lunes, 28 de diciembre de 2009

... Y que nadie me toque los cuernos

Uno de los temas que provoca encendidos debates y que parece estar ahora más vigente que nunca es el de los toros, tanto por parte de sus seguidores como de sus detractores. En la cena de navidad de este año volvió, cómo no, a ser uno de los temas estrella de nuestra conversación. Además de las tradicionales corridas de toros en plazas, tanto fijas como de ‘quita y pon’, en casi todos los municipios de Castellón nuestro “carácter festivo” se manifiesta en numerosos actos taurinos de todo tipo y, de esta forma, de primavera a otoño, difícil es el día que el visitante no encuentre una zona en la que no disfrute de la presencia del toro. De entre todos ellos destaca, como indican los programas de festejos impresos a tal efecto, de redacción trasnochada cuajada de cursis adjetivos superlativos y rimbombantes, el “bou embolat”, que se convierte en el centro de atención de las multitudes.

Los argumentos de los ilustrados de la taurofilia y sus cerriles seguidores son conocidos por todos, como su seguridad en que nada ni nadie podrá con una tradición tan arraigada en nuestro inconsciente. Mientras hoy unos abogan por la supresión de la lidia, otros apelan a la raigambre de la tradición, pero los que consideran que no puede seguir denominándose “fiesta nacional” al hecho de torturar un animal cada vez parecen ocupar más espacio.

¿Cómo puede la gente disfrutar al ver desangrarse a un toro?¿cómo se puede aplaudir cada vez que le clavan unos arpones adornados de colores que hacen que vaya perdiendo sus fuerzas y se vaya debilitando poco a poco?¿cómo alguien puede alegrarse ante los bufidos de dolor que emiten en cada estocada?¿cómo pueden regocijarse en la sangre derramada?¿cómo puede comprenderse que tantas personas se reúnan para disfrutar del espectáculo que finalizará en la muerte de un ser vivo en lo que constituye un extenso catálogo de prácticas sádicas de las que todos los asistentes participan con gran disfrute?. O visto desde otro punto de vista, ¿cómo puede moralmente condenarse a quien abandona a un perro, mientras no actuamos contra quienes encierran, envenenan, asfixian, golpean, hieren y desangran a un toro únicamente por diversión?.

Probablemente lo justifique el arcaico rito del enfrentamiento de hombre y bestia. Lo que pasa es que en el mundo del toro el hombre siempre juega con ventaja puesto que se enfrenta al animal con la garantía de victoria pese a correr ciertos riegos. Esta característica (la posibilidad de perecer en la afrenta), motiva a buena parte de los conciudadanos, que ven realizados y liberados en la imaginería subsconsciente sus propios miedos. No es necesario explicar el proceso por el cual se reduce al toro en la lidia, basta con leer artículos como el de Carlos Molina: “El placer de dañar”, o “La lidia”, donde relatan con todo lujo de detalles los padecimientos a que es sometido antes de que el matador entre en el ruedo en una celebración de bravura y machismo a enfrentarse a su acérrimo enemigo: un toro exhausto, moribundo y confundido y que nos demuestra que cuando hablamos de toros debemos saber exactamente de que hablamos. No es un oficio tan peligroso como presumen los toreros. Como todo oficio los riesgos están perfectamente controlados. Y lo que es peor, ese control significa aumentar el sufrimiento de los animales. Pero, aunque eso no fuera así, el peligro que corren los toreros es un riesgo asumido, el de los toros no es un peligro, es una certeza de dolor y muerte.

Como decía Mahatma Gandhi "El progreso moral y desarrollo de una nación se puede medir en la forma de tratar a sus animales". Por lo tanto es obvio que el hombre no tiene derecho a torturar a un animal por una razón tan frívola como la diversión de las masas. Dentro de esta visión, hay otro aspecto importante a considerar. La sociedad tiene como un bien el respeto a la vida, y entre ella a la vida animal, lo que se refleja en leyes en contra de los malos tratos a animales.

Si hemos eliminado algunos de los usos más dañinos de nuestros antepasados, ¿por qué debemos seguir ciegamente otras tradiciones? La población parece ser que no está dispuesta a ello: al 72% de los españoles, no les interesa "la fiesta" (frente al 55% en la década de 1970), porcentaje que se incrementa entre los jóvenes (81-82%) y las mujeres (79%).

