sábado, 11 de diciembre de 2010

Cosas que pasan


Hay ciudades cuyo nombre atraviesa la historia. Hay ciudades que al nombrarlas nos sugieren una fascinación lejana. Hay ciudades que al ser contadas por viajeros que las soñaron un día han logrado alcanzar para nosotros la condición de prodigiosas. Hay ciudades que están vinculadas a la leyenda de las personas que vivieron en ellas o han quedado marcadas para siempre por lo que han significado en algún momento de la historia.

Y por eso emprendemos viajes que pensamos inolvidables. Como el que Víctor y yo hicimos a Viena hace ya algunos años, cuando los viajes todavía no se organizaban por Internet.

Si es cierto que no existe, como decía Goethe, ninguna gema más grande en la corona heráldica de la tierra, ni existe ningún lugar que presente un aspecto más grandioso e imponente que la capital de Bohemia, tampoco se queda corta la leyenda al afirmar que Viena es la meta del viaje. Por eso en nuestro itinerario llegamos desde Praga a la otrora capital del imperio austrohúngaro.

Un chófer nos esperaba en la estación de tren para llevarnos al hotel. Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando tras saludarnos nos indicó que era justo el edificio de enfrente y que sólo había que cruzar la calle. Por supuesto, y como no éramos los emperadores, le dijimos que haríamos el trayecto a pie, a lo que él se opuso tajantemente ya que si no lo hacía no le iban a abonar la carrera de taxi mejor pagada de la historia.

Quiso además el verano de 2004 ser el más caluroso de cuantos se recordaban en aquella ciudad no habituada a los aires acondicionados, por lo que al llegar la noche decidimos abrir de par en par las ventanas de nuestra habitación del primer piso, con vistas directas al reloj de la estación. Y descubrimos que a escasos centímetros un gran semáforo regulaba el tráfico de una vía rápida de cinco carriles. Así que la noche transcurrió entre el sonido del reloj, puntualmente cada hora, y el de los frenazos de los coches ante el semáforo en rojo cada tres minutos, para acelerar pocos segundos después al cambiar a verde. Sí. Aquella noche vienesa tornó los valses en rallies y no pudimos dormir.

Pero llegó la mañana y la expectativa de ver los dibujos de Durero en la Albertina, uno de los motivos principales de aquel viaje, calmó nuestros ánimos, que antojo del destino volvieron a verse truncados al descubrir que el museo estaba cerrado por reformas y solo se podía visitar una exposición temporal de las mejores obras que resultaron ser simples reproducciones en color con la explicaciones en alemán. Después de esto nada fue igual, ni Sissi, ni la tarta sácher consiguieron endulzarme un poco aquellos días.

Ha venido este viaje a mi memoria mientras leo “Cosas que pasan” de Luis Goytisolo, donde afirma que a veces el malestar que generan determinadas situaciones mientras visitamos una ciudad idealizada acaba por convertir el viaje en deprimente y lo hace extensivo a la visión que tenemos de ella, lo cual provocará que nunca nos lleguemos a sentir a gusto en el lugar con todo y apreciar sus indudables atractivos.

La contradicción aparece al descubrir que soy el único al que no le gusta Viena. Una ciudad en la que, tal y como dicen las guías, se respira arte, historia y música en cada esquina. Y en la que, además, como se encargan de recordarme insistentemente todos mis amigos y conocidos que la han visitado después de que yo estuviese allí, hace un tiempo de maravilla.

Probablemente ha llegado el momento de regresar a esta ciudad en la que no fui feliz.


Imagen de arriba: Durero, Albrecht: Ala de una carraca. 1512. Acuarela y gouache sobre vitela. 20 x 20 cm. Graphische Sammlung Albertina, Viena

4 comentarios:

  1. Una vez, no recuerdo si fue en Twitter, escribí que no era aconsejable volver al sitio donde fuimos felices, para así preservar el buen recuerdo, y que era conveniente, en cambio, regresar al lugar donde estuvimos fastidiados, para así darle una segunda oportunidad.
    No te tomes mis palabras al pie de la letra, pues no me acabo de creer del todo lo que dije: en realidad, he repetido visitas que han resultado tan gratificantes como la primera o anteriores, y no he vuelto a pisar lugares de los que salí huyendo...
    Pero el nuevo viaje a Viena sí has de hacerlo. En el caso de esa ciudad, defiendo abiertamente lo que expresé en aquella frase: Viena se merece otra oportunidad.

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  2. Esas cosas pasan y seguirán pasando...
    Sigo pensando que depende mucho del momento y no del lugar.
    Yo he visitado Dublín en muchas ocasiones y no siempre me ha parecido esa ciudad llena de vida que fue mi hogar durante varios años. Pero como sigo teniendo razones para regresar a la ciudad del liffey, como pueden ser los amigos que siguen allí y tomar una deliciosa "pint of guinness", seguiré yendo, aún sabiendo que nunca será igual.

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  3. A Clarisa le encantó. Yo no la conozco pero me parece que en tu lugar le daría una segunda oportunidad, ya que se cuentan maravillas sobre ella. Además hay que visitar ese museo.
    Cada persona tiene vivencias diferentes de una ciudad,lo cual depende de muchas cosas, expectativas, gustos personales, clima, cultura y como haya transcurrido tu aventura. A veces nos puede ir mal también en lo que consideramos EL PARAÍSO. Un viaje es siempre una aventura.

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  4. Maravillosa Viena... Yo también he de volver... y navegar el Danubio con Las Crónicas vienesas de Joseph Roth entre mis manos...

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