sábado, 18 de diciembre de 2010

Unchained melody


Un motorista pasa cada mañana justo por debajo mi balcón, puntualmente a las 6:45, como alma que lleva el diablo. De no haberlo visto juraría que en lugar de una moto con el tubo de escape recortado lo que oigo es el despegue de un Boeing 747. Nada demasiado grave por otro lado porque, al menos, sus horarios coinciden con los míos.

Lo mismo parece ser que ocurría con los cientos de vehículos que cada día pasaban frente al Instituto Matilde Salvador de Castellón, que silenciaban con su ruido las explicaciones de los profesores. Por eso el tramo de avenida que pasa frente al centro fue asfaltado con un material especial que amortigua cualquier ruido del tráfico. Eso sí, presupuesto obliga y una vez pasado el instituto el asfalto vuelve a ser el de toda la vida y, por lo tanto, el ruido, también.

No ocurre lo mismo en algunas carreteras de Japón. Shizuo Shinoda manejaba una excavadora cuando, por error, cortó una serie de surcos en una carretera. Al pasar por encima de ellos con su vehículo, escuchó una serie de ruidos curiosos que se asemejaban a una melodía y descubrió que, variando el espacio entre cada grieta, se creaban tonos musicales al paso de un coche, emulando el proceso que realiza la aguja del tocadiscos sobre un vinilo.

Por eso, la compañía japonesa Investigación Industrial de Hokkaido tomó esta idea hasta lograr reproducir melodías cuando coches, motos o camiones circulan por este tipo de carreteras. Gracias a unos pequeños surcos distribuidos a lo largo de la calzada y separados entre 6 y 12 milímetros, cada vez que una rueda pasa sobre ellos se reproduce un sonido. Una nota musical pintada sobre la calzada anuncia al conductor que se aproxima a una zona con una melodía, que dura unos 30 segundos aproximadamente (dependiendo de la velocidad a la que circule el vehículo, aunque la velocidad ideal para escuchar correctamente las canciones es de unos 45 km/hora, eso sí, siempre con las ventanas cerradas).

En Japón ya existen tres carreteras con música incorporada en Hokkaido, Wakayama y Gunma. Aunque no siempre es fácil conseguir el sonido deseado, porque conducir demasiado rápido provoca que la música suene acelerada, mientras que si se conduce demasiado lento genera un efecto de cámara lenta, como ocurría antaño con los discos clásicos de vinilo.

Menos mal que en Castellón no se les ha ocurrido esta idea. Porque de ser así a mi motorista matutino no le quedaría otra que bajar la velocidad de su moto pasada de revoluciones para poder escuchar el hit de la temporada grabado en la calle. Así, al poder yo dormir sin interferencias dependería del despertador y ese es un sistema que ya sabemos que la mayor parte de las veces falla cuando de despertarse se trata.

De todos modos no quiero dar ideas, no sea que graben en el suelo La Panderola o La manta al coll i el cabasset y me toque escucharla cada vez que entre o salga de la ciudad. ¡Eso si que sería para no dormir!

viernes, 17 de diciembre de 2010

Que nadie escatime en luces


La Navidad abre las puertas sin complejo alguno al kitsch: gigantescas bolas transparentes que giran mientras la nieve cae en su interior iluminado; monumentales abetos de falsas hojas de purpurina; enormes figuras inflables de Papá Noel; copos de nieve, lunas y estrellas de luces parpadeantes de todos los colores; y guirnaldas de plástico brillante que caen en cascada cubriendo paredes enteras a las que se superponen tiras de luces que dibujan renos cargados de enormes paquetes. Al tiempo, la megafonía recién instalada en las calles no deja de atormentar nuestros oídos con empalagosos villancicos escuchados mil veces con puntualidad previsible cada mes de diciembre.

A todo esto, en los últimos años, y a un ritmo de implantación alarmante, se ha sumado la moda de balcones y ventanas abarrotados de luces chillonas, a poder ser intermitentes, que permanecerán encendidas día y noche indicando el camino a incansables papá noeles trepadores con sus regalos que, desafortunadamente, no lograrán jamás llegar a su ansiado destino.

Pero en el colmo de lo hortera de esta orgía de formas y colores extraídos de una tienda de ofertas hay que destacar la decoración de los árboles de rotondas y parterres, que en estas fechas se ven recubiertos de cientos de bombillas fluorescentes de color marrón en el tronco, verde en las ramas, y rojo en las copas, simulando la fruta madura. El otro día, en un cambio de rasante, fui a dar con una de estas rotondas y me dí un terrible susto. Pensé que estaba frente a un platillo volante y que los alienígenas se habían presentado para abducirme. Pero la cuestión es mucho más sencilla. En navidad, simplemente, nadie se plantea racanear en luces.

Y es que ya no basta el clásico árbol. En lo que es una carrera sin sentido hacia el falso lujo, gracias al derroche de fantasía e imaginación que invade el espacio, cuantas más bombillas se enciendan para este cometido, mejor. Todo vale, sea cual sea su precio, si de celebrar la navidad se trata.

No es necesario reflexionar sobre las consecuencias medioambientales. Porque aunque el uso de bombillas de bajo consumo servirá para ahorrarnos un importante porcentaje de energía y tranquilizar nuestras conciencias, la factura medioambiental en forma de cambio climático, lluvia ácida, o contaminación la pagará todo el planeta.

Pero si algo es cierto es que la navidad es un momento propicio para el desarrollo del kitsch: se articula en función del consumo, el sentimentalismo, los clichés de la tradición, y la constante pretensión de que una vida mejor y más noble se pueden obtener sólo con estar cerca de los seres queridos. También es cierto que el hombre kitsch desea llenar su tiempo libre con la máxima excitación a cambio de un mínimo esfuerzo y que por esta razón el kitsch puede definirse como un intento sistemático de huir de la realidad cotidiana. Pero lo que realmente molesta es tanto mal gusto en esta época en la que el estilo kitsch, si es que puede denominarse estilo, trasciende más allá y se convierte en el placer de lo horrendo, elevando a los altares todo aquello que nos duele a la vista.



sábado, 11 de diciembre de 2010

Cosas que pasan


Hay ciudades cuyo nombre atraviesa la historia. Hay ciudades que al nombrarlas nos sugieren una fascinación lejana. Hay ciudades que al ser contadas por viajeros que las soñaron un día han logrado alcanzar para nosotros la condición de prodigiosas. Hay ciudades que están vinculadas a la leyenda de las personas que vivieron en ellas o han quedado marcadas para siempre por lo que han significado en algún momento de la historia.

Y por eso emprendemos viajes que pensamos inolvidables. Como el que Víctor y yo hicimos a Viena hace ya algunos años, cuando los viajes todavía no se organizaban por Internet.

Si es cierto que no existe, como decía Goethe, ninguna gema más grande en la corona heráldica de la tierra, ni existe ningún lugar que presente un aspecto más grandioso e imponente que la capital de Bohemia, tampoco se queda corta la leyenda al afirmar que Viena es la meta del viaje. Por eso en nuestro itinerario llegamos desde Praga a la otrora capital del imperio austrohúngaro.

Un chófer nos esperaba en la estación de tren para llevarnos al hotel. Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando tras saludarnos nos indicó que era justo el edificio de enfrente y que sólo había que cruzar la calle. Por supuesto, y como no éramos los emperadores, le dijimos que haríamos el trayecto a pie, a lo que él se opuso tajantemente ya que si no lo hacía no le iban a abonar la carrera de taxi mejor pagada de la historia.

Quiso además el verano de 2004 ser el más caluroso de cuantos se recordaban en aquella ciudad no habituada a los aires acondicionados, por lo que al llegar la noche decidimos abrir de par en par las ventanas de nuestra habitación del primer piso, con vistas directas al reloj de la estación. Y descubrimos que a escasos centímetros un gran semáforo regulaba el tráfico de una vía rápida de cinco carriles. Así que la noche transcurrió entre el sonido del reloj, puntualmente cada hora, y el de los frenazos de los coches ante el semáforo en rojo cada tres minutos, para acelerar pocos segundos después al cambiar a verde. Sí. Aquella noche vienesa tornó los valses en rallies y no pudimos dormir.

