domingo, 24 de octubre de 2010

Atención: ¡la estrella ha llegado!


Hace años, cuando empezaba a trabajar, uno de los conferenciantes a los que había invitado me llamó varias veces para que tuviese en cuenta ciertos detalles de su alojamiento y desplazamiento que debía cumplir, porque para él era fundamental que así fuese. Siempre me habían llamado la atención las exigencias de las estrellas del firmamento musical internacional a la hora de actuar y por eso aquella situación me parecía entrañablemente anecdótica.

Al terminar la actividad con el público, y tras obtener su aprobación al cumplimiento de sus deseos, me pidió ir a tomar una copa y cuál no sería mi sorpresa cuando nada más servirnos lo que íbamos a beber me dijo:

-Dime a quién tienes pensado invitar en el futuro y te diré todas sus manías. Para que vayas sobre aviso.

A mí me resultó gracioso, pero a la vez me di cuenta de que aquella era una fuente de información de primera mano, gracias a la que podía enterarme de los problemas que algún autor podría plantearme. Porque lo deseos de un invitado, que duda cabe, se pueden convertir en problemas, sobre todo a la hora de recoger la factura que genera satisfacerlo.

Nuestro imaginario invitado real puso en su sitio a cantantes, escritores, periodistas y demás agentes del panorama cultural, de modo que llegó un momento en el que le planteé que la relación del invitado con el programador cultural y la institución para la que lo hace no puede ser desigual, ya que ambos debieran estar en una situación de mutua colaboración. Del mismo modo que un periódico, una emisora de radio, un centro cultural necesitan de ellos para poder realizar sus propuestas, le preguntaba que se plantease la situación en la que quedaba un creador si ninguno de esos medios le prestase su espacio para difundir, divulgar, y dar a conocer su trabajo. Su respuesta fue tajante y cortante:

-Vuestra obligación es complacernos. Y unilateralmente dio por concluida en aquel punto la conversación.

Hace poco una de las asistentes de uno de estos invitados me decía que la principal razón de su agotamiento se debía al hecho de estar todo el tiempo lidiando con egos inflamados. Cuando llegó la persona asistida, desde el primer momento percibí que algo estaba fallando. Y realmente no había motivo, porque uno ya sabe cuándo hay algo que no has hecho como es debido.

No es necesario entrar en detalles, pero hoy esta entrada es para plantear una pregunta a quien la lea, porque para mí es un dilema al que no paro de dar más y más vueltas sin lograr encontrar una solución satisfactoria para todos: ¿Es necesario comulgar con ruedas de molino de tamaño súper XXL en beneficio del público que asistirá a una actividad cultural o llegado a un determinado momento hay que saber poner un punto y aparte, sacrificar un resultado puntual y decir “lo siento, no es posible”?¿Es justificable tanto esfuerzo y dedicación a alguien cuya respuesta es su desgana, si el resultado con el público en un momento dado es satisfactorio?¿Merecen entonces la pena nuestros esfuerzos?¿Tantos medios dispuestos justifican un fin?¿Pueden considerarse determinadas personas tan imprescindibles como para permitirse el lujo de pretender que les tratemos como si perteneciesen a una categoría especial en la que todo les está permitido y disculpado…?

12 comentarios:

  1. La estrella exige porque sabe que va a ser complacida, y quienes complacen transigen porque saben que la estrella genera público y dinero: es el sistema lamentablemente imperante.
    Tu trabajo es muy atractivo, y pienso que estás muy bien preparado para desempeñarlo. No te desazones.
    Deduzco que los quebraderos de cabeza te surgen cuando la estrella (en el terreno que sea) cree que por ser antojadiza y fatua va a demostrar más su valía.
    Para mí, quien verdaderamente vale es también humilde, por saber reconocer todo lo que le queda aún por conseguir, y no necesita de caprichosas excentricidades para gozar de un reconocimiento.
    Con esta premisa, si yo hiciera tu trabajo, me sería muy enojoso hacer tratos con celebridades que, en el fondo y en muchos casos, son más de oropel que de otra cosa.
    Yo procuraría evitarlas, si no del todo, porque a veces no se puede, al menos dentro de lo posible, y miraría hacia esa otra magnífica gente que hay por ahí, en cualquier profesión, sencilla y nada diva, idónea para un público inteligente.
    Muy probablemente es lo que haces tú...

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  2. Habría que plantear varios puntos de vista: el del programador y el de la estrella. Empecemos por el principio: la estrella sabe que es atractiva al público y exige que se le trate como tal por su poder de convocatoria. Ahora bien, el sistema de estrellas coloca a veces en la misma balanza de atracción popular a un triunfito en boga que a Bette Davis. No es extraño que una glamurosa estrella en decadencia exija excentricidades para sentirse menos insegura, pero tampoco lo es que un escritor mediocre se crea en necesidad de exigir una limusina para chantajear al programador y sentirse admirado o amenazar con no acudir. Normalmente, cuanto mayor calidad humana tiene el invitado, menos problemas ocasiona, pero esto escapa de la percepción del público. Si la estrella recibe un pago, está haciendo un trabajo tan digno como el del programador y si no quiere acudir es mejor dejarle en casa porque sólo será el principio de un interminable dolor de cabeza. Una cosa es un programador y otra un psicólogo de urgencia.

