miércoles, 24 de febrero de 2010

A Life Of Emotions - A Photographer's Life

Me considero una persona afortunada. He tenido y tengo la posibilidad de viajar a lugares a los que mis padres jamás imaginaron poder ir y vivimos en una época que hace posible visitar cualquier lugar que deseemos conocer. Pero precisamente ahí es donde reside también el problema.

Hace años leía con voracidad todos los libros de viajeros románticos que caían en mis manos porque la experiencia que para ellos significaba llegar a su destino, la sensación de descubrimiento de una realidad y de un lugar nuevo y absolutamente diferente al suyo era algo que me parecía muy sugerente.

Años después, al intentar revivir esa vivencia, la magia de los relatos se esfumaba porque todo me resultaba ya conocido y no lograba sentir la experiencia del descubrimiento que debieron sentir mis envidiados viajeros románticos. Sin salir de casa conocemos Nueva York gracias a las películas de Woody Allen, o Madrid gracias a las de Almodóvar; nos han explicado en documentales las soluciones técnicas que logran la ingravidez mágica de la cúpula de Santa Sofía en Estambul y nos han desvelado el secreto que esconden los muros que rodean la ciudad prohibida de Pekín. Además, las lujosas ediciones a precios populares de Taschen nos desvelan los enigmas encerrados en la Gran Esfinge de Giza o en los templos mayas del Yucatán y la realidad es que la inmensidad del desierto no resulta tan espectacular como en las cuidadas instantáneas de los libros.

Pero ni el gigantismo de la basílica de San Pedro; ni los lujos de las mil y una noches del tesoro del palacio de Topkapi en Estambul; ni la majestuosidad de la galería de los espejos del Palacio de Versalles; ni el fulgor del oro que recubre por todas partes la iglesia de la Compañía en Quito y por supuesto, y ni por un instante, las faraónicas obras de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, lograron emocionarme como lo hizo el intimismo que albergan tres obras que vi en un corto intervalo de tiempo.

Y es que por tres veces he sentido que las musas me dieron con su dardo, allí donde más duele. La primera vez fue la visión del delicadísimo busto de Nefertiti en el Neues Museum de Berlín, que me fascinó. La segunda fue en la exposición de Bill Viola en el Palacio de Carlos V de la Alhambra de Granada. Sus videos, llenos espiritualidad que no vemos pero sentimos, tan intimistas, me dejaron sin palabras.

Y la tercera fue hace dos años en la Maison Européenne de la Photographie en París. Jean-Christophe nos reunió a todos sus amigos en la ciudad. Al llegar descubrí con sorpresa que por todas partes se anunciaba una exposición retrospectiva de la fotógrafa americana Annie Leibovitz.

Debo confesar que llegué al mundo de la fotografía durante la adolescencia gracias a mis ídolos musicales. Al fijarme en los créditos de las fotos de los discos se repetían varios nombres: Herb Ritts, Michel Comte, Patrick Demarchelier, Jean-Baptiste Mondino, Peter Lindbergh, David Lachapelle, y unos cuantos más. Por eso quise ir a ver aquellas fotos tantas veces vistas en las carátulas de algunos de mis cedés.

Aquella galería de iconos de la cultura popular americana de la segunda mitad del siglo XX, del cine, de la música y de la moda me pareció muy interesante. Pero la sorpresa fue la serie de instantáneas, de pequeño formato, pertenecientes a una esfera mucho más privada, en las que la protagonista es su pareja, la intelectual americana Susan Sontag. Permanecieron juntas desde 1989, hasta la muerte de Susan en 2004, y todas las etapas de esa relación estaban reflejadas.

Viajaron juntas por el mundo, pero devino la trágica enfermedad de Susan Sontag y todo el proceso estaba reflejado. Leibovitz cuenta que ella simplemente tomaba las fotos y que no sabía por qué lo hacía, pero en la distancia, verlas expuestas allí me conmovió profundamente por la enorme humanidad de ambas, la dignidad con que Sontag llevó su enfermedad y el sincero amor que Leibovitz le profesaba. Una historia privada en un blanco y negro purísimos, elevada a la categoria de gran arte. Esas fotografías me emocionaron, y de repente, entre todo el público que abarrotaba la sala sentí que de alguna manera me daba igual que se diesen cuenta.

Hoy, me han regalado “Annie Leibovitz, A Photographer’s Life – 1990/2005”.

¡Diana!




Foto: Susan Sontag y Sarah Leibovitz, Harbor Island, Bahamas, diciembre 2002. Annie Leibovitz.

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