Pero llegó la mañana y la expectativa de ver los dibujos de Durero en la Albertina, uno de los motivos principales de aquel viaje, calmó nuestros ánimos, que antojo del destino volvieron a verse truncados al descubrir que el museo estaba cerrado por reformas y solo se podía visitar una exposición temporal de las mejores obras que resultaron ser simples reproducciones en color con la explicaciones en alemán. Después de esto nada fue igual, ni Sissi, ni la tarta sácher consiguieron endulzarme un poco aquellos días.

Ha venido este viaje a mi memoria mientras leo “Cosas que pasan” de Luis Goytisolo, donde afirma que a veces el malestar que generan determinadas situaciones mientras visitamos una ciudad idealizada acaba por convertir el viaje en deprimente y lo hace extensivo a la visión que tenemos de ella, lo cual provocará que nunca nos lleguemos a sentir a gusto en el lugar con todo y apreciar sus indudables atractivos.

La contradicción aparece al descubrir que soy el único al que no le gusta Viena. Una ciudad en la que, tal y como dicen las guías, se respira arte, historia y música en cada esquina. Y en la que, además, como se encargan de recordarme insistentemente todos mis amigos y conocidos que la han visitado después de que yo estuviese allí, hace un tiempo de maravilla.

Probablemente ha llegado el momento de regresar a esta ciudad en la que no fui feliz.


Imagen de arriba: Durero, Albrecht: Ala de una carraca. 1512. Acuarela y gouache sobre vitela. 20 x 20 cm. Graphische Sammlung Albertina, Viena

lunes, 6 de diciembre de 2010

El amor armado


Algunos libros salen a tu encuentro, quieren que te fijes en ellos y que los mires, que los toques y que los leas. Quieren estar más cerca de ti.

Callejeando por el barrio gótico de Barcelona me llamó la atención en lo alto de una pila de libros en la entrada de una tienda de ropa El amor armado de Mendiluce. Lo cogí y al ir a mirar el precio vi un letrero pegado a la pared que decía “soy para ti si me vas a leer”. Así que lo metí en mi bolsa y aquella noche en el hotel empecé a leer este libro en el que el autor explica cómo ser testigo cotidiano de todo tipo de atrocidades le cambió para siempre.

La capacidad de expansión y de contagio de la intolerancia avanza, su capacidad destructiva crece. También el silencio, el dolor y los dramas de los que sufren por haber nacido en el sitio equivocado, o con la religión o el color equivocados. Señalados porque no hay manera para compensar la rapiña con la solidaridad.

Pero lo que más miedo da es que solo unos pocos tengan miedo. Miedo de verla de vuelta. Miedo de ver la estrategia del intolerante avanzar sin que nadie quiera intervenir para detenerlo. Y suele ocurrir que aunque sean muchos los que tienen la capacidad de seguir queriendo y amando profundamente la diferencia, la diversidad, la mezcla, el orgullo y la dignidad, también es cierto que a veces la realidad se asemeja a la tragedia griega y, aunque no queramos oír, los coros nos anuncian el desenlace, lo inevitable, que reaccionamos cuando es demasiado tarde, aunque nunca lo sea del todo.

Hay un pacifismo distante, intelectual, cobarde e impoluto de los que insisten en que no les gusta el odio, como si bastara que no guste para que desaparezca, de los que mientras predican la cultura de la paz parecen no darse cuenta de que entretanto se destruye. Y tenemos que entender que ante el odio solo cabe un pacifismo beligerante. Que el amor puede ser más fuerte que el odio, que los que detestan el uso de la fuerza pueden ser mucho más fuertes que los que la practican.

Es el momento de empezar a conocer y a amar las diferentes culturas, a relativizar el patriotismo aldeano que a veces tenemos para poder darse cuenta de cuanta gente maravillosa vive al otro lado del umbral, para poder romper con las rutinas, cuestionarse las cosas, descubrir que la vida no siempre debe discurrir por autopistas señalizadas porque hay otras verdades que si no es así nunca conoceremos.

Competimos en tal desigualdad frente al odio que la tentación para dejarse contaminar por los bajos instintos se hace arrolladora y ahí también corremos el riesgo de ser derrotados. No estamos preparados para el odio, pero si sucumbimos ante él ya nos ganaron.

Tiene razón Mendiluce al afirmar que se puede ser feliz sin ser egoísta, que la dignidad solo se gana, a veces, sufriendo. Que el amor, armado, puede ser más fuerte que las armas del odio. Que somos distintos pero iguales.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Somos lo que comemos


Hace unos días me organizaron una comida sorpresa para celebrar mi cuarenta aniversario. Fue algo tan inesperado que casi logra que la emoción pudiese conmigo.

Al salir del restaurante, creyendo que todo había acabado, y con esa sensación que se siente cuando todo ha sido perfecto, propuse ir al cine por la noche. La idea fue enseguida aceptada pero con la condición de ir a unos cines nuevos para ver una película iraní en versión original subtitulada de Abbas Kiarostami. Y aunque por un momento pensé que me la iba a dormir, no puse objeción alguna. Ir a dormir al cine era mi manera inconsciente de dar las gracias.

Del mismo modo que los desconfiados ven fantasmas por todas partes y oscuras intenciones a la mínima, cuando actúas de buena fe y no te dejas dominar por estos bajos instintos todo te parece de lo más normal y hasta lógico. Así que no me extrañó que para ir al cine tuviésemos que dejar atrás la ciudad, saltar las vallas para atravesar una autovía, y adentrarnos por un camino de tierra entre cercas por las que se veían las olas del mar a pocos metros. Ni siquiera me sorprendió que al fondo se viese una enorme carpa iluminada que según me dijeron era el moderno centro comercial con multisalas al que íbamos.

Para rematarlo, y en el colmo de la inconsciencia, me subió la moral ver que una marea humana se dirigía hacia aquel lugar, cruzando todos peligrosamente la autovía. Me parecía increíble que una programación de filmoteca fuese capaz de seducir a tanta gente como se veía allí.

Es por eso que cuando en el último giro del camino llegamos a la carpa el mentón se me cayó al suelo cuando vi un gigantesco letrero luminoso en el que ponía Varekai. ¿Cómo fue posible que no me hubiese dado cuenta que aquella carpa era un circo? Increíble.

En mi infancia de pueblo de provincias de los años 70 no hubo circos, así que de repente y sin esperarlo me encontré por primera vez en mi vida a punto de disfrutar del “mayor espectáculo del mundo”. Y desde lo más profundo de un bosque mágico, en la cima de un volcán, empezó a aparecer un mundo extraordinario, un mundo en el que todo fue posible. Un universo caleidoscópico habitado por criaturas fantásticas que querían enseñarle a Ícaro que se podía volver a volar después de caer del cielo por haberse acercado demasiado al sol.

Me había hecho la imagen de los circos como lugares decadentes en los que los elefantes son obligados a actuar mientras esperan encadenados y apretados en camiones insalubres y la de los domadores con el látigo obligando a los leones a realizar números sin sentido y forzados a pasar la mayor parte de su vida en pequeñas jaulas. Además, nunca le he encontrado la gracia a ver osos balanceándose en pelotas, monos en motocicleta, o elefantes a dos patas.

Pero nada de todo eso apareció aquí. Aquí quedó evidente que la tradición no es más que una convención, y que las convenciones tienen la vida que queramos darle. Aquí quedó claro que aferrarnos a la tradición para mantener algo es la razón esgrimida por los que no tienen argumentos. Y en Varekai queda manifiesto que cuando la tradición se adapta y se pone al servicio del signo de los tiempos puede surgir algo maravilloso. Varekai incita a los sentidos y evoca las emociones a través de un repertorio de estilos circenses provenientes de todo el mundo que crean una mezcla entre el circo de equilibristas y malabaristas tradicional con otras artes plásticas, la música y la danza. Cada número es más impactante que el anterior, se mezclan de manera equilibrada las actuaciones de mayor intensidad con las más poéticas e incluso con agradecidos momentos de humor. La explosión de energía llega por la combinación de las acrobacias, la música, los decorados, el vestuario... en lo que es todo un tributo a la multiculturalidad.

Me comentaban hace unos días que cuando alguien no vive, o cierra en falso, una época determinada de su vida, por la razón que sea, ese período vital y lo que debió haber hecho en él, le acompañarán toda su vida. Nunca tuve la oportunidad de ir al circo, por que no había, o porque era muy caro. Por eso, la noche que cumplí cuarenta años me sentí como si fuese un niño de cuatro, sorprendido ante tal espectáculo. Y espero que esta capacidad de sorpresa no me abandone jamás por más veces que sea capaz de ver de nuevo un espectáculo como este.