¡Menos mal!

martes, 15 de diciembre de 2009

Los (cobardes) matones de la clase


Gracias al apoyo de la Fundación Bancaja, la Diputación de Castellón y el Ayuntamiento de Onda decidimos construir una historia llamada “Ecuapop: los de aquí, los de allí”, un documental que muestra, desde el punto de vista de Cristian, un adolescente ecuatoriano, la realidad y la repercusión del fenómeno migratorio, como respuesta a las voces intolerantes y sin argumentos viables que acudían a nosotros cada vez con mayor insistencia.

Así, gracias a este proyecto, acudimos regularmente a todos los centros de bachillerato que nos han llamado para presentarlo y charlar con los estudiantes a lo largo de los últimos meses. La cuestión que más nos alarma es que uno de los denominadores comunes de estas charlas sea la percepción de haber construido una sociedad que saca lo peor de nosotros y ya no nos reconocemos. Cuando participamos en este tipo de encuentros con adolescentes nos disgusta observar cómo se despierta, en la oscuridad de la proyección, la voz intolerante, prepotente y atrevida, de quien se escuda en el anonimato del grupo y tenemos la sensación de que nadie hace nada por evitarlo. Se trata en todos los casos del discurso de una minoría escandalosa, construido desde una retórica por todos conocida, de argumentos repetidos, tomados de aquí y de allá, sin comprobación, análisis, ni reflexión alguna.

Los aplausos de estos jóvenes a lo largo de la proyección, cuando se oyen en el documental las opiniones de los más intolerantes, nos hacen verlos como auténticos sheriffs de tercera, matones al amparo de la oscuridad de la sala, pero insultantemente cobardes cuando, a la hora del debate, con las luces encendidas, se les pone delante un micrófono para que justifiquen en voz alta sus argumentos. Entonces se quedan callados, porque probablemente son incapaces de argumentar nada.

Estas muestras de violencia sonora tan gratuitas contra los que simplemente consideramos diferentes, contra el que no se viste como nosotros, no come lo mismo, no habla con nuestro acento, tiene distinto color de piel o credo religioso, no representa a personas con valores culturales, representa el inicio de una actitud discriminatoria, xenófoba y racista azuzada por la ignorancia. Y este es un fenómeno que nos preocupa cada vez más.

Miguel Ángel Aguilar, que es fiscal desde hace 17 años, el único que hay en España especializado en perseguir los delitos que tienen su origen en el odio y la discriminación en cualquiera de sus formas, está convencido de la importancia de combatir la discriminación, sea por orientación sexual, género, discapacidad o edad, entre otros motivos. Aguilar, que explica que "hay que tener una sensibilidad especial con el que es diferente por el hecho de serlo", logró hace unos meses que se condenase a un local de Barcelona por vetar la entrada a dos cubanas por el color de su piel. Afirma que "no somos una sociedad racista, pero sí tenemos células racistas. Lo que hay que evitar es que hagan metástasis" Y en el combate contra ese cáncer social es fundamental, dice, la formación de jueces, fiscales y policías. "A las víctimas de delitos por discriminación hay que darles un trato especial, no privilegiado. Hay que investigar el móvil de la acción, porque muchas veces no es otro que el hecho diferencial de la víctima."

"No podemos permitir los brotes de intolerancia, pero mucho menos en épocas de crisis, tan propicias para expandir la doctrina del odio", porque "la igualdad legal existe, pero la material está por conseguir, aunque vamos por buen camino".

De todos modos, entre toda esa oscuridad de las salas donde presentamos Ecuapop estamos absolutamente convencidos que hay personas que no comparten estos puntos de vista, ni necesitan ser pequeños matones. Desafortunadamente, sus voces, por precaución, por prudencia, o por temor, quedan silenciadas por el estruendo de los primeros.


martes, 8 de diciembre de 2009

Queremos ayudarte a encontrar amigos

Cuando el pasado mes de diciembre asistí a un seminario sobre los públicos de la cultura en la era Internet que proponía debatir de qué manera las organizaciones culturales pueden aprovechar la evolución de Internet (web 2.0 y 3.0) y las herramientas de e-marketing para relacionarse con sus públicos, no podía imaginar la influencia decisiva que iba a tener sobre mí lo que allí iba a escuchar.

