miércoles, 4 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 4: El patio de mi casa


El patio de mi casa es particular y cuando llueve se moja como los demás. Y hasta ahí puedo leer... Porque ustedes, de mi casa, como mucho verán el patio y poco más.

Las cosas cambian sustancialmente en Edimburgo. Aunque aquí el patio de mi casa también es particular, y está siempre mojado, un corto paseo por la New Town nos revela el carácter semipúblico de muchos patios, salas de estar y hasta dormitorios.

En el siglo XVIII la ciudad vieja de Edimburgo, de origen medieval, no daba más de sí. Limitada por la orografía de la roca en la que se asienta el castillo, estaba superpoblada y la vida era, por tanto, insalubre. En 1776 James Craig, un arquitecto de 22 años, ganó el concurso para diseñar la New Town. El plan creado fue un rígido plano ortogonal, que concordaba con las ideas de racionalismo de la era de la Ilustración.

El resultado fue una ciudad de amplias calles, profusamente ajardinadas y elegantes edificios de estilo georgiano que crearon un estilo señorial que perdura en la actualidad.

Pues bien, una de las cosas que más me sorprende de esta ciudad es la aparente falta de pudor de sus ciudadanos. La práctica totalidad de las calles son residenciales, y los establecimientos comerciales se concentran en puntos muy concretos, de modo que el nivel de la calle también se destina a viviendas. Cuando uno va paseando por la acera puede contemplar a través de los enormes ventanales de las casas, sin rejas y casi todos sin cortinas, estampas tan banales y al mismo tiempo tan íntimas como el hecho de estar leyendo la prensa mientras alguien toma un té en pijama en su sala de estar, al que vive enfrente viendo la tele amorosamente abrazado a su mujer con el batín y los rulos, o la cotidiana toilette de mi vecino, que da muestras de tener unos hábitos higiénicos dignos de estudio. Si hiciese caso a una antigua compañera de trabajo aficionada a interpretar todas nuestras acciones a través de la psicología diría que mi vecino tiene un trauma sin resolver que intenta quitarse de encima a base de jabón, agua y guante de crin. Y empiezo a estar preocupado por la salud de sus encías de tanto limpiarse los dientes con semejante empeño.  Por eso, estas y muchas otras escenas cotidianas se trasforman en un espectáculo con unos protagonistas anónimos e (in)voluntarios que le dan el carácter especial a esta ciudad y a sus gentes.

Afortunadamente, los vecinos del final de la calle, que tienen un elegantísimo piano de cola en el salón, son madrugadores. A pesar de que voy temprano a clase, cuando paso frente a su casa ya se han levantado. Pero no es difícil adivinar por el estado en el que veo su dormitorio lo que ha podido pasar solo unos minutos antes de que yo pasara por allí.

A lo mejor tenía un poco de razón mi profesor cuando decía que soy un cotilla. Pero no me dirán ustedes que esto no es una provocación.

4 comentarios:

  1. Yo, matizaria la diferencia de "cotilla", con la de observador, tu viajas mirando
    ,hablando con las piedras.Tus ojos son imanes,sigue relatando .Un abrazo Maite

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  2. Pero qué divertida ha de ser Edimburgo. Me imagino que programas tipo Gran
    Hermano o similares, no tendrán absolutamente nada que hacer allí. Un paseo
    matinal por las calles descubriendo intimidades tiene que dar mucho de sí

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  3. Creo que tiene que ver más con su cultura y estilo de vida que con la falta de pudor. O a lo mejor es que los españoles somos muy cotillas! ja, ja. Un abrazo

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  4. excelente, sigue contando mas de tu "análisis existencia-lista" , " los espacios habitados",
    o quizás una reconstrucción etnografica de vuestra mente"
    saludos desde Ecuador
    Aaron Romero
    artista visual

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