Aunque también es posible que los del circo no lo tengan tan fácil como los de la plaza de toros portátil o que cuando vengan para instalar su carpa no puedan llegar hasta la plaza del pueblo porque las calles estarán cortadas por las barreras de las sempiternas corridas de vaquillas, que consumen todas las energías, tiempo y recursos y que ya en mi infancia me dieron a entender que fuera de eso la cultura o el ocio era el más gigantesco erial.

Somos lo que comemos.



jueves, 25 de noviembre de 2010

Venecia, la mirada del agua


A primera vista Venecia no es pintoresca, es algo más, ¡es fascinante! Nos sorprende y anonada lo sobrenatural que hay en ella que provoca que no sepamos si estamos despiertos o si, al contrario, todo es un sueño. Y así, al llegar a la laguna, todavía sin góndolas ni vaporettos, surge del agua, de repente, una superficie de torres y más torres, cúpulas y más cúpulas, columnas y más columnas y un bosque de mástiles, apretujados palacios, la torre de San Marcos, su dorada cúpula, el esplendor de Santa Maria della Salute y de la Dogana y por fin, en toda su amplitud, la gigantesca ciudad. Nuestros ojos, habituados a ver barcos en el mar, no lo están sin embargo para ver una ciudad que flota oscilando con sus torres, iglesias y palacios en el movible espejo de las aguas que configuran un cuadro que nos hace admirar las fuerzas naturales y el poder del genio humano. Pues sólo dioses o gigantes pudieron haber concebido la idea de fundar una ciudad tal sobre las olas.

A pesar de la decadencia que también sufre desde tiempo inmemorial, por la que ha llegado a ser llamada la Palmira del desierto marino, es preciso penetrar en su interior para percibir en su esencia este ocaso. Sin embargo, vista desde fuera y de lejos, sigue siendo Venecia una ciudad que irradia un resplandor mágico… El primer impacto de su aparición –y Venecia semeja realmente una aparición- sigue siendo impresionante, casi conmovedor y provoca que no nos parezca una morada humana, sino una ciudad de los dioses y nereidas del mar que se sumergen en él. De este modo, fascinados por la primera vista de Venecia, al navegar por el Gran Canal, que atraviesa la ciudad y sobre el que cabalga el atrevido Rialto, apreciamos en seguida que aquí todo es diferente, todo al revés de lo que la costumbre y usos urbanos cotidianos nos tiene habituados.

Si queremos ver de un solo vistazo sus palacios y rodrigones, sus calles acuáticas y sus casas, sus canales, islas y puentes, sus lagunas y sus Lidos, sus puertos, la Veste Malghera, el Canalazzo que divide en dos mitades la ciudad, su Rialto y la Guidecca, la soberbia plaza de San Marcos, las lejanas islas y las masas urbanas a nuestros pies –el mar, el verde sonriente de la Tierra Firme y las nevadas cimas de los Alpes Friáulicos- hemos de ascender al campanario de San Marcos, una admirable obra edificada entre 888 y 1148 adornada con la hermosa loggieta de Sansovino. Desde aquí se nos presenta el “milagro de Venecia” en toda su disonante peculiaridad. La plaza de San Marcos no tiene igual en el mundo. Palpita en ella todavía el antiguo y poderoso corazón veneciano. Afluye aquí toda la vida ciudadana en esta plaza que ha sido el escenario de su preñada historia: escenario de lucha de los partidos, mercado, paseo, recinto de reuniones, teatro, patria y hogar de los venecianos, resplandeciente a la abigarrada luz del día y retándonos de noche, ofreciéndonos comercios y relucientes cafés bajo sus arcadas a modo de gigantesco pabellón popular. En esta plaza revive ante nosotros la historia de un poderoso estado. Aquí se encuentran Oriente y Occidente; el Palais Royal y Constantinopla están aquí. Aquí se halla el café de Florian, bolsa y punto de cita de los antiguos venecianos. Y en el medio se mueve una agitada multitud que se dirige a la catedral de San Marcos, resplandeciente del lujo de Oriente a través del arte griego, bizantino y neoitaliano… Las paredes y bóvedas doradas, quinientas columnas de los más costosos mármoles, alabastro y lapislázuli y las obras de la antigüedad, botín traído de Oriente, nos invitan a ver en este fabuloso templo toda la vieja historia de Venecia. El singular exterior de esta iglesia, comenzada en el año 967, con sus entradas angostas y altas cúpulas, sus atrios con mosaicos del siglo XI con fondo de oro y las puertas de Santa Sofía de Constantinopla nos atraen de un modo irresistible, del mismo modo que los incontables tesoros artísticos que alberga y que encuentra en Sansovino, Ticiano y Aretino una particular trinidad veneciana.

Porque evidentemente, y como se encarga de recordárnoslo Eugenia Rico, la ciudad de Venecia es mítica, una ciudad tejida de puentes, hilvanada por pequeñas puntadas de piedra. Una ciudad que es como un decorado de teatro, tan hermosa como irreal donde también las pasiones y las mentiras flotan, del mismo modo que los muelles y los palacios.

Venecia, afirma nuestra escritora, no es de cartón-piedra pero a veces lo parece. Las campanas se echan a volar canal abajo y las miradas se escapan campanile arriba. Suele decirse que ésta es una ciudad para venir con la persona de la que estás enamorado y no es cierto, porque cualquiera que venga a Venecia se enamorará para siempre pero no de quién está a su lado, sino de la ciudad. Y la ciudad es una amante celosa. Te atrapará con su belleza y sobre todo con el reflejo de su belleza que se escapa entre las manos como el agua y la vida.

La escritora Eugenia Rico ha vivido el último año en la ciudad de Venecia donde ha iniciado la escritura de su próxima novela. El día 1 de diciembre participa en el ciclo de charlas-coloquio “Punto de destino” con su personal visión de la ciudad de los canales. A las 19.30 horas en el Salón de Actos del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón.




sábado, 13 de noviembre de 2010

La suerte es de todos


No sé por qué pero siempre que suena inesperadamente el timbre de casa me da un vuelco el corazón porque no asocio esas llamadas con nada bueno. Por eso ayer, al escucharlo, justo cuando me disponía a hacer mi siesta de todos los días, me puse en estado de alarma. Al mirar por la mirilla y ver a mi vecino de abajo, con el que raramente coincido por las mañanas y que a duras penas le da para decirme furtiva y velozmente ‘enos días cuando le saludo al entrar en el ascensor, no pude menos que preguntarme extrañado qué es lo que querría de mí a aquellas horas.

Al abrir la puerta lo primero que llamó la atención fue ver en su cara una inusual sonrisa gigantesca de oreja a oreja que enmarcaba una perfecta dentadura brillante, probablemente recién blanqueada para la ocasión, que me dijo en tono cantarín y vocalizando a la carrerilla: “Buenas tardes, me preguntaba si te interesaría comprar lotería de navidad del barrio”.

Con la misma sonrisa impostada que él y adoptando un tono de lástima le dije: “¡Uy!, ¡qué pena tan grande!, he comprado dos papeletas justo esta mañana antes de subir… ¡Si me las hubieses ofrecido antes!”. Y con un “pues nada, buenas tardes, otra vez será”, cada uno de nosotros volvió a su rutina habitual. Cerré la puerta, me tumbé en el sofá y me dispuse a dormir la siesta que nunca debió haberse interrumpido.

Y es que pensándolo bien hay que ver la cantidad de amigos y conocidos que me quieren una barbaridad o que consideré mudos que descubro la segunda quincena de noviembre de cada año. Hay personas con las que la única palabra que me cruzo de noviembre a noviembre son las de la frasecita en la que me proponen comprarles lotería. Aunque el resto del tiempo nos ignoramos mutuamente, resulta que es precisamente en esta época del año cuando les renace la amistad altruista y me ofrecen lotería no vaya a ser, como ellos mismos se ocupan de repetirme también cada doce meses, “que vaya a tocar y seas el único que se quede sin… ¡menuda pena sería esa!” añaden, como si me estuviesen haciendo un favor por el que deba estarles agradecido.

