miércoles, 7 de julio de 2010

La sal de la vida


Mi perra Senda y yo somos de naturaleza independiente y templada. Por eso convivimos perfectamente en nuestro piso. Ella hace su vida y yo la mía, respetamos nuestro espacio y no hay conflicto posible. Y esta es la razón por la que me identifico con ella cuando vienen visitas a casa fuera de hora y quieren hacerle bromas a pesar de que haya decidido que es hora de dormir. Aguanta estoicamente las primeras gracias, gruñe cuando empieza la cosa a durar demasiado y a nada que te descuides te da un mordisco si no tienes en cuenta sus mensajes de aviso.

Aunque no lo parezca, tiene que ver todo esto con el acupuntor al que acudo todos los sábados para unas sesiones que alivien unos dolores cervicales que tengo desde hace tiempo. Mientras me va poniendo las agujas, como para dar tema y que no me aburra, me va contando lo mal que va todo en un tono resentido del que se sabe poseedor de las soluciones para todos los temas, pero tenidas en cuenta por nadie. Entre “ya lo decía yo” y “yo ya lo había dicho” escucho sus argumentos tendido medio desnudo en una camilla sintiendo cómo mi tensión cervical en lugar de calmarse se va acusando semana a semana. Y es que al terminar cada sesión me siento como los toros en la plaza. Cuando no puedo más y le rebato alguno de sus argumentos entonces me pone una de sus agujas que siento perforarme la piel como si fuese una auténtica banderilla. De modo que al llegar a casa no me queda otra que acostarme y dejar que mi añorada templanza vuelva de nuevo a mí.

No podía imaginar que la respuesta estaría en el libro de Ana Gavalda “La Sal de la vida”, un libro de pocas páginas que pareciera a priori lectura de una tarde de verano, que cuenta cómo Garance, Lola y Simon huyen de una aburrida boda familiar a la que acuden por compromiso para ir a encontrarse con su hermano, dejando plantadas en la iglesia y sin avisar a la madre de todos ellos y a la mujer del último. Desde el primer momento no pude parar de leer esta historia, que podría ser la de cualquiera de nuestras vidas, ya que la identificación que se puede sentir en la novela va en aumento cuanto más profundas son las reflexiones sobre el sentido y la importancia de quién somos, de quiénes nos rodean y por qué estamos con ellos.

Por eso necesitaba llegar al final de “La sal de la vida”. Sin embargo, hasta que la respuesta llegó no pude evitar recordarme una y otra vez en la camilla con las agujitas clavadas al cuerpo y mi ceño fruncido. Pero ahora, al fin, he logrado entender lo mal que he llevado esta situación. Paradójicamente, nunca una lectura tan divertida había resultado para mí tan terapéutica.

Les aseguro que cuando en la próxima sesión mi acupuntor intente clavarme con ahínco sus banderillas no logrará ni inmutarme, porque desde ya les digo que he dejado de ser toro de lidia. La solución está en tan sólo 156 páginas.

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