Y es que ahora, que ya pertenezco a una red social, no puede dejar de extrañarme que alguien, azorado por la urgencia de tener que mandar un fax, me lance una mirada con desdén mientras actualizo mi perfil porque opina que estoy perdiendo el tiempo “jugando” a “esas” cosas de Internet. Lo que no sabe es que también opino que, como el papel de calco, el fax fue un avance tecnológico cuando se empezó a comercializar hace casi un siglo, pero hoy no deja de ser un venerable artilugio en vías de extinción.

La verdad es que la coyuntura actual nos obliga a estar alerta e identificar las nuevas oportunidades. Es evidente que necesitamos un cambio en nuestro modo de trabajar, porque está en juego reconocer el potencial de las nuevas tecnologías. Y, hoy en día, cuando cualquier ciudadano puede tener acceso desde su casa a la red, donde el caudal de información no para de crecer, no existe más que una limitación para adquirir conocimientos, la voluntad de cada individuo. Pero también es cierto, como indica el Premio Nobel Herbert Simon que “una riqueza de información produce una pobreza de atención”. Para entenderlo basta con la comprobación de tratar de recordar cuántos mensajes, de todo tipo, recibimos a lo largo del día y a cuántos realmente le prestamos un mínimo de atención.

Sin embargo, en contraposición a esta afirmación, las redes sociales han conseguido lo imposible en los últimos años, que personas de todas las edades se dejen los ojos frente a sus blogs mientras permanecen enganchadas al Twitter y al Facebook, donde exhiben sus pensamientos, sus aficiones, sus enfados, su odio al jefe… su vida. El diario ya no se esconde bajo siete llaves, sino que está en Internet a la vista de todos. Y allí, el consumidor toma el poder y la palabra, en lo que es una transición hacia una comunicación participativa en la que el usuario genera también contenido. Un contenido que, además, es cada vez más visual.

Porque la realidad es que las redes sociales están cambiando el modo en que nos comunicamos; permiten que cada persona controle su perfil, que es lo que nos representa y nos conecta con los de otros: nuestros amigos, familias, compañeros de trabajo y conocidos; y hacen que la información entre la gente fluya con más facilidad que antes. Hasta las personas corrientes tienen un poder sin precedentes para difundir información. Y todo ello hace pensar que inevitablemente las redes sociales serán cada vez más importantes, porque será en ellas donde se concentre la atención de la gente y aquellos que no sean consumidores de este tipo de servicios correran el riesgo de quedarse aislados de la corriente general.

Pero, al tiempo, debe plantearse una relación distinta con los usuarios. Si la gente gana poder habrá que escucharla más y dejar de controlar la información desde la cima. Competimos por la atención y el tiempo libre de un público cada vez más exigente y, sencillamente, ya no es posible organizarnos, dirigirnos a nuestros usuarios, o vender nuestros productos como hacíamos antes. Solo una gestión moderna y eficiente, innovadora y creativa, mantendrán vigente la calidad de nuestro trabajo. Y solo a través de las nuevas herramientas que se nos prestan lograremos facilitar el acceso y uso de nuestras propuestas a un número creciente de interesados.

Roger Tomlinson, autor del manual Full house y especialista en el análisis de públicos, advirtió en el seminario que vivimos en la época del marketing y de los gurús, y eso nos obliga a repensar y rediseñar la relación de las organizaciones culturales con su público. Eugene Carr, por su parte, agregó que cada año "disminuye el número de gente que escucha radio, ve televisión y lee prensa. Por el contrario, cada vez se consume más internet". Concluyó que "los hábitos están cambiando radicalmente y las personas prefieren hacer uso de las nuevas tecnologías para estar informados o para comprar entradas para espectáculos, porque es más cómodo. Aun así, seguimos empeñados en permanecer anclados en el marketing tradicional, cuando es obvio que debemos adaptar el marketing a las nuevas tendencias del consumo cultural". Es posible.

martes, 1 de diciembre de 2009

¿Qué mala suerte?


Andamos todos preocupados ante la incertidumbre laboral que parece depararnos el futuro. Un futuro cargado de incertidumbre que nos atemoriza, obsesionados ante la posibilidad de perder el trabajo. Pero como comenta Rosetta Forner en el suplemento “Dinero y Empleo” del periódico Las Provincias del pasado domingo: “no existe más limitación que la que queramos imponernos a nosotros mismos”, y viene a decirnos que desde una perspectiva negativa siempre encontraremos excusas con las que justificar nuestras desdichas. Sin embargo, como afirma en su artículo, si tenemos mentalidad ganadora, siempre tendremos un plan.