Pues sí, su generosidad de noviembre es tan falsa como la sonrisa que les he venido poniendo cada año mientras con toda su cara dura al venderme sus papeletas me sableaban los euros que el resto del año no aceptarían de mí ni aunque fuesen para invitarles a tomar un café, porque del mismo modo que yo a mi vecino me dirían: “¡Uy!, ¡qué pena tan grande!, acabo de tomarme uno justo ahora mismo antes de verte… ¡Si me lo hubieses ofrecido antes!”...

viernes, 5 de noviembre de 2010

Con voz propia


En el Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón, Eduardo Mendoza afirmaba de sí mismo que es el “garbanzo negro” de los hijos de Barcelona porque siempre ha procurado irse de la ciudad. Y sin embargo, cree que en la mayoría de los casos es precisamente ese vástago el que acaba por contar la historia de la familia. Comentaba también que su ciudad le interesa, pero le oprime, razón por la que le gusta el cambio. Esa es la razón por la que, probablemente, ha vivido muchos años en otros lugares, en países como Holanda, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Austria… que siempre ha procurado estar fuera porque le gusta ser extranjero, de modo que al volver -porque siempre acaba volviendo-, ha visto la ciudad con otros ojos. Una visión distinta de la de aquél que siempre vive en su casa, del que le parecen normales cosas que no lo son o le parecen raras cosas que son normales. Porque lo importante para Mendoza es tener elementos de comparación.

Al aplicar esa filosofía al ámbito literario afirmaba que también hay cientos de escritores de los que se siente influenciado. Es decir, que no se pasa la vida leyéndose a sí mismo. Unos porque son buenos y son grandes maestros. Otros, porque no son buenos, pero hay algo en ellos que le resulta relevante. Es muy importante, afirmaba, la influencia de los escritores malos, ya que uno aprende lo que no se debe hacer, se les ve la trampa y eso enseña mucho. Porque, como afirmaba Eugenia Rico, también en el edificio Hucha, el escritor tiene que leer mucho para tener una voz propia y única, para no parecerse a nadie. Porque si no lee, se parecerá a quien no quiere.

Pues sí, es cierto. Pero frente a esta necesidad de viajar, de conocer otros lugares, otras personas, otras culturas y tradiciones, frente a la necesidad de fomentar la curiosidad, que nos recuerda Mendoza, nos enfrentamos a una visión narcisista de lo que consideramos propio, que nos aísla y nos hace autosuficientes en un discurso continuista que probablemente nos reduce a un mundo cada vez más pequeño. Y así, en nuestro particular mundo local encontramos que nadie necesita de nadie porque todos nos consideramos el centro del universo en lo nuestro, el culmen de la perfección en lo que hacemos, un foco emisor a imitar que no necesita de referencias porque todos y cada uno de nosotros nos consideramos perfectos.

Dejémonos pues de paternalismos en este mundo cada vez más deslocalizado y descentralizado para empezar a estar abiertos y curiosos, para empezar a saber estar atentos a las propuestas que definen las nuevas líneas por las que marcharemos mañana mismo. Líneas que precisamente no son las nuestras.


miércoles, 3 de noviembre de 2010

La diva ha llegado


En sociedad somos como los demás nos perciben, o como dicen que nos perciben. El espejo crea la imagen. Y esa no es más que la trampa a la que el ego nos tiene acostumbrados y en la que nos mantiene prisioneros. Porque nos vemos a través de los ojos del otro sin tener en cuenta que la forma en que nos ve depende de cuánto nos quiere y de cómo proyecta en nosotros lo que a su vez quiere ser.

De este modo se acaba por crear un espejismo, una ilusión que en la mayoría de los casos no se corresponde en absoluto con la realidad. Y es por eso también por lo que nuestros conocimientos aprendidos nos anclan y nos impiden mirar sin prejuicios. Es esa y ninguna otra la razón por la que el hecho de que una dragqueen entre por la puerta grande de un templo de la cultura sea tan improbable como que la reina de España salga de compras con Lady Gaga charlando animadamente de “sus cosas”. Y, con toda seguridad, y en ambos casos, ellos se lo pierden.

Porque aunque cada uno tiene en su mano el timón de su vida, en nuestro intento de ser normales todo el tiempo dejamos que nos digan cómo tenemos que ser  y entonces lo que ocurre es que dejamos de ser excepcionales.

Pero esta tarde la diva, maquillada concienzudamente, con guantes de raso hasta el codo y vestida en un prodigioso traje de seda con aplicaciones de plumas y lentejuelas doradas llegó subida en sus vertiginosos tacones encarnada en una perfecta femme fatale.

-Uuuuauuuu…. Es Miss Shangay Lily ¡Recién llegada para triunfar!. Pensaba el público que abarrotaba la sala sin salir de su asombro mientras escuchaba su disertación sobre el mundo de la televisión, de la falsa vanidad, de los egos hiperbólicos y de la gente que se queda solo en la superficie puesto que no tiene nada más. Hoy nos has hecho descubrir que aunque se puede alcanzar la notoriedad y convertirse en un icono, también es cierto que a veces forma y contenido no son un todo indisoluble. Hoy nos has demostrado que se puede ser diferente y no parecerse a nadie, pero que para eso suceda hay que poder ver más allá de la excentricidad y la provocación, hay que poder ver más allá de la superficie.

Gracias por venir y hacernos ver las derrotas internas que nos autoinflingimos al escuchar a extraños que nunca han visto nuestro poderoso interior, por mostrarnos que somos excepcionales, que sólo hay una vida y miles de justificaciones para no vivirla.

No importa lo que parezcas, yo sé quién eres...


© foto: Andrea Savini

domingo, 31 de octubre de 2010

Lo real hecho sagrado


El Palacio de Joan de Valeriola, un edificio gótico de los siglos XIV-XV en el barrio de Velluters de Valencia acoge la Fundación Xirivella Soriano desde mayo de 2005. Además de una notable colección de pintura contemporánea española de autores como Antonio Saura, Fernando Zóbel, Eduardo Arroyo, Carmen Calvo, Rafael Canogar, Juan Genovés, Joaquin Michavila, Eusebio Sempere, Guillermo Pérez Villalta, Jose María Yturralde, Juan Antonio Toledo, Ràfols Casamada, Gordillo, José Guerrero, El Paso, Equipo Crónica o Equipo Realidad, entre otros, la Fundación organiza talleres, conferencias y diversas actividades de investigación artística así como interesantes exposiciones temporales de artistas que han desarrollado o vienen desarrollando su trabajo en la ciudad de Valencia. Lo real hecho sagrado, del artista jienense Santiago Ydáñez (Puente de Génave, 1969), que vivió en Valencia a principios de la actual década y tuvo su galerista en esta ciudad puede visitarse hasta el próximo mes de enero.


Santiago Ydáñez es una figura imprescindible de arte español actual. Tras su irrupción en la escena del arte emergente español ganando los premios ABC de Vocento y Generación 02 de Caja Madrid, ha progresado hasta desarrollar un importante cuerpo de obra que forma parte de numerosos museos y colecciones de referencia. Ganador de las Becas de la Fundación Marcelino Botín y del Colegio Español de París, ha expuesto en numerosos museos y galerías de España, Francia, Canadá, Italia, Alemania, México y Portugal. Su obra está presente en las colecciones del Museo Nacional Reina Sofía, de la Fundación Marcelino Botín, en la Colección L´Oreal, en la Fundación Chirivella Soriano, en el CAC de Málaga, la Colección ABC de Vocento, y la de Caja Madrid entre otras.


En la exposición de la Fundación Chirivella Soriano muestra 36 obras de gran formato, protagonizadas fundamentalmente por el rostro y las miradas como campo de batalla en el que ocurre todo, porque la fisonomía es para este artista un espejo en el que se refleja lo más profundo del ser humano y constituye una de las marcas de estilo dentro de su producción pictórica.

Como viene siendo habitual en Ydáñez plantea la confrontación de dos actitudes, la de la espiritualidad profana frente a la religiosa. Unas veces revelando cierto misticismo, y otras con un punto perverso. Por ello alterna pinturas líricas y «agresivas», que reflexionan sobre la locura del ser humano o la brutalidad infantil, con imágenes más «místicas», inspiradas en su propio rostro maquillado o gente muy cercana. No podemos identificarlos, pero si sus expresiones que van del miedo a la locura, de la angustia al dolor, quedando pues reducidos al gesto y a la expresión.

