura ironía y que me haya inventado las palabras, haha).

    Saludos ^^

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  5. luisutopia
    Arte, sin ningún género de dudas

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  6. Lo que hace Banksy salta a la vista, por mínima sensibilidad que se tenga, que es arte.
    Él lleva además la aureola del incógnito, que también ayuda a que se le nombre.
    Tengo un libro sobre el artista, aunque no he llegado a ver el reciente documental.
    Pero hay gente, sin ser Banksy, que hace también obras elogiables, esparciendo por las ciudades toques de humanización artística. A mí es que me encantan los murales callejeros creativos, las estatuas humanas, los músicos con su perrillo...
    Lo que me subleva es ver un edificio antiguo, de piedra, recién restaurado, pintarrajeado vandálicamente. O el mobiliario urbano, las señales de tráfico, las mamparas antirruido de las carreteras... estúpidamente ensuciadas.
    Yo creo que tienen poca autoestima esas personas que necesitan afianzarse en sí mismas, al amparo de la oscuridad, dejando su firma (algunas preciosas, todo hay que decirlo...) en unos bancos de mármol recién estrenados en un parque, o en un panel informativo urbano, por poner dos ejemplos.

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  7. Hay verdaderos artistas del graffiti, ¿cómo se les puede llamar vándalos? Deberian acondicionar paredes y murales para que los graffiteros pudieran expresar su creatividad. No hace falta referirse a Banksy, hay graffiteros anónimos que no t ...iene nada que envidiar a artistas de prestigio.
    Por supuesto que antepongo el spray al disolvente. A las calles les falta color.

    Pili Collado

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  8. Al final todo el arte se mueve en una delgada línea fronteriza y así lo ve Banksy que hila muy fino.

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