Comparto su idea de que de nada sirve culpabilizar a otros de nuestros males si no hacemos nada para variar la situación. Y, “dado que nadie regala nada, mucho más productivo sería si analizásemos qué y cómo hay que hacer para lograr el objetivo en vez de malgastar energías en lamentarnos de esto o aquello. La lamentación no debe durar más de cinco minutos pues es más productivo analizar cómo podemos hacer para lograr la meta anhelada, es decir, ver cómo contribuimos por acción u omisión a los resultados no deseados en nuestras vidas”.

Si aprovechamos las palabras de Forner de que para salir de (esta) crisis la solución está en el genio… Entonces, a ello.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Poder creativo y globalización


Acabo de leer el interesante libro de Emilio Ruiz Barrachina: Brujos, reyes e inquisidores. Me han llamado la atención sus reflexiones de las últimas páginas, donde afirma que el talón de Aquiles del actual sistema global es la anulación de la participación de los ciudadanos en el continuo avance político de nuestra sociedad, lo cual está terminando por ahogar muchas de sus libertades. El miedo y la intolerancia no pueden ser el motor exclusivo de un sistema de poder, por lo que la política, con su capacidad regenerativa, deberá desempeñar un papel importante en el futuro a la hora de manejar la globalización dentro de una equidad y unos valores diferentes a los que hoy propone el capital.

Pero, como afirma Ruiz Barrachina, el primer paso debe darlo el individuo, pues en él reside la capacidad de cambio. Cambio que sólo llegará a través de la creatividad, el intelecto, la educación, la cultura (por algo se dice que un pueblo es su cultura y poco más), la comunicación y todo aquello capaz de generar un poder constituyente. El individuo, y por ende la sociedad, debe reapropiarse de las fuerzas creativas y de los valores positivos de los que hemos sido expropiados -cuestión que se adivina un poco lejana ante la incultura, fanatismo, intolerancia, superstición y borreguismo campante que todavía pululan por el mundo. En cualquier caso, el ser no tiene por qué buscar las soluciones fuera de su propia historia y de su fuerza creativa.

El producto fundamental del poder creativo, continúa, tendría que suponer el libre y solidario acceso al conocimiento, a la comunicación, a la información veraz, a la producción inteligente, a la libertad de conciencia, a un autocontrol no programado, sino libre y basado en unos derechos y deberes justos. Es decir, a una democracia real y absoluta de modo que, al ocaso de la globalización económica deba seguir una globalización humana y democrática de nuevas libertades y responsabilidades.

Olvidamos que somos seres sociales y que la sociedad debe estar organizada poniéndose al servicio del ser humano. Por lo tanto, como ciudadanos construimos la sociedad en la que vivimos y debemos ser parte activa de ella, pues es también responsabilidad nuestra, en lugar de lamentarnos y echar las culpas a otros.

martes, 24 de noviembre de 2009

Renovarse o morir




Me comenta Guillermo Ballenato, asesor psicopedagógico de la Universidad Carlos III de Madrid, que ante las adversidades desarrollamos potenciales que, de no haberlas sufrido, no hubiésemos sabido jamás que teníamos. De este modo, situaciones adversas y que para nosotros resultan conflictivas constituyen la base de nuestro desarrollo y pueden anunciar una buena oportunidad para nuestro crecimiento y transformación.

Para Ballenato desarrollaremos nuestras habilidades personales si reflexionamos sobre nuestras opiniones y las de personas allegadas acerca de nuestras capacidades; si establecemos y clarificamos nuestras metas personales o profesionales; si mantenemos a punto nuestro método y herramientas para aprender, actualizando nuestros conocimientos y desarrollando habilidades; si mantenemos la motivación, la disposición para el trabajo, la constancia y la resistencia a la frustración, desarrollando la capacidad de aprender de la experiencia para convertir los fracasos en oportunidades, abriendo la mente para encontrar perspectivas y soluciones nuevas, arriesgando y rompiendo con la rutina e innovando; si desarrollamos las habilidades sociales y de comunicación tales como la empatía, la escucha, la flexibilidad, la asertividad y la habilidad para negociar; si administramos y gestionamos de modo eficaz nuestro tiempo. Y si, finalmente, desarrollamos las habilidades necesarias para coordinar nuestro entorno con entusiasmo y motivación.