Afirma el artista que “me interesa mucho relacionar la evolución humana con el imaginario religioso. Gran parte de mi obra es autoreferencial: fui durante cinco años monaguillo completamente ateo. Me lo pasaba en grande, disfrutaba realmente al entrar en la iglesia y encontrarme con los santos y toda la iconografía religiosa. Hay una potencia indescriptible en la experiencia ritual, en esos momentos de vivencia apasionada”.

"Para mí –añade-, acercarme a un santo, ver la imagen detenida, con los ojos de cristal, me transmite la vida parecida a la de los animales disecados”. Probablemente por eso también le gusta pintar piezas de caza: “Yo soy de la Sierra del Segura, en Jaén, y allí la caza es muy frecuente. Recuerdo a mi padre regresando de cazar y a mi madre preparando aquellos animales".

“Me atraen los rostros y también el enmascaramiento. Yo casi siempre trabajo sobre sentimientos muy esenciales que pueden compartir un animal y un humano. A nivel visceral somos idénticos. Busco una suerte de sentimiento de ausencia casi mística, cercano a la sublimidad romántica aunque marcado por una agresividad mayor. Nunca intento plasmar un único sentimiento, sino que pinto sentimientos lo suficientemente amplios para que puedan sugerir distintas cosas. Por otro lado, como tú mismo señalas, me interesan asuntos variados y no únicamente el semblante, por ejemplo, la iconografía religiosa en general, el arte barroco, los motivos que tienen que ver con la infancia o las imágenes de animales”.

Primeros planos expresivos y gestuales, casi abstractos, de trazo nervioso y rápido, en grandes formatos, tienen una presencia aplastante, una fuerza e intensidad que nos traspasa desde el lienzo y crean obras de gran teatralidad ante las cuales no podemos dejar de sentir que algo que no sabemos muy bien qué es va a pasar inmediatamente porque como dice el propio Ydáñez cualquier situación en donde no hay misterio o posibilidad de cambio es aburrida.

jueves, 28 de octubre de 2010

Vedi Napoli e poi muori!


“Vedi Napoli e poi muori!”-“¡Ve Nápoles y después muere!”-, así exclaman algunos napolitanos en patriotero arrebato a la que consideran un pedazo del cielo caído a la tierra. Es cierto. En todas las estaciones es su aire balsámico y benigno, incluso en el ardor canicular, cuando es suavizado por la brisa del mar. El encanto de la región era ya conocido en la antigüedad. De hecho, cuando los griegos descubrieron esta tierra quedaron tan embelesados con su belleza que abandonaron su patria para edificar nuevas poblaciones en estas lejanas costas. Y así, los poetas griegos situaron allí el jardín de las Hespérides y los Campos Elíseos; Homero sitúa aquí el canto de sus sirenas y Circe tendía sus hechizos en las costas de Nápoles.

Pero es en el punto más atractivo de esa costa, extendida a lo largo de la orilla de un golfo majestuoso del que surgen los agraciados perfiles insulares de Capri y de Ischia, vigilada y amenazada a su derecha por el Vesubio, donde vemos a Nápoles, en forma de un doble anfiteatro partido en dos por la Ciudadela del Huevo. Ya los viajeros románticos remarcaban que por su situación, población y tesoros Nápoles podía ser considerada una de las ciudades más espléndidas del mundo, y nos recordaban a sus habitantes bulliciosos en las calles, en las que el estrepitoso ruido ya entonces no cesaba ni de día ni de noche. Del mismo modo nos describían la orilla del mar y el malecón, animados a cualquier hora por personas paseando allí su “dolce far niente” y la gente acomodada, pasando el día en sus villas y la tarde paseando a orillas del mar en las largas calles de Santa Lucía y Chiaja. Y para la gente desocupada –que según ellos constituía la gran mayoría- nunca faltaban diversiones, saltimbanquis, música e improvisadores en cualquier calle o plaza, habiendo los días de fiesta representaciones públicas y otras atracciones.

Desgraciadamente tras la unificación de Italia y la supresión del Reino de las Dos Sicilias, de la cual era la capital, Nápoles ha sufrido una creciente y ahora vertiginosa decadencia. Famosa por ser la ciudad más poblada del sur de Italia, también lo es por ser una de las más peligrosas de Europa. Sus problemas han trascendido, creando una imagen muy negativa, un cliché que tiende a predominar sobre otros muchos aspectos positivos de la ciudad y sus habitantes.

Porque también es cierto que lo que ha hecho tan encantadora a Nápoles y a su entorno es su espléndida naturaleza y lo original y espontáneo de sus gentes. Y es la imagen de los enormes racimos de guindillas rojas y pesebres artesanales inundando toda la ciudad cuando se acerca la Navidad la que nos sugiere el Nápoles actual. El de una ciudad apasionante marcada por la tradición y la religiosidad. Una ciudad de angostas callejuelas que esconden una legión de iglesias, capillas y conventos. La ciudad de callejones y recovecos que esconde el misterio de Juan Adriansens y Los Silencios del Mármol.


Juan Adriansens y Los Silencios del Mármol

En Los silencios del mármol Juan Adriansens nos reconcilia con un modo casi místico de relacionarse con el arte. Para ello nos traslada a un Nápoles donde las leyendas que circulan por sus calles son el ingrediente necesario para una historia cuya acción sucede con la capilla de San Severo, una joya del barroco del sur de Italia, que en realidad es una capilla funeraria de la familia di Sangro. Esta capilla contiene una llamativa y curiosa colección de estatuas que llaman la atención por la perfección con la que están hechas, y el difícil efecto conseguido a pesar de estar hechas en mármol.

La bóveda de la capilla sufre un derrumbe parcial y el gran mecenas Álvaro de Fontanarosa, hombre de inmensa fortuna, encarga su reparación a Mauro Beltrán, un joven restaurador español que descubre los inquietantes rumores en torno a ciertos extraños hechos que se han venido produciendo en aquel lugar. Porque cuenta la leyenda que una de las figuras de la capilla no es sino el cadáver petrificado de un amante de Di Sangro. Es este crimen del siglo XVIII, y otros paralelos sucedidos en la actualidad, los que capitalizan la trama de Los silencios del mármol.


Punto de destino

Bancaja-Fundación Caja Castellón inicia el nuevo ciclo de charlas-coloquio “Punto de destino” con la intervención del periodista y escritor Juan Adriansens que disertará con el público de Castellón sobre su visión de la ciudad de Nápoles el próximo miércoles, 3 de noviembre, a las 19.30 horas en el Salón de Actos del Edificio Hucha.

 

domingo, 24 de octubre de 2010

Atención: ¡la estrella ha llegado!


Hace años, cuando empezaba a trabajar, uno de los conferenciantes a los que había invitado me llamó varias veces para que tuviese en cuenta ciertos detalles de su alojamiento y desplazamiento que debía cumplir, porque para él era fundamental que así fuese. Siempre me habían llamado la atención las exigencias de las estrellas del firmamento musical internacional a la hora de actuar y por eso aquella situación me parecía entrañablemente anecdótica.

Al terminar la actividad con el público, y tras obtener su aprobación al cumplimiento de sus deseos, me pidió ir a tomar una copa y cuál no sería mi sorpresa cuando nada más servirnos lo que íbamos a beber me dijo:

-Dime a quién tienes pensado invitar en el futuro y te diré todas sus manías. Para que vayas sobre aviso.

A mí me resultó gracioso, pero a la vez me di cuenta de que aquella era una fuente de información de primera mano, gracias a la que podía enterarme de los problemas que algún autor podría plantearme. Porque lo deseos de un invitado, que duda cabe, se pueden convertir en problemas, sobre todo a la hora de recoger la factura que genera satisfacerlo.

Nuestro imaginario invitado real puso en su sitio a cantantes, escritores, periodistas y demás agentes del panorama cultural, de modo que llegó un momento en el que le planteé que la relación del invitado con el programador cultural y la institución para la que lo hace no puede ser desigual, ya que ambos debieran estar en una situación de mutua colaboración. Del mismo modo que un periódico, una emisora de radio, un centro cultural necesitan de ellos para poder realizar sus propuestas, le preguntaba que se plantease la situación en la que quedaba un creador si ninguno de esos medios le prestase su espacio para difundir, divulgar, y dar a conocer su trabajo. Su respuesta fue tajante y cortante:

-Vuestra obligación es complacernos. Y unilateralmente dio por concluida en aquel punto la conversación.

