viernes, 17 de diciembre de 2010

Que nadie escatime en luces


La Navidad abre las puertas sin complejo alguno al kitsch: gigantescas bolas transparentes que giran mientras la nieve cae en su interior iluminado; monumentales abetos de falsas hojas de purpurina; enormes figuras inflables de Papá Noel; copos de nieve, lunas y estrellas de luces parpadeantes de todos los colores; y guirnaldas de plástico brillante que caen en cascada cubriendo paredes enteras a las que se superponen tiras de luces que dibujan renos cargados de enormes paquetes. Al tiempo, la megafonía recién instalada en las calles no deja de atormentar nuestros oídos con empalagosos villancicos escuchados mil veces con puntualidad previsible cada mes de diciembre.

A todo esto, en los últimos años, y a un ritmo de implantación alarmante, se ha sumado la moda de balcones y ventanas abarrotados de luces chillonas, a poder ser intermitentes, que permanecerán encendidas día y noche indicando el camino a incansables papá noeles trepadores con sus regalos que, desafortunadamente, no lograrán jamás llegar a su ansiado destino.

Pero en el colmo de lo hortera de esta orgía de formas y colores extraídos de una tienda de ofertas hay que destacar la decoración de los árboles de rotondas y parterres, que en estas fechas se ven recubiertos de cientos de bombillas fluorescentes de color marrón en el tronco, verde en las ramas, y rojo en las copas, simulando la fruta madura. El otro día, en un cambio de rasante, fui a dar con una de estas rotondas y me dí un terrible susto. Pensé que estaba frente a un platillo volante y que los alienígenas se habían presentado para abducirme. Pero la cuestión es mucho más sencilla. En navidad, simplemente, nadie se plantea racanear en luces.

Y es que ya no basta el clásico árbol. En lo que es una carrera sin sentido hacia el falso lujo, gracias al derroche de fantasía e imaginación que invade el espacio, cuantas más bombillas se enciendan para este cometido, mejor. Todo vale, sea cual sea su precio, si de celebrar la navidad se trata.

No es necesario reflexionar sobre las consecuencias medioambientales. Porque aunque el uso de bombillas de bajo consumo servirá para ahorrarnos un importante porcentaje de energía y tranquilizar nuestras conciencias, la factura medioambiental en forma de cambio climático, lluvia ácida, o contaminación la pagará todo el planeta.

Pero si algo es cierto es que la navidad es un momento propicio para el desarrollo del kitsch: se articula en función del consumo, el sentimentalismo, los clichés de la tradición, y la constante pretensión de que una vida mejor y más noble se pueden obtener sólo con estar cerca de los seres queridos. También es cierto que el hombre kitsch desea llenar su tiempo libre con la máxima excitación a cambio de un mínimo esfuerzo y que por esta razón el kitsch puede definirse como un intento sistemático de huir de la realidad cotidiana. Pero lo que realmente molesta es tanto mal gusto en esta época en la que el estilo kitsch, si es que puede denominarse estilo, trasciende más allá y se convierte en el placer de lo horrendo, elevando a los altares todo aquello que nos duele a la vista.



4 comentarios:

  1. Navidades made in china
    http://participacion.abc.es/trasunbiombochino/post/2009/12/27/navidades-made-in-china-

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  2. Y en Madrid, Alfredo, toda esta pàrafernalia de uces y colores es de "diseño" desde hace tres años. Los árboles navideños a base de luces y formas cónicas los han diseñado Dwevote e Lomba, la Agatha, los Vittorio y Luchino, los decoradores oficiales de la alta sociedad... O sea que, además de tener que aguantar el kitsch, como tú dices, los madrileños tendrémos que pagar una pasta gansa por ver adornitos luminosos que nos traen al pairo y que gastan más energía eléctrica en estos días en seis meses del año. Saludos..

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  3. Ya te dije una vez que considero estas fiestas como la apoteosis anual del tópico y de la hipocresía social.
    Añado hoy, a bote pronto: de la horterada, del consumismo, del afianzamiento de la tradición (peligrosa palabra...), del atiborrarse de comida, de la irritación de quienes no
    están para festejos y se ven avasallados y empujados hacia ellos, de... en fin, ¿para qué seguir?
    Pero son unas fiestas que mueven mucho, muchísimo dinero: de ahí que sean una "entrañable tradición" que hay que mantener y sobre todo robustecer.
    La tradición que no da un euro se va al garete. Ocurre en todo. Mira lo que pasó con la ropa de luto (y no es que yo esté a favor de ella): no era comercial que la gente fuera sempiternamente vestida con la misma indumentaria negra.

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  4. Estamos viviendo un tiempo de mucha luz, pero pocas "luces".

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