jueves, 4 de marzo de 2010

Las gallinas


Las gallinas me fascinan. Observarlas en sus rutinas previsibles me resulta hipnótico. Son de una fidelidad rayana en el fanatismo. Cada mañana, al alba, bajan del palo del gallinero donde han pasado la noche, salen del corral por el mismo agujero de cada día y mientras observan a sus compañeras, silenciosamente, se saludan con un leve cloqueo, casi como por compromiso. Mientras, airean sus plumas, se miran perplejas, e inician su jornada que se reduce a comer, beber, espantarse, asustarse y dedicarse monotemáticamente a fabricar un huevo que poder ofrendarnos al día siguiente.

Les gusta pasar el día limpiándose y acicalando sus plumas, tomando el sol, dándose baños de arena o picoteando mecánicamente contra el suelo, como a martillazos, solo que en este caso es con la cabeza. Tanto golpe en la testa probablemente determine su carácter servil y les impida olvidar que cada una de ellas tiene un lugar fijo en su imaginaria pirámide social de corral, viviendo en absoluta armonía de acuerdo con ella, sin cuestionarse nada.

Y así un día, y otro día, y otro día más hasta llegar al final de sus días. Con toda seguridad, unos días después de dejar de poner el huevo diario en el mismo lugar que todos los días de su vida el dueño del corral la sacrificará para convertirla en caldo. Porque ya saben lo que dice el refrán aquel de la gallina vieja y no sé que más…

¿A que ahora no les parece tan rara la afirmación de que mis gallinas son unas fanáticas? Los pollos van incluidos en esta fauna, que conste. No estaría de más que de vez en cuando se cuestionasen alguna de sus rutinas. Pero... ¿para qué?, probablemente están mucho más a gusto sin pensar en ello y, desafortunadamente no hemos encontrado otra forma de fabricar huevos.

1 comentario:

  1. "desafortunadamente no hemos encontrado otra forma de fabricar huevos"

    O afortunadamente, de lo contrario, igual nos daba por torearlas... ;)

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