Superar la adversidad puede estar relacionado con lo que entendemos por resiliencia, un término que desconocía hasta ahora que proviene del latín, de resilio, que significa volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar; y que fue adaptado a las ciencias sociales para caracterizar a aquellas personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, se desarrollan psicológicamente sanos y exitosos.

Por eso, la resiliencia quiere potenciar nuestra capacidad de respuesta, nuestra capacidad para afrontar situaciones de crisis y encontrar una manera de superación a través de las herramientas adecuadas para afrontarlas.

Aunque hay que superar y crecerse ante la adversidad, también es cierto que hay que aprender a detectar prioridades, a marcar plazos, a distinguir lo importante de lo urgente y a buscar intensidad en lo que hacemos. Nos encontramos en un momento de cambio evidente, en el que las fórmulas aplicadas sistemáticamente durante años han pasado, en un periodo terriblemente corto, a convertirse en realidades obsoletas de nula rentabilidad. Es, probablemente, el momento de abrir nuestra mente, de explorar nuestras posibilidades para adaptarlas a los nuevos lenguajes, a los nuevos medios, a los nuevos públicos, porque nunca aquella máxima de renovarse o morir estuvo tan vigente. Y yo no tengo espíritu de dinosaurio.

domingo, 22 de noviembre de 2009

MOUNSTROS





Javi Munárriz Pérez. 8 años. Benicàssim (Castellón)

Dime cómo eres y te devolveré tu imagen


Estando en Castellón, me anima a comenzar este blog el interesante artículo que M.A. Sánchez Vallejo publica en la sección “Vida & Artes” de la edición digital del periódico "El País" del día 22 de noviembre, en el que afirma que si la reputación es la opinión o consideración en que se tiene a alguien o algo, tener una -a ser posible positiva- en un mundo expuesto a la visibilidad social gracias a las nuevas tecnologías, resulta una tarea más ardua que nunca. La reputación es, hoy, una unidad de medida del crédito, la confianza o el respeto que despertamos en terceros; un criterio valorativo que, lejos de la añeja categoría moral que en su día fue, los demás enarbolan al referirse a nosotros. Y ya no es la heredera directa de la honra clásica, ni suele acompañarse, como hace pocos años, de calificativos como "dudosa" o "equívoca", que sentenciaban moralmente. Es decir, ya tiene poco que ver con un juicio de cintura para abajo, porque es un instrumento que formula nuestro prestigio en términos pretendidamente objetivos.

La raíz de todas las reputaciones que en el mundo son radica en la valoración exterior que se hace sobre un individuo. “La reputación nos la dan los demás, y está muy relacionada con la imagen que uno quiere dar”, señala la psicóloga Laura Rojas-Marcos, para quien "la reputación tiene mucho que ver con cómo nos percibimos a nosotros mismos y por tanto con nuestra autoestima, pero también con la imagen que los demás tienen de nosotros. Hay un efecto espejo: damos una imagen que vuelve a nosotros modificada o transformada por la opinión de aquellos con los que nos relacionamos", afirma.

Pero incluso la reputación como arma de doble filo es una realidad insoslayable, puesto que a través de las nuevas tecnologías se puede destruir la reputación de una persona por completo desde un comentario colgado en una red social a una imagen enviada por móvil, porque el efecto de las nuevas tecnologías trasciende tu círculo y tiene consecuencias globales.

En el ámbito individual, el boca a boca de antaño, por el que la comunidad se transmitía información sobre algo o alguien, está siendo sustituido por consultas en buscadores de Internet y, cada vez más, por el ingente tráfico de información que mueven las redes sociales.

Es por eso por lo que el profesor Enrique Dans afirma que "pretender controlar lo que dicen de nosotros es un error; es imposible encontrar a alguien con una cierta visibilidad que no tenga detractores. Uno no puede aspirar a gustar a todo el mundo”. La crítica, en un mundo tan libre como Internet -"y que nos desinhibe tanto" -, no escasea, así que las sorpresas pueden ser frecuentes. Así pues, añade, "ante una crítica negativa sobre nuestra persona, hay que tener la habilidad política suficiente para no contestar”.

Corporativa o individual, expuesta o no al escrutinio público -aunque, por definición, la reputación siempre es social-, esa fama que nos precede y que proyectamos como una sombra nos acompaña siempre. En mayor o menor medida, eso sí. Ya lo dijo Rousseau: "La reputación de un hombre es como su sombra, unas veces parece más larga que él y otras más corta".