lunes, 2 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 3: Gossip

 
Cuando iba al colegio, muchísimo antes de la ESO, teníamos un libro con fragmentos de las más importantes obras de la literatura: El Quijote de Cervantes, El Lazarillo de Tormes, un Cuento del Decameron de Boccaccio -creo que aquí me he colado porque este me parece que es del último año de literatura del instituto. No estoy seguro. Pero bueno, da igual.

Pues bien, el profesor nos hacía leer en clase en voz alta aleatoriamente. Si cuando te pedía seguir te habías perdido porque estabas pensando en las musarañas, te fastidiaba el fin de semana ante la evidente bronca que te iba a caer en casa cuando le dieses a firmar a tu padre la notita del profesor. Como excusa nunca me sirvió decirle a mi padre, con cara de cordero degollado, que me había perdido en la lectura porque estaba pensando en la transgresión ecológica que supone la deforestación de la selva tropical. En esos momentos me decía “¡Ni selva, ni selvo!, castigado todo el fin de semana sin ver Marco, de los Apeninos a los Andes”.

Por eso pensé que la lecture de mi profesor Martin repeterían el esquema de mis clases de lectura del colegio. Pero la sorpresa fue que me encontré en una conferencia-coloquio sobre la prensa escrita. Y nada más empezar no se le ocurrió otra cosa que preguntarme cómo leo los periódicos:

    -Del final hacia delante –le dije en perfecto inglés británico.
    -¿Cómo? –me preguntó con cierto sarcasmo-, ¿los cotilleos primero?.

Mis compañeros se rieron al unísono, cómplices con el profesor, como si en Holanda, Francia, Italia o Arabia Saudí todo el mundo abriese los periódicos solo para leer asuntos de geopolítica internacional.

Pero no sería hasta esa misma tarde cuando al visitar el yate real Britannia lo comprendí todo. Resulta que aquí es cotilleo es terriblemente aristocrático. Y sin pretenderlo en absoluto me he enterado de que los sirvientes de la reina tienen un dispositivo oculto en los zapatos que hace que las tachuelas que sujetan las suelas giren automáticamente para dejarlos clavados al suelo ante la presencia  de Su graciosa majestad. Me he enterado de con quién se acuesta, con quién se levanta, cómo se viste y qué come. Y si no fui al royal golden toilet fue porque en ese momento no me apeteció.

Además, y por si quedase alguna duda, en las fachadas de algunas tiendas hay unos escudos reales flanqueados por dos caballos muy finos a los que en lugar de pelo les crecen penachos de sedosas plumas de avestruz que indican dónde la reina compra sus sombreros de pura lana de oveja de las Highlands, la ginebra, los pollos certificados de corral e incluso el royal underwear.

Por cierto, otro cotilleo, en el palacio de Holyrood me enteré de que cuando el príncipe Carlos viene a Escocia y se pone la falda no lleva underwear. Por eso, en su presencia, nadie, nadie, nadie, ni él mismo, puede llevar zapatos de charol.


3 comentarios:

  1. Alfredo, que sepas que has sido el hazmerreir de mi paciente escocesa Nicola por lo de las tumbas de Dalry (Dalrái, no dalrri como decía yo)

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  2. AGGG! no quiero ni imaginarme al príncipe Carlos con sus atributos recibiendo el aire fresco jajaja. Muy instructiva tu entrada :) ¡Un abrazo!

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  3. Et puc assegurar que els escocesos estan molt orgullosos de no portar res davall de la falda. En un viatge a Escòcia, ara fa uns anys, i davant la imatge d'un escocés amb falda, una persona que viatjava al meu costat va treure la càmera fotogràfica per fer-li una foto i davant la sorpresa de la fotògrafa l'escocés li va donar el cul i es va alçar la falda. Ara la meua amiga té el record d'un bon cul escocés. No sé si portava sabates de xerol!

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