Hace poco una de las asistentes de uno de estos invitados me decía que la principal razón de su agotamiento se debía al hecho de estar todo el tiempo lidiando con egos inflamados. Cuando llegó la persona asistida, desde el primer momento percibí que algo estaba fallando. Y realmente no había motivo, porque uno ya sabe cuándo hay algo que no has hecho como es debido.

No es necesario entrar en detalles, pero hoy esta entrada es para plantear una pregunta a quien la lea, porque para mí es un dilema al que no paro de dar más y más vueltas sin lograr encontrar una solución satisfactoria para todos: ¿Es necesario comulgar con ruedas de molino de tamaño súper XXL en beneficio del público que asistirá a una actividad cultural o llegado a un determinado momento hay que saber poner un punto y aparte, sacrificar un resultado puntual y decir “lo siento, no es posible”?¿Es justificable tanto esfuerzo y dedicación a alguien cuya respuesta es su desgana, si el resultado con el público en un momento dado es satisfactorio?¿Merecen entonces la pena nuestros esfuerzos?¿Tantos medios dispuestos justifican un fin?¿Pueden considerarse determinadas personas tan imprescindibles como para permitirse el lujo de pretender que les tratemos como si perteneciesen a una categoría especial en la que todo les está permitido y disculpado…?

sábado, 16 de octubre de 2010

Clarisa


Conocí a Clarisa un día de entre semana, en la primavera del 2003. Yo tenía una galería en la que poder hacer realidad mis sueños de cultura de vanguardia y ella me llamó para enseñarme su revista, también con sueños de cultura de vanguardia. Cuando al día siguiente llegó y se sentó frente a mí en la mesa de la galería, la misma sobre la que ahora escribo este texto, me llamó la atención la larga melena morena que enmarcaba su cara y su acento porteño. Me enseñó su revista de nuevas tendencias y la abrió por la página donde la publicidad se presentaba dentro de círculos. Pero antes de que pudiese terminar de decirle que no podíamos pagarla me dijo que como las “burbujitas” eran suyas me las ofrecía, porque creía en mi proyecto. Aquella propuesta gratuita me pareció tan insólita que cuando se marchó no le presté ya más atención. Pensé que debía haber gato encerrado en tanta generosidad. No sé cuántas veces he pensado que precisamente aquella fuese la escena del inicio de una amistad que ha marcado mi vida.

Porque si yo no le presté más atención, sus continuas visitas a la galería con las revistas recomendándonos a sus lectores y nuestras conversaciones de aquellas tardes, en las que la única visitante era ella, hasta que se nos hacía la hora de cerrar, sirvieron para descubrir que teníamos sueños coincidentes y que los trenes de nuestras vidas circulaban por la misma vía, en el mismo sentido, y hacia el mismo destino.

Y desde ese momento solo intenté, egoístamente, hacerla parte de mi vida. Y pudimos disfrutar sueños de cultura de vanguardia, porque nunca hizo falta explicarnos cuáles eran. Nunca hizo falta contarnos cómo los íbamos a hacer. Cuando todo funciona no hace falta dar explicaciones. Pero Clarisa se marchó a Argentina. Recuerdo que supo venir a despedirse en el preciso instante que había tenido que ausentarme. Y ya no pude decirle adiós. Desde entonces Clarisa está en Buenos Aires. Para mí Clarisa estará siempre en Buenos Aires.

Tengo la suerte de que no se me ha quedado nada por decirle. Siempre ha sabido en tiempo real cuánto le quiero y lo importante que es para mí. Porque ella estará siempre conmigo y sé que a partir de ahora entrará a formar parte de esas personas cuyo recuerdo me acompaña todo el tiempo, porque son las primeras en las que pienso cuando ocurren las cosas especiales de mi vida. Esas cosas tan especiales que hubiese compartido con ellas inmediatamente y que hubiesen festejado como propias.



Querida Clarisa, si es tu deseo que se sepa que hay que estar a un millón de kilómetros de distancia de Alejandro Suaya, de Rosstoc, así lo haremos.


jueves, 14 de octubre de 2010

Agitación en Hucha: Lo que me queda por vivir


Parece que nacemos con una etiqueta imaginaria en el dedo gordo del pie que advierte del defecto que nos amargará la vida y el don que habrá de salvarnos. Así, unos hemos sido traídos al mundo para ser concienzudos, pacientes y formales; otros infelices, como corresponde a un carácter idealista; otros, personas de acción, que serán siempre queridos sin esforzarse y otros vivirán sin dar un palo al agua.

Y del mismo modo que responderemos con obediencia insensata a la descripción que de nosotros hacen nuestros padres, comportándonos fieles al personaje que nos asignaron, viviendo prisioneros de él, anhelaremos la suerte de los otros, la que por no aparecer en nuestra descripción nunca estará a nuestro alcance.

Eso es lo que le ocurre a Antonia, la protagonista de “Lo que me queda por vivir”, la última novela de Elvira Lindo. Ansía hacerse un lugar en la vida, en una ciudad y en una época de tiempo acelerado, que se presta más a la confusión que a la certeza, sobre todo para alguien que ha tenido la experiencia prematura de la pérdida y de la soledad.

“LO QUE ME QUEDA POR VIVIR”

Aunque ha sido considerada una bomba de sentimientos, un lugar de encuentro de emociones atronadoras o un misil descarnado, “Lo que me queda por vivir”, como el bolero de Omara Portuondo del que toma el nombre, nos muestra la novela más personal, madura y potente de las escritas hasta ahora por Elvira Lindo, en la que desnuda su alma, por que como ella misma afirma, "la voz que cuenta esta historia suena muy parecida a la mía […] pero no se trata, en absoluto, de una confesión”. Por eso parece algo verdadero, ya que el personaje central mantiene un notable parecido con la autora.

A medio camino entre la ficción y sus recuerdos de juventud, que retrata de forma intimista, sincera y melancólica, Elvira Lindo realiza un viaje en el que muestra los sentimientos de desconcierto y confusión que acompañan a cualquier ser humano durante su juventud. Es la crónica de un aprendizaje, un viaje al corazón de una madre que lucha por abrirse hueco en el mundo.

Publicada por Seix Barral, la novela tiene como telón de fondo el convulso y efervescente Madrid de los años ochenta y los vertiginosos cambios que propició la Transición en la sociedad española. Pero no es el Madrid idealizado de La Movida, sino el Madrid claroscuro que lleva Antonia, la protagonista, en los ojos.

Todo empieza con un huevo Kinder en la sesión de un cine de la Gran Vía, la noche de un miércoles cualquiera. Antonia es una madre veinteañera, trabajadora en la radio, que tiene que criar sola a su hijo Gabi después de separarse de su marido. Es una mujer herida, confusa, insegura y perdida que sale del paso de la maternidad sin experiencia, pero con amor; que se salva por la presencia de un hijo muy pequeño que es en todo momento el punto de apoyo, el cómplice, el testigo. Madre e hijo, los dos solos, los dos frágiles cada uno a su manera y los dos destinados a protegerse el uno al otro, para darse un amparo mutuo frente a la hostilidad y a la incertidumbre del mundo exterior.

En ésta, su cuarta novela, Elvira Lindo reconoce haber aparcado el género exclusivamente humorístico por el que es conocida por muchos lectores para adoptar una “ironía más fina que siempre le acompaña por su forma de ser”. Porque para ella, el humor no es una percha, pero en su obra “siempre ha habido un indeleble poso de melancolía”.

La escritora también ha admitido que afrontó este trabajo con mucho miedo y pudor, pero que, poco a poco, reunió "valor" para escribir su obra más personal y autobiográfica. Como la protagonista del libro empezó a trabajar a los 19 años en la radio y poco después se quedó embarazada, por lo que tuvo que mantener un difícil equilibrio entre su profesión y su condición de madre joven.

Hay, además, en la novela un homenaje póstumo de última hora a la madre de Elvira Lindo, que se llamaba como la protagonista. Lindo perdió a su madre a los 16 años, y el sentimiento de orfandad que recorre esta novela recuerda a su madre, que sentía "mucho miedo" por el futuro de su hija pequeña, de carácter "abierto, rebelde y complicado", la misma que luego se convertiría en la escritora admirada por todos.