    Ahora bien, también depende que el programador tenga la curiosidad de saber cómo es esa persona, de ofrecerla al público para que disfrute con su presencia, y en ese caso no hay más que agarrar el traje de geisha y acudir sumiso a complacer cualquier capricho.

    Yo he recibido a personajes que pedían por favor en maquillaje un poco de colirio porque tenían los ojos rojos como sandías y como nadie les hacía caso he bajado yo mismo a buscarlo a una farmacia. También a otros que llegaban tarde después de montar un pollo con el taxista y su entrevista tampoco merecía el esfuerzo de escuchar sus quejas injustificadas.

    Alguna vez hay que darse el gusto de decir a la estrella que no te interesa invitarla con las condiciones que pone y te evitas cualquier desagradable confusión. Además ya inculcas en su mente la idea de que el mundo no gira alrededor de ellos. Eso permite al universo quedarnos con sus películas, sus novelas, sus actuaciones y no tener que llevarnos la desagradable desilusión de conocer cómo son en la realidad. Al fin y al cabo, el arte, es un juego de sombras y de máscaras y a algunos es mejor no ponerlos a la luz ni sacarles la careta.

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  3. La pregunta que planteas, creo que solo tu, es decir only youuuuuuu, tienes la respuesta. Parece que el cliente siempre tiene la razón, y si el público queda encantado, pues todo lo demás carece de importancia, el honor, la honradez, el saber estar, la cortesía, hoy en día no venden nada, pero no digo NADA, digo N A D A y no se valoran nada. Así que creo que la única solución podría ser tratar a las "susodichas ¿personas?" en el mismo tono para establecer que tu tampoco eres un pelanas y que te haces valer. A una grosería, pues otra grosería. Y los mandas a volar.... siempre te queda el recurso de echarle la culpa al último mono, aunque sea imaginario ... es decir: cuánto tenemos que sufrir nosotros, tú y yo, de la incompetencia de estos estúpidos trabajadores de tres al cuarto que no saben nada ..."
    En fin, es el mundo en el que vivimos y ¿qué podemos hacer para cambiarlo? Casi seguro que
    N A D A. Bueno, un abrazo Mario

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  4. te contaré muuuuuuuuuuchas cosas de lo que he vivido con super egos cuando nos conozcamos

    abrazo fraterno

    Jordi

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  5. Hola Alfredo, no había escrito hasta ahora ningún comentario, aunque te sigo habitualmente.
    Seré mucho más breve y tal vez más rudo que las otras personas que me preceden, pero respecto de tu pregunta creo que hay mucho imbécil (*) suelto, que no encuentra otra manera de disimular su mediocridad más que con extravagancias que no tienen otra razón que la de llamar la atención sobre lo intrascendente, dejando de lado todo lo que realmente debería constituir el elemento principal de su discurso.

    (Diccionario de la RAE. "imbécil" = acepción 1.2: "escaso de razón").

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  6. Me parece que uno tiene que cumplir con su deber, independientemente de cómo te traten los demás. Y a todos hay que tratarlos por igual. Una persona, por el hecho de ser famosa, no es más importante que una persona normal,que vive en el anonimato. Esta bien que elogiemos algunas cosas, pero no debemos elogiar tanto para evitar inflarles el ego. Hay que buscar siempre el equilibrio.

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  7. Hay un dicho que dice que el carro cuanto más vacío, más ruido hace al ir por el camino. Pués viene muy a cuento de las "estrellas". Ahora con esto de internet, te das cunenta, de que por ahí hay personas totalmente anónimas, que están llenas de ideas, creatividad, facultades artísticas, etc. y no van con ninguna exigencia, se conforman con publicar al viento, con la esperanza de que alguien viste su blog. Viajan en un carro lleno, que hace menos ruido.

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  8. Marafbn

    Paciencia sin perder de vista el límite. Frustra que den por supuesto que les admiras cuando muchas veces es puro trabajo

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  9. Querido Alfredo:
    Tú eres perfecto en el desempeño de tu trabajo. Los verdaderos grandes siempre son humildes. Todos somos personas que merecemos un respecto y los programadores deben exigirlo. Ojalá hubiera más programadores como tú. Un abrazo fuerte Eugenia

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  10. Hay el eterno problema de los dioses de barro, de las banalidades envueltas en complejos de inferioridad.EL PUBLICO LOS CREA Y LOS DESTUYE, SIMPLEMENTE.

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  11. Saludos saludos, no, no firmo autografos, gracias gracias!! os quiero!

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  12. creo que si, los promotores de cultura se deben tanto al artista o "estrella" como al público al que se dirige... es su fin

    sobre los insufribles, pues son gajes del oficio... es decir: si no hay buen humor de por medio, pues es trabajo

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