sábado, 4 de diciembre de 2010

Somos lo que comemos


Hace unos días me organizaron una comida sorpresa para celebrar mi cuarenta aniversario. Fue algo tan inesperado que casi logra que la emoción pudiese conmigo.

Al salir del restaurante, creyendo que todo había acabado, y con esa sensación que se siente cuando todo ha sido perfecto, propuse ir al cine por la noche. La idea fue enseguida aceptada pero con la condición de ir a unos cines nuevos para ver una película iraní en versión original subtitulada de Abbas Kiarostami. Y aunque por un momento pensé que me la iba a dormir, no puse objeción alguna. Ir a dormir al cine era mi manera inconsciente de dar las gracias.

Del mismo modo que los desconfiados ven fantasmas por todas partes y oscuras intenciones a la mínima, cuando actúas de buena fe y no te dejas dominar por estos bajos instintos todo te parece de lo más normal y hasta lógico. Así que no me extrañó que para ir al cine tuviésemos que dejar atrás la ciudad, saltar las vallas para atravesar una autovía, y adentrarnos por un camino de tierra entre cercas por las que se veían las olas del mar a pocos metros. Ni siquiera me sorprendió que al fondo se viese una enorme carpa iluminada que según me dijeron era el moderno centro comercial con multisalas al que íbamos.

Para rematarlo, y en el colmo de la inconsciencia, me subió la moral ver que una marea humana se dirigía hacia aquel lugar, cruzando todos peligrosamente la autovía. Me parecía increíble que una programación de filmoteca fuese capaz de seducir a tanta gente como se veía allí.

Es por eso que cuando en el último giro del camino llegamos a la carpa el mentón se me cayó al suelo cuando vi un gigantesco letrero luminoso en el que ponía Varekai. ¿Cómo fue posible que no me hubiese dado cuenta que aquella carpa era un circo? Increíble.

En mi infancia de pueblo de provincias de los años 70 no hubo circos, así que de repente y sin esperarlo me encontré por primera vez en mi vida a punto de disfrutar del “mayor espectáculo del mundo”. Y desde lo más profundo de un bosque mágico, en la cima de un volcán, empezó a aparecer un mundo extraordinario, un mundo en el que todo fue posible. Un universo caleidoscópico habitado por criaturas fantásticas que querían enseñarle a Ícaro que se podía volver a volar después de caer del cielo por haberse acercado demasiado al sol.

Me había hecho la imagen de los circos como lugares decadentes en los que los elefantes son obligados a actuar mientras esperan encadenados y apretados en camiones insalubres y la de los domadores con el látigo obligando a los leones a realizar números sin sentido y forzados a pasar la mayor parte de su vida en pequeñas jaulas. Además, nunca le he encontrado la gracia a ver osos balanceándose en pelotas, monos en motocicleta, o elefantes a dos patas.

Pero nada de todo eso apareció aquí. Aquí quedó evidente que la tradición no es más que una convención, y que las convenciones tienen la vida que queramos darle. Aquí quedó claro que aferrarnos a la tradición para mantener algo es la razón esgrimida por los que no tienen argumentos. Y en Varekai queda manifiesto que cuando la tradición se adapta y se pone al servicio del signo de los tiempos puede surgir algo maravilloso. Varekai incita a los sentidos y evoca las emociones a través de un repertorio de estilos circenses provenientes de todo el mundo que crean una mezcla entre el circo de equilibristas y malabaristas tradicional con otras artes plásticas, la música y la danza. Cada número es más impactante que el anterior, se mezclan de manera equilibrada las actuaciones de mayor intensidad con las más poéticas e incluso con agradecidos momentos de humor. La explosión de energía llega por la combinación de las acrobacias, la música, los decorados, el vestuario... en lo que es todo un tributo a la multiculturalidad.

Me comentaban hace unos días que cuando alguien no vive, o cierra en falso, una época determinada de su vida, por la razón que sea, ese período vital y lo que debió haber hecho en él, le acompañarán toda su vida. Nunca tuve la oportunidad de ir al circo, por que no había, o porque era muy caro. Por eso, la noche que cumplí cuarenta años me sentí como si fuese un niño de cuatro, sorprendido ante tal espectáculo. Y espero que esta capacidad de sorpresa no me abandone jamás por más veces que sea capaz de ver de nuevo un espectáculo como este.

Aunque también es posible que los del circo no lo tengan tan fácil como los de la plaza de toros portátil o que cuando vengan para instalar su carpa no puedan llegar hasta la plaza del pueblo porque las calles estarán cortadas por las barreras de las sempiternas corridas de vaquillas, que consumen todas las energías, tiempo y recursos y que ya en mi infancia me dieron a entender que fuera de eso la cultura o el ocio era el más gigantesco erial.

Somos lo que comemos.



4 comentarios:

  1. Primero: felicidades por tu reciente cumpleaños. "Los 40 son la madurez de la juventud; los 50, la juventud de la madurez". Eso dijo, al menos, Víctor Hugo...
    Segundo: felicidades también por tu estreno como espectador circense con el fascinante Circo del Sol. Yo vi uno de sus espectáculos, hace pocos años, y salí de la carpa maravillado.
    Guardo, sin embargo, gratísimos recuerdos de aquellos circos, la mayoría pequeños y muy humildes, a los que yo asistía en mi niñez. Podría contarte un montón de sensaciones y anécdotas.

    ResponderEliminar
  2. El Circo del Sol es una maravilla...Lo adoro :) Qué deliciosa manera de iniciar un nuevo año! Felicidades!

    PaulaMoro

    ResponderEliminar
  3. Qué foto más chula, y el blog muy bueno
    beso
    Eugenia

    ResponderEliminar
  4. Feliz Cumpleaños Alfredo, nunca es tarde para soñar! Como dice Joan Manuel Serrat, para construir un bello sueño, lo primero que es necesario es estar despierto. Un abrazo

    ResponderEliminar