Hay obras que se imponen a sus autores, y escribirlas ayuda a superar viejas heridas. “Lo que me queda por vivir” está narrada por alguien que se ha distanciado de lo que cuenta sin rencor ni resentimiento. "No tengo deudas ni acreedores con mi pasado. Las cosas en mi vida han transcurrido así y me han servido para convertirme en lo que soy ahora. No me gusta quejarme, me gusta aprovechar esos momentos para poder escribir sin lamentarme. Si lo he podido escribir es porque estaba en un momento satisfactorio, y, para lo nerviosa que soy, con tendencia a la felicidad y a la melancolía, vivo una época serena".

ELVIRA LINDO

Nacida en Cádiz hace casi medio siglo, periodismo, literatura y guiones han marcado un currículo cuyos inicios la sitúan a los 19 años en Radio Nacional de España, nada más iniciar la carrera de periodismo. En su formación fue fundamental la escritura de historias, los cuentos cómicos para la radio, a veces representados por ella misma. En esta línea, creó un personaje que poco a poco se fue haciendo muy popular en las ondas: Manolito Gafotas, un niño de un barrio obrero de Madrid, que sonaba a diario en la radio con guiones y la voz de su creadora; luego formó parte como guionista de la plantilla de una de las primeras televisiones privadas.

En 1993 decide dedicarse a escribir. Comienza con el libro “Manolito Gafotas” con el que se convertiría en gurú de la literatura infantil. A ese libro le seguirán otros cinco más: “Pobre Manolito”, “Cómo molo”, “Los trapos sucios”, “Manolito on the road” y “Yo y el Imbécil”, que han sido traducidos a más de 20 idiomas.

Pero ha sido en los últimos años de su carrera literaria cuando ha podido demostrarse que era una escritora con otros registros, con una voz más personal gracias a sus últimas novelas para adultos. En 1998 publica “El otro barrio”, que se lleva a la gran pantalla dirigida por Salvador García Ruiz. Ese mismo año comienza a publicar artículos de opinión que, recopilados en el volumen “Tinto de verano”, fueron el germen de un estilo literario tan personal como exitoso. Hasta que decidió que tenía que separarse de todo lo que había conseguido y publica obras como “Algo más inesperado que la muerte” (2002) y “Una palabra tuya” (2005).

Desea Elvira Lindo que le queden más libros por escribir, tener una vida serena, que a sus hijos les vaya bien y ayudarles en lo posible; espera estar tan viva siempre como ahora, divertirse, patear las calles, conservar a sus amigos, hacer amigos nuevos... Y además, está planeando una novela de suspense cómico, porque no siente que haya conseguido nada, porque le gusta vivir la vida como si le quedara toda por delante.

Si es así, hay que ver lo que le queda por vivir.




miércoles, 6 de octubre de 2010

LUIS, como siempre, ADELANTADO


En este momento la insistentemente recordada crisis económica planea como una sombra negra que lo cubre todo, justifica todo tipo de desdichas y no parece generar el contexto propicio en el por otro lado siempre difícil mundo del arte de vanguardia. Las galerías de arte que han tenido que luchar siempre para conseguir atraer al público y seducir a coleccionistas y compradores, han visto caer todavía más sus ventas, si es que eso era posible y en el peor de los casos han desaparecido, como ha sido el caso de algunos espacios emblemáticos de nuestra comunidad.

Sin embargo, el valenciano Luis Adelantado continúa sorprendiéndonos en su galería de seis plantas del centro histórico de Valencia. Tras mantener abierto en Miami durante cinco años uno de los pocos espacios en el exterior de un galerista español, inauguró a finales de 2009 un nuevo espacio en México, D.F. con una superficie de 1500 metros cuadrados en el que además de la programación habitual de la galería existe una zona de creación in situ, se organizan conferencias y otras actividades culturales.

Y como ya viene siendo habitual cada año su galería de Valencia vuelve a abrir sus puertas a los nuevos talentos internacionales en la exposición colectiva de los finalistas de la décimo segunda “Convocatoria Internacional de jóvenes artistas”, en la que se muestran 24 de los 583 porfolios presentados, la mayoría de creadores europeos y latinoamericanos de entre 24 y 36 años.

En la edición de este año destaca la presencia de españoles y mexicanos, muchos de ellos promesas que seguramente se confirmarán a medio plazo, pero también es remarcable la participación de creadores emergentes con ganas de sorprender que ya gozan de una trayectoria artística destacada con presencia en algunas de las grandes citas internacionales del arte de vanguardia.

Las obras presentadas abarcan muy diversas disciplinas con el fin de establecer lazos que fomenten las influencias recíprocas y posibilitando que presenten sus propuestas en un ámbito profesional que componen un corpus de ideas y preocupaciones contemporáneas: Nicolás Bacal deudor de la poética del objeto, utiliza una cinta métrica industrial para recrear una suerte de sol; las provocadoras Kimberly Clark presentan Swang song, una mujer-maniquí a tamaño real con los brazos abiertos apoyada sobre una pila de cervezas; Jorge de la Garza y sus pequeños collages de fragmentos de ilustraciones antiguas; Javier Fresneda y sus objetos híbridos; Carlos García Peláez con sus sutiles y elaboradas pinturas circulares; Patricio Gil Flood con postales y hojas de libro intervenidas con texto que oculta o amplían el significado; Ismael Lagares y sus vibrantes y coloristas pinturas; Oliviere Larivière con sus telas de escenas perturbadoras y Omero Leyva, deudor de Pettibon y el surrealismo mágico con sus dibujos en blanco y negro.

Además, Sifis Lykakis muestra papeles saturados de grafito y su juego con la luz en forma de fuego; Alejandro Martín Torrado expone sus pinturas de vistas aéreas de metrópolis orgánicas, David Miranda presenta un “homenaje” a la bandera que continua sus reflexiones en torno a la identidad social; las pinturas del alemán Daniel Mohr con sus estudios sobre el paisaje; Guillermo Mora recrea trampas con materiales pictóricos devenidos esculturas; Ramiro Oller y sus acrílicos geométricos multicolores que nos incitan a su combinación infinita en el espacio y Germán Portal y sus acuarelas que materializan la intimidad de cada rincón de su estudio; Alejandra Prieto y sus reproducciones en carbón de accesorios de moda.

También encontramos el trabajo de Bernardino Sánchez Bayo, que nos acerca a la pintura hiperrealista con trazos místicos; Rodrigo Sastre que contextualiza su pasión por el comic clásico de culto sobre hojas de libros de historia del arte; los apocalípticos dibujos y videos del noruego Martin Skauen; Cristina Silván con sus piezas cinestésicas de acabados perfectos; Iris Van Dongen con sus impactantes y conocidos dibujos de gran formato que representan féminas que adquieren la dignidad de heroínas de una decadente modernidad; Laure Vigna cercana a la poética de lo infraleve con sus piezas mínimas de madera y finalmente, las videoinstalaciones performáticas de Mai Yamashita & Naoto Kobayashi de una gran carga poética.

Desde 1985 la galería de Luis Adelantado ha sido un proyecto abierto internacionalmente que funciona como un barómetro con capacidad para medir la orientación del arte contemporáneo global, con vocación para difundir el trabajo de jóvenes promesas y con la sensibilidad para ponerla a disposición de la creación colectiva. En la convocatoria de este año vuelve a demostrarnos que todo es posible, una visión por adelantado del arte que viene.


Fotografías:
1.- Carlos García Peláez; Kimberly Clark
2.- Ismael Lagares
3.- Sifis Lykakis
4.- Kimberly Clark; Iris Van Dongen

domingo, 3 de octubre de 2010

Manténgase a la espera


Voy a proponer un nuevo programa de televisión muy simple de producir. Dos concursantes deben lograr contactar por teléfono con una persona diferente. Uno de ellos tiene que conseguir hablar con una voz humana en una institución oficial. El otro debe decir “hola” a Mick Jagger, para lo cual debe localizarlo en alguna de sus mansiones repartidas por todo el mundo. Primero, claro está, tendrá que averiguar el teléfono de las mansiones, o en su defecto el número de su móvil personal.

