martes, 17 de agosto de 2010

Un verano en Edimburgo. 10: Edenburgo


Hoy, como es habitual, caía la típica lluvia fina casi imperceptible que ni moja ni encharca, de modo que la gente actúa como ignorándola, pero sabiendo que está ahí, porque si bien no tiene la fuerza de una tormenta, es de una persistencia sibilina que acaba por calar y penetrar hasta los huesos.

Por eso he tomado mi camino a clase sin prestarle demasiada atención, atravesando como cada día al menos dos de las siete colinas sobre las que se asienta esta ciudad, motivo de orgullo para sus ciudadanos ya que es lo que les hace sentirse tan identificados con la Ciudad Eterna.

Pues bien, iba calle abajo cuando me he topado con las consecuencias de una de las habituales razzias de las gaviotas, que llegan desde el mar, en pocos minutos por la mañana, al ataque de las bolsas de basura, cuyo contenido esparcen por las aceras mientras buscan restos de comida. Tras su paso queda un rastro de desperdicios que parece más bien el resultado de una banda de gamberros callejeros. Pero queda claro que estas aves prefieren las sobras de comida ultracongelada, más sabrosa y condimentada que los frescos pescados del mar del Norte.

Como no llevaba gafas mi miopía me ha jugado una mala pasada. Me ha parecido que al romper una de las bolsas de basura las gaviotas habían esparcido los pañales de celulosa desechables de algún recién nacido del vecindario. Por evitar pisarlos he puesto mi pie sin pretenderlo en un trozo de plástico y he acabado con mis huesos en el suelo mojado en lo que ha sido mi particular snowboarding matutino.

Gracias al batacazo he visto pegados a mi nariz los paquetitos y he podido darme cuenta que eran las más gigantescas bolsitas de té jamás vistas, pero que en una ciudad como esta tiene toda su razón de ser. Deben ser, a mi parecer, infusiones de té de a litro.

Ha querido la casualidad que a última hora de la mañana haya ido, renqueando, a una conferencia sobre la arquitectura de Edimburgo. La conferenciante ha comentado que l
os distritos de la Old y New Town fueron nombrados Patrimonio de la Humanidad en 1995, por lo que se convirtió en la ciudad  habitada con mayor superficie protegida del planeta por la UNESCO. Y ha comentado que sus ciudadanos se sienten tan honrados con este reconocimiento que se han negado a la instalación de los antiestéticos contenedores para recoger la basura que afearían sus calles. Los efectos secundarios son conocidos, pero no deja de ser paradógico que el eslogan del departamento de reciclaje de basuras de la ciudad se denomine Edenburgo. El jardín de las delicias para las gaviotas...


Vistas arriba: Plano de Kirkwood, 1819, y vista aérea de la New Town de Edimburgo en 2001

4 comentarios:

  1. Me gusta tu capacidad de caminar mirando , e interpretando las situaciones.Tus relatos son una delicia.Seguire en tus paseos....Un beso Maite

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  2. Gracias Alfredo por llevarnos contigo en tus viajes al infinito
    Eugenia

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  3. Yo pensaba que nos ibas a comentar la conferencia sobre arquitectura, supongo que será en un capitulo siguiente.
    Ya hemos comprobado en vivo y en directo lo que hacen las gaviotas.
    Hasta la proxima aventura.
    Tus compañeras sufridoras.

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  4. No se a quien me recuerda la gaviota,¿y a tí?

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