domingo, 28 de febrero de 2010

¡Todos a la cárcel!


Un par de semanas antes de conocer a Cristina Peri Rossi en 2005, Clarisa, mi alma gemela, y yo, nos leímos todos los libros que encontramos de ella en Castellón y nos empapamos de su biografía concienzudamente. Cuando fuimos a esperarla a la estación del tren la tarde del 18 de enero en lugar de esperar a una escritora parecíamos dos fans adolescentes esperando la llegada de su admirada estrella de mundo de la música rock.

Cristina había llegado clandestinamente en 1972 a Barcelona procedente de Uruguay donde su obra había sido prohibida, así como la mención de su nombre en los medios de comunicación durante la dictadura militar que gobernó el país de l973 a l985. Evidentemente, más que a una escritora esperábamos en la estación a la mujer comprometida con su tiempo y su vida.

Pasamos una parte fundamental de nuestras vidas proyectando la imagen que creemos que los demás esperan de nosotros en la búsqueda inconsciente de su afecto o de su aprobación. Somos como creemos que quieren nuestros jefes que seamos, somos como creemos que nuestras empresas quieren que seamos e incluso como nuestros amigos y familiares creemos que quieren que seamos. Y no nos damos cuenta de que en ese proceso perdemos precisamente una parte fundamental de nuestra identidad, de lo que nos hace singulares.

Por eso al llegar Cristina le pregunté cómo debemos actuar frente a las situaciones que consideramos injustas. Porque, aunque no lo crean, para mí en aquella época resolver este dilema se había convertido en un auténtico tormento. Y su respuesta fue sencilla pero rotunda: con la misma fuerza que la injusticia que la provoca, pero claro… con otras armas: las de las palabras, los argumentos y las razones.

Este fin de semana estaba en una reunión y cuando estábamos a punto de irnos, de repente, uno de los asistentes, sin venir a cuento y provocando con ello un giro copernicano en la conversación, levantó la voz para decir que viniendo había visto a una mujer con un burka y que habría que meter en la cárcel al marido. A partir de ahí, coto abierto al delirio que culminó con un brindis cuyo deseo fue, literalmente, “que no nos invadan los árabes”.

La habitación donde intento mantener cautivos a mis fantasmas vio cómo se abrían de par en par sus puertas y se apoderaron de mí. No hay nada que me produzca más miedo que las opiniones desbocadas, los bajos instintos y los argumentos primarios, todos ellos peligrosos y signos inequívocos de incultura.

Desafortunadamente no siempre es posible ser como uno quiere ser, y a veces, por prudencia, es mejor callar. Pero el criterio de Cristina se convirtió en una pauta de comportamiento para mí. Y por eso, después de que todos los vellos de mi cuerpo se erizaran en estado de alerta, intenté, infructuosamente, poner encima de la mesa mis razones y mi absoluto desacuerdo con esas posturas.

Fatuma volvió a Kenia hace ya varios años después de haber estado en Castellón estudiando. La víspera del regreso a su país tuvimos la suerte de poder organizarle en casa una cena de despedida. Evidentemente la pregunta inevitable era por qué no se quedaba en Europa donde un mundo de oportunidades profesionales la estaban esperando. Y su respuesta fue sencilla. De no regresar a su país ninguna otra mujer de su comunidad tendría la posibilidad de venir a Europa a conocer otra realidad porque abriría la puerta de los recelos a los que le habían dado la oportunidad a ella.

Pero al tiempo, su comunidad era consciente que la Fatuma que volvía no era la Fatuma que su fue a Europa; se había convertido ya en un ejemplo para todas las mujeres que se habían quedado en Kenia esperando su regreso.

La revolución pacífica de Fatuma a través de la cultura es infinitamente más efectiva que las leyes represoras y persecutorias, las imposiciones desde nuestra presunta superioridad cultural y todas las medidas de prevención al injustificado y estúpido temor de que los árabes nos van a invadir.

Me he cansado de decir que la intolerancia es un lujo de dudosa conveniencia porque las personas que hoy vemos como “esos” un día próximo podemos ser “nosotros” y por lo tanto no nos queda otra que sentar las bases de una sociedad en la que todos tengamos el mismo espacio.

La riqueza está en la mezcla y el peligro no es otro que la invasión de nuestras mentes cerradas.

7 comentarios:

  1. Una loable opinion bellamente expresada. Felicidades

    ResponderEliminar
  2. Tu escrito es excelente, tan plagado de "cosas" muy bien pensadas y dichas, explicita y subliminalmnte. Marisa

    ResponderEliminar
  3. Me senc orgullosa de ser la teva amiga. Una abraçada. Carme

    ResponderEliminar
  4. Yo creo que vivimos en un mundo sin fronteras pero hay gente que no lo ve, poner puertas al campo es la afición de muchos. Sin embargo no hay que ser ingenuo, esa mezcla de culturas es difícil, como cocinar hay que ver como ligan los ingredientes. En todas las épocas las gentes creían que desaparecerían con las migraciones, fue así en muchos casos, hay que esperar...

    ResponderEliminar
  5. Gracias por compartir estas vivencias. Me has hecho reflexionar y pensar sobre sobre dos temas: el poder que damos a los demás para abandonar nuestro propio ser en busca de su reconocimiento (a veces, perdiendo nuestra identidad) y el papel de silenciosas pioneras que siguen desempeñando muchas mujeres. Elisa

    ResponderEliminar
  6. Enhorabuena por el post.

    ResponderEliminar