Para el caso de la institución oficial no será preciso cambiarla en cada programa, valdrá siempre la misma, por ejemplo la Escuela Oficial de Idiomas de Castellón. Para el segundo caso sí que será necesario ir cambiando. Por ello se puede proponer, para empezar a Mick Jagger, como hemos dicho, y para los otros programas a Tina Turner, Barack Obama, el papa Benedicto XVI, Bill Gates, Lady Gaga, Stephen Hawking, David Beckham, o el príncipe heredero Naruhito de Japón. Por supuesto el reto está en saber si alguna vez será posible que el concursante consiga contactar con la institución oficial, y de ahí la intriga y la excitación en el espectador, que esperará (en vano) semana tras semana, un imposible.

La idea me surgió el viernes en el estreno en Castellón de Buried. Paul Conroy se despierta enterrado dentro de una caja de madera. Dispone de un teléfono móvil con poca batería en un lugar de baja cobertura y escaso oxígeno y tiene 90 minutos para reunir el rescate solicitado por los insurgentes que le han secuestrado. En caso contrario nadie va a acudir a sacarlo de allí. No hace falta contar más, pero imagínense cuál es uno de los principales problemas que va a encontrar en su tarea de vida o muerte.

¿Quién no ha necesitado llamar por teléfono para obtener una determinada información, o para darse de baja de una determinada prestación y se ha encontrado en la situación de no poder hacerlo? ¿Quién no se ha dado de bruces contra un servicio de atención telefónica atendido en casi todas las ocasiones por sistemas automatizados en los que un ordenador nos interroga acerca del motivo de nuestra llamada, solicitándonos un número de identidad o de abono a la compañía, antes de comunicarnos que esperemos y que la conversación va a ser grabada por nuestro interés si es que en algún momento termina la espera?.

¿Por qué resulta tan difícil conseguir la información que necesitamos al llamar a un lugar ya que sin excepción "las líneas están ocupadas" o porque en las opciones que la máquina nos da respecto "al motivo de la llamada" no aparece la nuestra? ¿Por qué es absolutamente imposible mantener una conversación con alguien del que puedas esperar una respuesta "concreta" al problema que estás planteando?.

De todos modos a veces es peor cuando finalmente logramos hablar con un teleoperador. Porque en ese caso es probable que entremos en un bucle sin salida en el que a pesar de explicar una y otra vez nuestro problema parece que no nos entienda ya que lo que para nosotros es tan obvio, al teleoperador le parece chino y como única solución nos plantea, con toda educación, que nos mantengamos a la espera mientras habla con un supervisor jefe. Luego, y sin excepción, la línea se corta.

Lo peor es que a veces sentimos que nos va la vida en ello. Como a Paul Conroy.

martes, 28 de septiembre de 2010

Empacho monumental


Siempre he sido muy goloso. Pero mi padre tenía una particular teoría que a mí me iba muy bien. Opinaba que el mejor remedio era el aburrimiento por empacho. Por eso, todos los jueves, que era día de mercado, antes de ir a trabajar me compraba un kilo de galletas variadas de chocolate para después de comer, hasta que agotase la bolsa. Y los domingos, sin excepción, me mandaba a la pastelería para que escogiese una bandeja de pasteles a mi gusto. Por si fuese poco, todos los meses de junio, cuando le traía las notas al finalizar el curso, le encargaba a un amigo pastelero una tarta con la máxima cantidad posible de chocolate que yo me comía a cucharadas, lo que me hacía sentir como el niño gordo de Willy Wonka, mientras él, a mi lado, se reía al ver cómo me ponía ciego.

Si mi madre, alarmada por tal ataque dietético, ponía el grito en el cielo, mi padre la tranquilizaba con la socorrida frase de “un día es un día”, y “déjalo que disfrute, a ver si se harta de una vez y no come más chocolate en su vida”. Pero nada, el remedio nunca surtió efecto y todos los esfuerzos fueron infructuosos.

Cuando mi hermano pequeño tomó la comunión mis padres encargaron, por ser mis preferidas, varias tartas de trufa, chocolate y nata con cobertura de yema tostada. Al terminar la comida mi padre me llamó para que fuese a recoger una tarta entera que había sobrado, porque "esa -me dijo señalándola con el dedo-, nos la llevamos a casa". Durante cuatro días con sus cuatro noches solo comí de aquella tarta gigantesca que a duras penas cabía en un estante de la nevera. Así que solo tenía que abrir mi particular cofre del tesoro y tomar una porción de mi botín. Al mediodía del cuarto día mis hermanos y mis padres estaban a punto de comer un plato de garbanzos. A pesar del calor de mayo y ver que iban a comer algo que nunca me había gustado, me pareció que tenía una pinta sabrosísima. Y con cara de pena, casi a punto de llorar, le dije a mi madre, que no quería más tarta… que si me podía comer un plato de garbanzos.

Acabo de venir de Bilbao. He ido expresamente para ver el Guggenheim. Y me ha dejado sorprendido un artículo que leí en el avión acerca de lo importante que es el impacto que este edificio genera en la economía regional. Espero que se quede en eso. En impacto. Porque, ¿se imaginan que la decisión de crecimiento la tomase alguien como mi padre y decidiese construir un Guggenheim en cada una de las calles de la ciudad? Y que, de paso, desde Santurce a Bilbao inundara toda la orilla de reproducciones a escala monumental del "Peine del Viento" de Chillida, visto el brillante resultado conseguido en la bahía de la Concha de San Sebastián.

¡Menudo empacho! ¡Si lo sabré yo que sigo viviendo en Castellón!.


miércoles, 22 de septiembre de 2010

La vuelta a Castellón en 80 citas: ¡Miqui, tienes talento!


Aunque para muchos es conocido por ser jurado en 2007 y 2008 de los programas de televisión “Factor X” y “Tienes Talento”, la realidad es que el gran Miqui Puig (1968, La Ametlla, Barcelona), ha desarrollado una amplia trayectoria artística como DJ, agitador social, crítico musical, compositor y cantante.

Por eso viene a Castellón, para compartir con nosotros el proceso que va “de la demo al escenario”, en el ciclo de charlas-coloquio “De Razones y Hombres” del Edificio Hucha de la Fundación Caja Castellón la tarde del próximo jueves, 30 de septiembre, a las 19.30 horas. Porque para este amante de la música todo es espectáculo y nadie mejor que él sabe donde empieza y acaba todo. Nadie mejor que él pues para contárnoslo.

Sus influencias van de Gato Pérez a la música soul pasando por Jaume Sisa, Jimi Hendrix, la New Wave, el Punk y el Hardcore. Pero Los Sencillos fue su escuela. Durante los 16 años que duró el grupo llegó a publicar seis discos en los que se incluían muchos de los himnos que durante los noventa más hemos bailado: Mala mujer o Bonito es. Dos años después de disolverse el conjunto inició una nueva etapa como “cantante de amor”, esta vez en solitario, siendo responsable de uno de los álbumes más elegantes y delicados de la música en castellano “Casualidades”, uno de esos trabajos imprescindibles para entender, ya no sólo una década, sino para entender una forma de asimilar la vida, un manual de supervivencia para las relaciones sentimentales. Después llegarían “Miope”, “Impar”… y la culminación con la grabación de un disco en directo, en el que colaboró su amiga y consejera Alaska.

Dice Miqui Puig que se dedica a huir. A escapar hacia delante, sin control ni freno, y que en esa estampida diaria se debate en lo que quiere ser de mayor. Nos recuerda que sobre su persona recaen multitud de prejuicios y que le acusan de padecer la incurable enfermedad llamada “bulimia cultural”, patología que con el paso de los años, lejos de menguar, va creciendo hasta límites insospechados. Dice también que hace en cada momento lo que dicta el corazón y no la cabeza, que tiene errores a montones de los que no aprende y que salta alegremente hacia otros mayores. Y dice también que lidia con iras incontrolables que surgen del prejuicio, pero para eso tiene las canciones, ésas armas terapéuticas que nos provocan tantas emociones.

Pero entre tanto le queda tiempo para actuar como Dj en festivales como el Sonar o el Primavera Sound, colaborar desde los años 80 en programas de radio y televisión, ser actor ocasional en cortometrajes y series, colaborador en revistas y prensa musical y compositor de música para desfiles. En fin, que sería más rápido decir a qué no se dedica.